lunes, 31 de diciembre de 2012

Anuario 2012


12° Bonito Cuelgue



 Sección #5 -Condena a 4 años de Felisa Miceli -Video prohibido de Florencia Peña -Reaparición de CFK y sus dichos -Renuncia de Del Potro a la Copa Davis -Obama y el precipicio fiscal

Sección Recreo: -Sorteo de los libros #QuieroElLibroDeBonitoCuelgue -Consigna de la semana #EsteAñoMePermito -Autor: Fogwill, leemos un fragmento de "Muchacha Punk" 

Temas musicales: -Tan Bionica - Mis madrugaditas -Francis Andreu: Milonga Sentimental -Onda Vaga: Mambeado

martes, 25 de diciembre de 2012

Ganá libros con Bonito Cuelgue


Te podés ganar estos tres libros hermosos. Sólo tenés que agregarnos a Twitter: @bonitocuelgueok o a Facebook y decir #QuieroElLibroDeBonitoCuelgue. El sábado, sorteamos. 

11° Bonito Cuelgue




Sección #5:

*Saqueos organizados
*Revocación La Rural
*Cromañón: Todos presos
*Renuncia de Monti: Elecciones en Italia
*La interpretación del fin del mundo maya

Sección Recreo;
*Resumen Hashtag #LoMejorDel2012
*Obra de Alejandro Dolina

Temas musicales:
*Andrés Calamaro: El día de la mujer mundial
*Enrique Bunbury: Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha
*Los Piojos: Luz de marfil

domingo, 16 de diciembre de 2012

10° programa de Bonito Cuelgue



Sección #5
-El caso Marita Verón.
-El fallo del juez Horacio Alfonso. Ley de Medios.
-Liberación de la Fragata Libertad. 
-Masacre en una escuela de EEUU.
-La posible llegada de Carlos Bianchi a Boca

Sección recreo:
-Resumen Hashtag #MePoneContento
- Tomás Eloy Martínez: Vida y obra del autor tucumano. 

Temas:
-Estopa: Vacaciones
-Cielo Razzo: Vieja caña
-La Vela Puerca: La teoría 

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jueves, 13 de diciembre de 2012

De su lado



A veces no hay que decir lo que se siente, hay que guardarlo, ponerlo en un sobre lacrado, pensar la situación, preguntarse por qué razón hay que sacarlo a la luz, cómo, qué palabras utilizar, el lugar, el tiempo, tantos factores desparramados en la mesa de juego y tener la inteligencia y lucidez de elegir la carta correcta en un mazo tan amplio, clavados en la gamuza verde con una variedad de naipes que saben cómo seducirlo. Poder jugar a ser René Lavand por un ratito, hacer una jugada maestra, pegar el zarpazo y llevarse a la cama la chica que todos desean. Ilusión pura. Y decirles “no se puede hacer más lento”. Quién pudiera, ¿no? Caer en la certeza que, por más alta velocidad que le ponga, no se va a llegar a mejor puerto, que mejor que correr con premura es saber conducir con el GPS actualizado y los papeles en regla. Recordó La Falda, el camino de tierra que lo conducía a la cabaña, unos pocos negocios a los costados, heladería, casa, árboles, casa, heladería, artesanía, bar, artesanía, artesanía, farmacia y el bar enfrente del viejo hotel, con los sillones blancos y esa lámparas altísimas en la puerta, el mismo donde la conoció a Flor, la princesa hipocondríaca que mezclaba buscapina con alplax, que se iba al baño cada dos minutos, que estaba presente con sus ojitos negros, cerrados, pero a su vez no, que saltaba, gritaba, enfurecida, sacada, que le apretaba el brazo y lo llevaba al piso de maderas uniformes sólo para bailar, con su sonrisa imperfecta, el flequillo al costado, la boca bien carnosa y la temperatura perfecta: la mujer ideal para emborracharse con fernet hasta las ocho de la mañana, mirar las sierras, coger desenfrenadamente, prometerse que no iban a ser solamente un amor de verano y ya que estaban reírse de aquellos que prometían lo mismo.

