jueves, 26 de julio de 2012

Una noche


Nosotros usamos el odio como factor de cambio. Y lo sabés. Gastón se tocó la barba, crecida, de varios días y largó la carcajada. Yo no pude contenerme la risa, tragué y la garganta me seguía doliendo, las paredes seguían blancas, llenas de pus. La noche había sido larga, ya no estábamos acostumbrados a esas maratones cronológicas; el cuerpo nos pedía descanso, una cama ni más ni menos. Las cervezas, los tragos, la billetera vacía, las minas que te dicen no, tal vez, quizás, algún sí no querido, los vericuetos de una noche en la que no tenés nada que perder más que un par de billetes de Roca. Nadie se quiere enamorar de nadie, todo tiene algo de desechable, ellas, vos, yo, y tampoco está mal.

Lo quería a Gastón, uno de ésos hermanos que te entrega la vida, que te conocieron ya curtido, gente que en esa autopista cotidiana se te pone al lado y te dicen, che mirá, tenemos el mismo auto, están hechos mierda pero vamos con destino similar. Un tipo que iría adelante tuyo y de copado nomás te paga el peaje para que vos pases sin perder tiempo. Un tipo así. Que no conoció al radiante con guardapolvo como vestimenta, de colegio católico, puro, virgen, sino a otro tipo, con miles de cagadas encima, que fue, volvió, la pifió, acertó (sí, sí, acertó), que por vergüenza calló, que por vergüenza hubo amores que no supieron lo que sentía.

Con Gastón no haría falta ir a una reunión de la primaria vía Facebook y sorprendernos de que Pablito dejó de ser el escuálido de siempre y ahora está más cerca de pelear contra el Patón Basile; que Ludmila ya no es más ese esperpento, obeso, que usaba botines, sí, botines, qué hija de puta, para ahora convertirse en una 7, 8 puntos. ¿Por qué no invertí ahí en ese momento? Qué pelotudo. Un resto, algo, lo que quedara, cinco, diez pesos, bueno veinte como mucho, no, no, claro, el señorito buscaba la perfección, sólo tenía ojos para Yael Giménez, la mina que nunca le dio cabida ni le dará, la que le queda pegado el recuerdo de esa caminata por Rivadavia, habían sido tres o cuatro cuadras, del hecho en que ella caminaba con vos, te registraba por primera vez, de los nervios al estómago que te dieron apenas le dijiste que la acompañabas a la casa. De lo descompuesto, pero feliz que llegaste a tu casa. Yael, la misma que vio por Facebook hace poco y la vio tan radiante como siempre, con esos ojos verdes suaves, tan plácidos. ¿Qué estaría pensando cuando le sacaron esa foto? ¿Por qué la eligió como perfil? Hermosa, Yael, hermosa. Lástima los viejos que con un apellido Giménez le ponen Yael. Se careció de un poco de sentido de común. Le ponen nombres indígenas con apellidos europeos y en esa suma el resultado tira error, fail, la calculadora se queda sin pilas.

Nos sentamos a tres cuadras de casa, cerveza en mano, veíamos a Alberdi pasar, en nuestras narices, el 126, el 55, el 4, el 180, nos acordamos del viaje a San Justo para ver a Guasones, de la rotonda, que Andrés no sabía lo que era una rotonda, de lo fuerte que está la madre de Germán, que es un gusto a escondidas, que el universo se nos llena de ratones al verla. Tan prominente, tanta experiencia recolectada, tanto pensamiento pecaminoso. Gastón me decía que había comenzado una cruzada contra los negros que usaban el celular con altavoz en los colectivos, que tenía pensado hacerse una cuenta de twitter, un blog, una fan page, que ése odio que emanaba al verlos se había transformado en motor revolucionario, que empezaba con esto y había todo un mundo para cambiar, que por favor me sumara. Gastón me lo dijo serio, borracho pero serio. Yo me volví a reír.

