martes, 31 de diciembre de 2013


Lo único que hago es aguantarme la cabeza. Disperso los pensamientos, obnubilo la vista, me tiro en el colchón y respiro, sólo respiro. Se me seca la boca, me mojo los labios con la lengua y vuelvo a respirar. El ventilador hace su propio movimiento, las cortinas con un tenue movimiento dan una brisa que seca la transpiración. Aparecen las imágenes, las caras, los gestos, el pasado intermitente y vuelvo a dinamitar las ideas, las acciones que me piden salir de la cama. Me niego, no tengo ganas de cambiar el exterior, lo intento, busco y todo se vuelve tan absurdo. Quiero darme energías pero ya no puedo en esta noche. La vida es así. No estoy enfermo, quiero sentir la piel de nuevo, que la sangre por fin irrigue de vuelta, no pelearme tanto, escuchar más los sonidos del exterior sin pudrirme tanto la cabeza. Que entren y como así se vayan. Sin vergüenza del afuera, por más que nos dejen la cara toda colorada. Quiero volver a sonreír, fumar con un libro en el regazo, en cuero, mirar desde el balcón con tranquilidad, en ese proceso de creer que no todo es tan grave ni todo podrido. El significado de la podredumbre, de la descomposición como algo natural y humano a la vez. 

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