En La Falda comprendió que el detenimiento en cada paso permitía una disminución en su propio kilometraje interior, observó las puertas abiertas de las casas sintiendo añoranza de otros tiempos, de su infancia con la mamá esperándolo con la puerta abierta para prepararle el café con leche y ver a las cuatro en punto el Inspector Gadget, sintió el olor que le impregnaba en la ropa ese desayuno casero que preparaba la tía Josefina, la mermelada artesanal, hecha con sus propias manos que se estrellaba contras las tostadas recién hechas, calentitas, el pan casero, los criollitos, oyó el sonido de fondo de la radio con tonada cordobesa y transpiró el largo rato que caminó tratando de aliviarse las angustias. En la transpiración se expide todo lo malo, todo lo que atormenta, lo que sulfura los pensamientos.  Y también el escribir y escribir, el correr desesperado a los papeles garabateados cuando una idea aparecía insolente de la nada. Escribir como catarsis, una y otra vez, insistir sobre el texto, machacar en las ideas, borrar, escribir, borrar, cambiar de persona, acordarse de antiguos amores, incertidumbre, temores, describir lo que sale del cerebro, como si eyectara una cintita blanca, ésa que se usa en los electrocardiogramas, llena de información, imágenes, sensaciones, olores, todo que está en uno, los ingredientes de la receta que le enseñó aquél profesor de Literatura que tuvo en el Nacional en cuarto año. Federico Castillo, su nombre. Se acordó cuándo le contaba algunos problemas y él, siempre, intrínseco, con la misma prédica: escribí pibe y se te pasa, vas a ver. Fue una amistad que traspasó el aula, una guía espiritual en aquellos inicios en la facultad, en el descubrir el mundo Puán, los pisos, con quién hablar, por qué autores bucear, qué cátedras elegir, a cuáles fiestas ir, cómo tenía que moverse en el “famoso” patio, una pieza sustancial que lo ayudó a ser en esa época donde Letras lo fue todo, donde devoraba páginas leyendo a Borges, Bioy, Aira, Piglia, Sarlo y Saer, en el descubrimiento de un mundo que sabía que existía, tenía un lejana comprensión, pero que ahora estaba así, de topetón, tan cerca, al alcance de la mano. Pero Fede un día se cansó de la Ciudad, encontró laburo en un colegio de Los Antiguos y no lo volvió a ver.  Quiso cambiar el rumbo de su vida, una decisión valiente, con una carga tremebunda de testosterona encima. Lo extrañó como a esos seres que forman parte de la escenografía propia, con actores principales y secundarios, queriendo retroceder el tiempo para volver a ésos momentos sin responsabilidad, sin nada que pensar, sólo leer y agarrar birome y papel.

Sin embargo, su ausencia no puede compararse con la de Carolina, no hay grado ni punto de comparación. De ella apenas quedaron guardados unos mensajes que, con precisión de escultor, trataba de que no se borraran ni meter el dedo en el lugar equivocado, si la casilla se llenaba, borraba manualmente, estaba prohibido tocar el botón de eliminar todo. Ésos mensajes eran la constitución de su último bastión, borrados ellos, lo poco del imperio que había imaginado con ella, etéreo, abstracto, del que nada (o casi nada) pudo convertirse en hecho verídico. Como si fuera el  año 476 d.C, y la Roma soñada por los grandes emperadores quedara hecha polvo, añicos. Que la inmortalidad tenía fecha de vencimiento, que lo que somos se ubica en una góndola, que la fecha final llega, irreversible. Podía ocurrir eso con apenas apretar borrar un par de veces, pero no lo quería, no podía tolerar una destrucción total de lo que imaginó, debía guardar aunque sea una mínima esperanza, una breve muestra de lo que podría haber sido si la ruleta jugaba para su lado. La sensación de exclusividad que sentía al repasar ese montículo de palabras que tenían como destinatario su nombre, que ella había pensando en algún momento en él, alivianó el aire, abrió los pulmones para respirar, pudo ser que el recuerdo de La Falda y su aire serrano lo hayan ayudado en tal proeza. Carolina todavía tenía la potestad de que, sin mover un dedo, lo hacía sentir bien. Aunque ahora estuviesen a miles de kilómetros de distancia.