lunes, 23 de julio de 2012

Ella


Miró y supo que estaba todo bien. Deseaba que no pasara el reloj, que se quedara clavado ahí, a las diez y media, vio la copa de vino llena, volvió a mirar y se sintió bien. Atrás el olvido, adelante una sonrisa. En esa gente encontró comodidad, el resquicio para respirar de las vivencias ajenas que no le importaban mucho, estaba con ganas de, por fin, encontrarse a sí mismo, sin ninguna terapia de por medio, ni aranceles, ni treinta sesiones, ni obra social, nada, volver a ese chico que juntaba hojitas en Punta Alta, con ese frío que le calaba los huesos, que ni soñaba con esos fantasmas que vendrían después, que era, carajo, era él, el mismo que se escabullía de la mirada de mamá, tapado y tapado, con el gorrito azul de lana, corriendo por la calle. Se le vino a la memoria esa imagen, las fotos en la Bahía Blanca, él arriba de la calesita, mamá viéndolo haciéndose la distraída, tan linda mamá, tan linda, miró el reloj y marcaba y treinta y cinco. No le importó. 

¿Cuándo se perdió? Se perdió y punto, no encontró una fecha de esa salida del mundo, pasó y no hay vuelta atrás. Se perdió y se volvió tóxico, se aferró a una indignación que no le pertenecía, se enfureció en una herida que nunca quiso ni pudo resolver. La siguió viendo, detenidamente, alta, tan estética, con ese flequillo al costado y esa presentación de su sonrisa, tan compradora, remarcando los hoyuelos sin querer, tanto que lo enamoraba demasiado. No encontraba cosa más linda en el mundo que ella. Lo calentaba, le gustaba tanto. La soñaba en las noches, en las poses más sanguinarias, soñaba tocar sus tetas, apretarlas, besarlas, llegar a ese clímax único; en las tardes, desparramarse en el pasto con ella y mirarla, no cansarse de verla; a la mañana percibirla en pijama, con la cara lavada, dormida, tan dormida. Veía en ella esa misma carga de tristeza que tenía él, la tenía a dos sillas, estaba ahí, sonriendo y sonriendo con la luz que le iluminaba el pelo, renegrido, enamorándolo cada día más, comiendo su comida, con ese vestido negro, las medias del mismo tono, los zapatos. 

La sabía enamorada, tampoco le importaba. Ése era un detalle menor, algo insignificante a comparación de lo que sentía él, lo todo que quería por ella. Por aparecer y cambiarle la vida, de generarle esos insomnios únicos, irrepetibles. Por convertirse en su pequeña obsesión, en la única llave que abría el cofre de su soledad, la única capaz de modificar la corriente, llevarla a aguas más transparentes, tranquilas. Que estuviera enamorado de otro le resultaba secundario, esa excusa de poder tenerla alguna vez le daba oxígeno, sustancia roja en el corriente sanguíneo, le hacía acelerar el pulso. La vida, pensó, mientras se saciaba con lo último que quedaba de vino, reside en vivir en plenitud ésos momentos, de incertidumbre, de esperar con un dos de copas, a ver si la mano viene provechosa, si nadie ligó y quién te dice, pegar el zarpazo. En esa espera está todo, todo ese misterio sin descubrir se abre de par en para en ese tiempo tan finito pero tan eterno a la vez. El reloj cumplió su propósito natural, el deseo de quietud no prosperó. La vio buscando su campera en la pieza, irse por el pasillo, no sin antes saludarlo como uno más. 

