miércoles, 13 de febrero de 2013

Mi casa




Me acuerdo del palier extenso, los cuadros al óleo, las paredes altas, el techo más todavía, bien profundo con cierta humedad inalcanzable, el espejo arriba de la mesita, el alcohol, el ventilador de pie, también las cortinas blancas que iban y venían en las puertas un poco percudidas por el polvo que corría aquél junio, un mes de desasosiego para nosotros, en un recuerdo que desaparecía y de golpe volvía a imponer su presencia, una forma en que tornaba a solidificarse. El piso que crujía con cada paso, sean pies grandes o chicos, sean 45 o 37 de una dama, un parquet venido a menos de un marrón claro, y el crujir, de eso sí me acuerdo, la posibilidad que te da vivir un tiempo y saber que las cosas terminan envejeciendo, en forma inexorable, lo que ayer fue vitalidad y pureza hoy se convierte en lúgubre y repulsivo. Las cosas, las personas, lo mismo, cuál es la diferencia.

Las ventanas tapadas, implacables para que no llegue la respiración de afuera, ese olor a encierro, nauseabundo, a un aire que decidió quedarse en ese espacio y no moverse, agrietarse sin dejar de soltarse a las partículas del sillón naranja, el colchón finito, partes del placard, las sábanas revueltas, vender y vender cosas, fragmentos sueltos, polvo, suciedad, cucarachas, la no luz, la oscuridad, el fin de todo. La familia desagradecida, los llamados sin atender, la desidia, el olvido, el rencor acumulado que no se va, que no se transforma, que aún peor, sigue quedando como un combustible podrido. Pienso en una obra de teatro, el telón, las luces, lo estruendoso, lo dramático, lo gracioso, pero después el telón se cierra, las luces se apagan, lo estruendo, lo dramático, lo gracioso, pasa a transformarse en un silencio eterno e insoportable. Recorro mentalmente cada sitio, cada partecita de nosotros, un lugar multiplicado en miles, un origen, una identificación, algo que nos representa. En el fondo, en la obsesión por el vértigo, los cambios, el vivir, debe haber una sombra que nos haga reconocer al que fuimos, un recordatorio o algo así. Y no con una melancolía berreta, insulsa, que nos perfora en la falacia que el pasado fue mejor como una melodía de tango sombría sino buscar partes del rompecabezas del pasado en que uno fue, no sé con qué propósito o objetivo, pero indagar, hallar, hurgar, en eso encontraremos respuestas. Los hombres siempre necesitamos respuestas. Antes, ahora, mañana.

Estoy a cincuenta metros de volver a la casa de mi infancia. Mi casa. Nuestra casa. Quedé como único testigo, la naturaleza fue sabia y supo entender qué era esto del trasvasamiento, las cosas tenían que ser así, los muertos como marca la cronología, hay que ser agradecido. Camino cada baldosa, uniforme unas, indistintas otras, camino la misma tierra que atravesaron las rueditas de mi bicicleta, esa azul, apoyando las patitas con toda velocidad y más y más fuerza, el viento en la cara, abrir la boca y sacar bocanadas de humo, esos meses de junio que no son mis meses de junio, que fueron otros a pesar de seguir teniendo 30 días, que siguen estando en el mismo nudillo cada vez que con la mano hacemos diferenciar los meses que tienen 30 y los de 31, ése mes que viró su carácter, su naturaleza, su ser, al menos para mí. Sigo, relojeo el exterior, ni mejor ni peor, tampoco cambiado, tampoco igual, no sé qué término podría cuajar con la descripción, no es un sinónimo, no es un adjetivo, quizás no haya concepto, quizás en el fondo no quiera buscarlo porque sé que me va a doler. La tengo enfrente, cierro los ojos por uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho segundos, abro y decido no ver, una fuerza interna me imposibilita que la retina funcione, ya  es momento de no concentrarse en nada, sólo dar vuelta la cabeza y enfilar a la dirección contraria, entender que quizás sólo llegue a ese momento de fortaleza, que más no puede, que en otro tiempo será distinto. O no.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

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