Carolina, 27 años, recién recibida de arquitecta, morocha, alta, piercing en la nariz, algunos agujeros en el lóbulo izquierdo, simple, especial, linda, muy linda. La conoció hace 16 años, en un marzo lluvioso, compañeros de inglés particular, la primera vez, llegó tarde como casi siempre y el único lugar disponible estaba en la fila del medio, en el último banco, pidió permiso, dejó el paraguas al costado, se sentó y dio vuelta la cara, ahí fue el primer contacto, ella delataba aparatos, él un acné incipiente, luego curado con una dermatóloga que Carolina la recomendó y fue santa solución, le dio unas toallitas humectantes, mucho bronceador a la mañana y al mes el acné grado 2 despareció por completo. Se acuerda de esa imagen como si fuera hoy, miss Susana dando la clase, el pizarrón verde vacío llenándose de palabras desconocidas, que past simple, que la tablita de los verbos, que esto, aquello y la mirada de Carolina esforzándose por ver, sacando ímpetu desde las cejas y cambiando la fisonomía de su cara. A su alrededor, nada parecía tener sentido. Seguía siendo igual de linda, una belleza inocente, la misma beldad que observó por última vez cuando se fue, en la esquina de Pedro Goyena y Víctor Martínez, ahí en Caballito, el barrio de los dos, el de siempre. Estaba más curtida, más guasa, pero mantenía rasgos que le recordaban a esa tardecita lluviosa de marzo, a la chica soñada, a la que el destino te la marca. La prolongación del amor tiene eso, la misma persona se modifica pero igualmente la eficacia no difiere, es una fortuna que eso le pase a un ser humano, una excepción a la regla, el amor no siempre golpea puertas en forma heterogénea, a veces selecciona, te dice a vos sí, a vos no, a vos tal vez, a vos quizás te pase el tren una sola vez y no seas tan pelotudo de dejarlo pasar.

Carolina nunca se ató a lo convencional, lo fue descubriendo con el paso del tiempo, la brusquedad en el ser es puro maquillaje, tenía razón su abuela, la procesión va por dentro, sigilosa, presente. Ella liberadora, creyente de la libertad como fuente de existencia pero no desde la mirada hippie, con polleras floreadas y morral en el costado, quizás más sartreana, no se sabe, sino desde la cabeza, en la construcción de sí misma como una mujer diferente, algo reflejado en el sufrimiento de la madre, sola, abandonada por un tipo que la dejó y se fue a la mierda, con dos pibes de postre. Es la conservación humana, finalmente, que imposibilita repetir movimientos, acciones, que sólo traen dolor como recuerdo. Sintió la diferencia entre ambos, el instinto conservador arrasaba en la figura de él, familia italiana, cuidar el mango, nunca alquilar que tirás la guita en un pozo sin fondo, vivir en la loma del orto pero que la casita sea tuya, los tan mentados ladrillos. En el amor, igual, casarse, quejarse, aburrirse, miedo al cambio, algún cuerno de vez en cuando, contar los años para jubilarse y final de la historieta. Salir de ese círculo vicioso tiene dejos de hazaña. Romper las estructuras también, el dolor arrasa la mampostería, el techo, las persianas chocan y vuelven, se remontan las cortinas, viento y más viento, la sensación perenne de que todo va todo al carajo.

El viaje a Bogotá, el cumplimiento de ese dicho que estaba en el aire y nunca se cumplía, la satisfacción esa madrugada en Ezeiza, sonriendo los dos, felices, luego de algunos meses ahorrando para llegar a tierra colombiana, aquella noche, tan cálida, que se acostaron, lo lindo de saber que la relación siguió como siempre, recorrer ese sitio que tanto habían imaginado en los bares de José María Moreno, en las caminatas interminables, en los abrazos cuando uno u el otro estaban tristes, en el acompañamiento de años, en un silencio que prefirió no embarrar nada, ser así, tener la capacidad de llevarlo y enaltecerse de sentir lo que siente por ella. Parte de una ilusión, un lugar donde hoy se sentó, levantó la cabeza, respiró profundamente, sonó el celular, atendió y era Carolina, que lo llamó desde Toledo, que lo quiere un montón, que falta poco para que venga a Buenos Aires, que por favor la extrañe.