viernes, 20 de julio de 2012

Una bolsa


Mariela abrió en un impulso la bolsa de arpillera y puso cada cosa de Augusto. Lentamente, observó que la habitación tenía cada vez menos resquicios de él, su presencia se había fragmentado en partecitas, como un rompecabezas donde no se ajustan las piezas y sintió placer, no demasiado, sólo esbozó una sonrisa por la tarea cumplida. Un poquito más aliviada abrió la canilla, se sacó la ropa y dejó el agua correr. Necesitaba el agua golpeándole la cabeza, una y otra vez, como para mover las ideas, que las neuronas conecten de alguna forma. En ese torrente acuático se fundía algo, desaparecía, se iba por la alcantarilla. Tal vez, así en círculos, miró la alcantarilla y comprendió que esa unión que fue, se entrelazaba en ese agujero con destino incierto. Sola, secándose el pelo se vio al espejo y no entendió el por qué de lo que había pasado. Sucumbió la mirada y vio la bolsa tirada en el comedor, apretada, y supo la urgencia de salir. Luego de cuatro días, cerró la puerta, caminó el pasillo del PH, salió y volvió a ver si había cerrado bien, salió de vuelta y estaba en la calle. 

Jueves, quizás. Sol, mucho sol, mucha claridad, respiró y sintió de repente ése olor a pan casero que la transportó a los inviernos en Calamuchita, al frío de la mañana, al pan con mermelada casera, a escuchas las noticias en Cadena 3, que eran muy fachos sí, pero qué importaba. Al hogar, a la leña que se consumía. A sus primos, a la tía Emilia. Pensó también en Augusto como metáfora, como la equivalencia a esa madera carcomida por el fuego que deja cenizas y luego el tiempo la convierte en nada. Había sol, cargó la bolsa y salió a caminar. Sintió con la bolsa al hombro que se llevaba así misma, que cargaba sus 54 kilos, que era un álter ego desparramado en pelotudeces como ositos, cartitas, jazmines secos, que eran cuatro años de mierda con éste pibe, que a la primera de cambio se acostó con cualquiera. Salió y se topó con Otamendi, saludó con un ademán al librero de la esquina, hizo zigzag para esquivar a unas viejas y se plantó en una esquina. Dejó pasar a un auto, a otro y a otro. Quieta, angustiada, apretó la bolsa con fuerza, el puño, cual boxeador. Tenía bronca pero ya no de él ni de ella, sino bronca a la situación, a volver a foja cero. Como escribir una historia y que se te tilde el Word, y volver a la hoja en blanco, en ya no recordar ni cómo se iniciaba. 

Estás jodida, dijo Mariela para sí. 34, el puto reloj biológico que no para de funcionar, que está, tic, tac, tic, tac, que no se le agotan las pilas, que lo apagás, ponés la perilla en off, que te acostás y sigue ahí transcurriendo. Todo eso pensó en la esquina, tres minutos, indecisa hacia dónde ir. No podía volver a su casa, tenía que aguantar, un rato, liberar la vista y deshacerse de la bolsa, que parecía que la miraba, imperturbable. Se la tenía que sacar de encima, primera condición. Cruzó la calle, puso los auriculares en los oídos y sonó Beck, una canción que subió al mp3 que siempre la salteaba, si ni sabía quiénes eran, la melodía no le gustó pero siguió. Caminó, caminó, mirando a la gente, tratando de hurgar qué se les podía pasar por la cabeza, pensando si ellos harían lo mismo con ella, si se les cruzarían razonamientos extraños, anormales al verla. Vio colegialas, hombres de traje, mujeres en las ventanas de un gimnasio, como haciéndose ver, como haciéndolo tan consciente que el mundo sepa que ellas no se van a rendir, vio etiquetas, todo tan etiquetado y ella también formando parte de este circo, la etiqueta de la chica sufrida por un desamor, por otro hijo de puta que se le cruzó en su vida. Siguió, vio el parque Rivadavia, la estatua de Bolívar, los bancos verdes, siguió, siguió dando vueltas hasta que se sentó en un banco. Se desplomó en lo verdad, agitó la bolsa gris, quiso abrirla pero fue un impulso, la cerró con fuerza y la dejó en el suelo, debajo del banco. Y se fue, prometiéndose no volver durante un buen tiempo, creyendo que así, al libre albedrío de cualquiera, ésos objetos contengan otros sentimientos, sensibilidades, que tengan un significado distinto. 

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