lunes, 10 de diciembre de 2012

9° programa de Bonito Cuelgue



Sección #5:

*El 7D que no fue: fallo a favor de Clarín
*La nube tóxica
*Incidentes en el Dot: Inundaciones porteñas
*Prórroga hasta 2020 del protocolo de Kioto
*Riquelme vs. Falcioni

Sección recreo:


*Resumen del Hashtag: #MiDeudaEs
*Hablamos de la literatura de Jorge Asís

Temas musicales:


*Mil intentos - Los Tipitos
*Human - The killers
*El vago - Pampa yakuza

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domingo, 2 de diciembre de 2012

8° programa de Bonito Cuelgue


domingo, 25 de noviembre de 2012

Séptimo programa de Bonito Cuelgue



domingo, 18 de noviembre de 2012

6° programa de Bonito Cuelgue



jueves, 15 de noviembre de 2012

Video de la semana: Matrimonio Igualitario



lunes, 12 de noviembre de 2012

Nosotros

A nosotros nos gustan las cosas así, calmas, que recorren su camino con cordura, que no pisan al otro con excesiva velocidad, no, no, no ambicionamos tanto, no nos gusta el auto más caro, el departamento a estrenar ni la pendeja de turno más caliente. Nos generará bronca que haya tipos que tengan todo eso, especialmente el último ítem, putearemos en voz baja, bregaremos para que no se le pare, pero en el fondo deben cargar su cruz y la pendeja romperá los huevos, cada día te exigirá más, dos, tres polvos por día, vos llegarás jodido del laburo y querrás a alguien que te cocine, no te pido como la abuela, pero una carnecita, una pasta, unas supremas de pollo con relleno de jamón y queso, algo que saque del freezer, que haga comida, carajo, y la pendeja que te mira, que no sabe qué hacer, que piensa más en las carteras de Tropea que en saciar tu espíritu alimenticio; el departamento con las expensas por el cielo y el auto ni te digo, cualquier pendejo va a irrumpir y te va a cagar con un mejor modelo, cargándose consigo la mina, que a su vez ya no te interesa tanto. El tren de la vida. Nosotros ni pasamos por eso. Transitamos el trecho con una mezcla de angustia, preguntas y algunas verdades, pero no para explayarse a otros sino para tenerlas con nosotros mismos, abrazándolas junto al sillón con la seguridad de luego preguntarnos, qué carajo vamos a hacer con ellas. Pero ése es otro tema, irá a completar otra hoja en blanco. Bichos raros, y no me refiero a una bohemia sugerente que vomita frases hechas pero que en las espaldas cumple diametralmente lo opuesto que propone. Ésos tipos sólo quieren coger, ponerla ante víctimas ocasionales, carecientes de sentido crítico o no, vaya uno a saber, porque quizás desean ser penetradas y cada uno es responsable de su cuerpo, guarda, a esta altura del campeonato no vamos a repartir moralina como si fuese un souvenir. Tampoco es ideología, no necesitamos un morral, escuchar a Raly Barrionuevo si te hacés el autóctono o a Silvio si pintó hacerte el prolatinoamericano y creer que la lucha no se abandona, que el enemigo caducará algún día por nuestro esfuerzo mancomunado. Que no a la minería, que sí a los glaciares, que no a la contaminación, que sí a Greenpeace, que no maten a los animales, por favor salven a las ballenas. No, atenti, esta especie es más peligrosa, busca alimento precoz, fresco, masticable, del bueno que se va renovando en el mercado. Féminas que se incorporan a la causa sin saber bien qué y cómo es. Que están en la búsqueda de algo, medio étero, imperceptible. Allí aparecen ellos, estate atenta si lees esto y te suena conocido. En este mundo ya nos conocemos todos. Y ahí estamos nosotros, avisando a los demás, una vez alguien me dijo hablando de este tema que nuestra función es como la de un predicador. Lo corté en seco, me vinieron a la mente los pastores de Brasil, que le sacan la guita a la gente por una felicidad que no está, que nadie la encuentra, que el mapa para buscarla se le mojaron las coordenadas y no sé cuántas estupideces más. Porque también nosotros mentimos, tiramos teorías disfuncionales, pataleamos cuando algo no nos gusta, porque insultamos al aire y también queremos cambiar el mapa, a nuestra manera, cambiarlo porque, detrás de todo, no hay un carajo que nos venga bien.

domingo, 11 de noviembre de 2012

5° programa de Bonito Cuelgue


jueves, 8 de noviembre de 2012

Video de la semana: despenalización de la marihuana.


martes, 6 de noviembre de 2012

4° Bonito Cuelgue


sábado, 3 de noviembre de 2012

Video de la semana -Periodismo deportivo-


martes, 30 de octubre de 2012

Kilómetro 404


Me acuerdo mucho del 98. Trabajaba en el Casino, eso sí, mi tercer o cuarto empleo, después de lo del cine, el negocio de alfombras y el curro que hice un par de meses como chofer, todavía sin licencia, ayudando a un tío de mucha plata que la hizo en el rubro gastronómico. Hurlingham – Once, el trayecto. Así, sucesivamente, naturaleza, verde, casa bajas, mucha tierra, a un ruido insoportable, irascible al sentir, fuerte, que no se detenía. Y del sonido estruendoso al silencio y otra vez a la Ciudad. Ya unos años con María Eugenia, con planes de al menos irnos a vivir juntos, si luego salió la oportunidad del departamento de Once, de Paula, una amiga de ella que un día se rayó y se fue a vivir a Nueva Zelanda, o como decía ella Nueva Zelandia. Ella nos contaba, lo narraba así a su próximo destino pero nunca la quise corregir. Peor aún, después entré en colapso porque quizás ella tenía razón. Ojo, podría haber movido el culo del sillón e ir a buscar el diccionario pero ni tanto Paula como Nueva Zelanda o Zelandia, como carajo se llamara, no me interesaban, no ameritaban hacer el esfuerzo. Hasta hoy no tengo la respuesta que devela el enigma. Paula era agria, silenciosa, un ser con desplantes y calenturas del momento, tenía guita, propósitos estrambóticos, y sí, no estaba buena. Éste último factor era inverso, alteraba el producto. Y de Nueva Zelanda, Zelandia, o como se llame, me venía el recuerdo de Jonah Lomu, una bestia que jugaba en los All Blacks que se llevaba puesto a los rivales como si fueran muñequitos legui. Después me enteré que tuvo que ser transplantado, que intentó volver al primer nivel, pero no, no, ya no volvió a ser el mismo. Con Eugenia, poco tiempo después, se desbarrancó todo. Una noche con mucha humedad de septiembre nos puteamos y la vi irse con una camisa de jean y una cartera, taconeando, levantando ese culo prodigioso, una escultura digna del Renacimiento italiano, que tantas alegrías y envidias ajenas me ocasionó. La vi irse dándome la espalda, con el pelo rubio recogido y dejando una fragancia de un perfume al que siempre le preguntaba cómo se llamaba y no recordaba. Tampoco me vino a la mente en ese momento. Pensé que sería un enojo pasajero de los dos y que a los días le podría preguntar por enésima vez y ella mordiendo los labios, diciéndome, ¿Otra vez, Pablo, no ves que no me das pelota cuando abro la boca? Pero no la volví a ver, salvo unas llamadas telefónicas que quedaron en la nada. Me tenté de buscarla ahora en el Facebook, pero no, quiero quedarme con aquél recuerdo, esa imagen mental de su magnífico culo yéndose por Córdoba. Me acuerdo de ése día, ya de noche, en el Casino, contemplando a la gente jugando, desesperada, todos en un recinto para salvarse la vida. Quieren salvarse la vida, hablaba para dentro, porque la vida que les tocó es una mierda, por eso van, apuntan a que saliendo de ese lugar, todo se transformará para mejor. Que dejarán ese laburo de mierda, explotador, cínico, que le pagan dos mangos para dormir en su casa hasta las doce del mediodía; que dejarán al viejo, arcaico, que ya ni se le para, terminando en los brazos de un pendejo que las tendrá loca toda la noche; que dejarán a su mujer para enfiestarse con cuanta trola aparezca, en un yate, con falopa para repartir entre cincuenta; que el dinero los dejará ser, por fin, de una buena vez. Una tormenta de sueños, al alcance de las manos, en un solo lugar, en la víspera, en la expectativa de que hoy sea el día. Nunca llega ni llegará, reflexiono desde el hoy. Pensé también que mi vida era una mierda, que no encontraba sentido a lo que me rodeaba pero por primera vez tuve la claridad de ver que como todo tiene un fin previsto, el camino hay que atravesarlo con tranquilidad. A cada uno le tocará el kilómetro 404, el final, en el que de chico esperaba para llegar a Mar del Plata, tirarme al mar, llenarme de arena, pedirle a mamá, a la tardecita, tipo cuatro, licuados de banana. El fin de ciclo, entonces todo dependerá del mientras, y que en eso hay libre albedrío para repartirse funciones, extravagancias, blackjack o ruleta. Ése 1998, con olor a cigarrillo en el uniforme, me recuerda a la conclusión fatal e inexorable. Y desde allí empecé a pensar cómo cambiar el desarrollo, cómo podía hacerlo.

domingo, 28 de octubre de 2012

3° Programa de Bonito Cuelgue


domingo, 21 de octubre de 2012

Bonito Cuelgue -2° Programa-


lunes, 15 de octubre de 2012

Bonito Cuelgue -1° Programa-

Bonito Cuelgue es un delirio, de aquellos que surgen una noche y nos decimos, ¿por qué no? Que como espacio de reflexión, en esta Argentina tan volátil, esquizofrénica, maniquea, bajar los cambios, respirar, meternos en la actualidad pero a otra velocidad, acompañando de buena música. Basta de presentaciones, se los presento y dejo a gusto del consumidor. Ojalá les guste. 

domingo, 14 de octubre de 2012

No lo hay

No hay un secreto para escribir. Aparecen las ideas, tratamos de articularlas, de darle color, forma y sobre todo imagen. Un relato que te traslade a un nuevo imaginario, de depositar lugares, personas todas en el cerebro, que estén en continua pugna, que nos sobresalga la mente con fantasías, con algo hasta que se podría tocar. Si sucede, aunque sea en una mínima parte, el escritor debe darse por satisfecho. En la histórica pugna, en cómo hacerles gustar a otros palabras que vienen dentro de uno, porque la ley es universal, todos somos diferentes. El desafío se inicia allí, en un trabajo de orfebrería, de palabrita por palabrita, porque la fuerza gramatical vaya que existe, y dos sinónimos a veces no son dos sinónimos, y uno, como sujeto, valora a determinados términos y otros no los siente como tales, como si no le pertenecieran. Sucede a veces eso y pensamos cómo compatibilizar nuestros gustos con el exterior, porque escribir es un acto egoísta por naturaleza, pero las sensibilidades forman parte vos, de él, de ella, de un grupo más chico, grande, dependiendo las edades, la recepción llega y no es un dato menor. Y ahí cargamos nuestra valija de fantasmas, alegrías, miedos, amores, venganzas, rencores, prendemos la computadora, la hoja en blanco y empezamos.

sábado, 6 de octubre de 2012

Ausencia


La muerte es irremediable, no tiene vuelta atrás. El hecho en sí conmueve, repercute al exterior, en la conformación de sus fibras, más aún si el protagonista es público, si con sólo nombrarlo el destinatario imagina su figura, erguida, sonriente, lidiando con el bastón y la banda presidencial, en aquellos tiempos de la Argentina, fracturada, con las heridas visibles, tan visibles, una Argentina putrefacta de desaparecidos, dolor, preguntas y una palabra no tan conocida en el vocabulario colectivo: democracia. Ésos ´80, en una ilusión genuina, en aquellos jóvenes creyentes que con la democracia todo se podía hacer, como una heroína dispuesta a cumplir con éxito cualquier aventura sin importarle el enemigo de turno, el más conocido agazapado en los cuarteles. Que ella, valiente, corajuda, escribiría sobre el final las páginas ganadoras. El dolor que se observa en hombres y mujeres, que superan los 40 años, que caminan alrededor del Congreso que guarda los restos del ex presidente, que se secan con pañuelos sus lágrimas, abrazan a sus pares, que saben, perfectamente, que con la partida de aquél hombre, también se muere la ilusión, la primavera que nunca llegó a florecer en plenitud, que quedó a la mitad del camino, como un Dolores a Mar del Plata, como un espejo triste, deformante del ser argentino. Hay personas que reflejan cabalmente un momento histórico, la crisis posterior sucedida en 2001 no podrá comprenderse históricamente sin el gobierno de Néstor Kirchner, la Historia (sí, con mayúscula, como ciencia) debe asimilarse como una articulación de coyuntura permanente, de hechos que suceden, suceden y suceden y coloca a figuras como estandartes de ese proceso, que, como bien detalla la historia argentina, no está exenta de violencia, pujas y tensión, todas en similares dosis, un brebaje con olor a tango y dulce de leche. Se repite la historia, no es un cliché al pasar, se repite y a veces no nos damos cuenta. En las banderas rojas y blancas, en algunas salteadas boinas blancas, en los gritos vivando su apellido, atronadores, salidos de gargantas rojas y angustiosas cuando el ataúd lleno de flores y la bandera argentina recorre la avenida Callao, en el llanto de un chico que no supera los 20 años, cargando su mochila de Green Day, con su cara congestionada, con un amor referencial que por cuestiones cronológicas se depositan en su ADN. En un olor a naftalina, como si el barrio de Congreso se destiñera, la plaza estuviese con ráfagas de blanco y negro, como si la realidad nos ubicara en otro tiempo, tal vez, para mucho de los presentes, el tiempo del que nunca, a pesar de todo, habrían permitido que pase, darían años de sus propias vidas para que ese 1983 se mantenga eterno, o quién dice retroceder y modificar las cosas mal hechas, reforzar lo bueno, exigir más Justicia, llenar las partes del rompecabezas que faltaban y que el tiempo, bien diablo, logró destruir sin preámbulo. Casual o casual, amigo lector, lo mismo que recitaba Alfonsín.

lunes, 1 de octubre de 2012

Hoy

Retruena la voz, acomoda sus pertenencias y se va a un lugar indeterminado, confuso, imperceptible para los demás. Se descolora la imagen, el sonido del viento chocando, los árboles en continuo movimiento, la fuerza intrínseca a la vista, natural, que despliega un mensaje oculto, indivisible. Avanza a paso presuroso, se intimida a sí mismo, va a buscarse. Es otro día, el sol golpea en la cara, el reloj marca seis y veinte, pone la radio, se acomoda las manos por detrás de la cabeza, hace fuerza para estirarse, una y otra vez y se queda. Los músculos se fuerzan hasta el límite, buscando ese ruidito, tan sonoro, de objetivo cumplido. Escucha voces de la radio, que tratan temas de actualidad, pero sumerge la vista en su verticalidad, en lo que lo rodea, la silla y la mesa del costado, una ventanita, las paredes del baño descascaradas, los retratos de flores en la pared, el olor a lavandina, el piso con esa madera vieja, renegrida. Y humedad, mucha. 
Respira por nariz, exhala por boca, cuenta, uno, dos, tres, cuatro, busca el sueño de vuelta, trata de hundirse en el colchón, finito, que ni le llega a los pies, trata como sea. Paralizarse, sentir que la respiración mengua, cerrar los ojos y dormirse, sentir el momento que el cuerpo se oxigena, que se alimenta de sí mismo, ése estado de levedad, que es finalmente lo que busca. Y el ruido en la cabeza empieza a surgir con una melodía, un tango de Edmundo Rivero, algo del escolazo, la voz tan perfecta de escuchar, todo en su cabeza, cada frase recitada. Se queda dormido. El reloj marca las once y diez, se encuentra con los brazos al costado, los ojos cerrados y otra vez el ruido del viento que roza el vidrio de la ventana, un otoño que ya empieza a mostrar los dientes. Salió a la calle, con hambre, es otro día, otro momento, otras sensaciones, es hoy.

martes, 11 de septiembre de 2012

Premios Planeta Digital


El escribir es un ejercicio hermoso, placentero, liberador, una cuota de oxígeno en la rutina de todos los días, del cansancio que no se va, de los fines de semana minúsculos, de todo. Escribí en el concurso Premio Planeta Digital un cuento llamado "De su lado". Entran aquí y si quieren y les gustó, lo votan. Los 120 más elegidos irán a una selección para determinar el ganador. Gracias! 

lunes, 27 de agosto de 2012

Va


Los recuerdos se entrecruzan, van, vienen, Nicolás sale del trabajo, cruza la calle y se pone los auriculares, después de tanto acorde desajustado necesita armonía, un sonido desapegado a lo que adquirió su oído en todo este tiempo. Ése tiempo olvidable. La música como estabilizador, una balanza en constante equilibrio, que no se va para un lado ni para el otro, oscilante para aquí y para allá, como en una sucesión adormecedora. Una hamaca paraguaya, ponele, como ésa que usó esos días en el Delta, el verano de hace un par de años, flotando entre la naturaleza. En el caminar, en el pisar el suelo repasa los hechos que lo ataron a esa realidad, el por qué tomó estas decisiones, en qué momento estaba para hacer lo que hizo. La pregunta lo dignifica, tiene la valía de hacérsela, otros, pensó, ni empiezan por ese proceso, no les interesan, siguen atados a esa proporción mediocre de juntar las cositas, aferrarse a lo material, a un puchito de guita, a la queja sobre el exterior, siempre culpable de todo, también se acuerda de su viejo que le decía que la mortaja no tiene bolsillos. Cuánta razón tenías viejo, piensa. Muy pocos hacen lo que desean en el momento justo, la ausencia de inconsciencia imposibilita cualquier arraigo personal que salga fulgurante a la palestra. Olvidate que suceda eso, qué mundo de mierda, qué personas de mierda somos, andamos desaprovechando potencialidades en lo banal, en el expediente que nada va a cambiar, en las discusiones absurdas que no construyen ni una pared de ladrillos de medio centímetro. Y va, sube por Rivadavia observa todos los carteles de publicidad, los más llamativos, los papeles pegados en los escasos teléfonos públicos ofreciendo sexo, todo una mercancía al alcance, hasta vos, porque sí, porque vos más barato o más caro también tenés un precio, pasa por Primera Junta, recorre los puestitos de libros, se imagina trabajando ahí leyendo todo como un enfermo que poca bola le daría a los clientes y trataría de levantarse a cualquier pendeja que apareciera, demostrar la seducción desde lo intelectual, el combo perfecto, llega a Flores ve cómo los autos se amontonan, que la circulación se convirtió en ida y vuelta, que los autos siguen, doblan, como la vida es también un poco de esto, a veces seguir, frenar, doblar o irse de frente contra un árbol. En la bolsa de posibilidades encontramos todo, infinitas combinaciones de la existencia, que debe entenderse como libertad o nada, no pueden ni debe haber puntos intermedios en esta dicotomía. O sos o no sos, no le demos más vueltas. Entendió el mensaje, no podía más tolerar que le digitaran la vida, que enhebrara con culpa cada una de las acciones, ya no quería volver a atormentarse. El de atormentar es un acto aberrante si se ejecuta desde tal sujeto a otro, pero mucho más aberrante y complejo es hacérselo a uno mismo, tiene otra connotación más sádica, más jodida en solución.  Sintió el viento en la cara, resopló y descontaminó su cuerpo, aspiró nuevas energías aunque supiera que se le acabarían enseguida, como un artefacto sin baterías, que daba lo que podía, que era hora de reinventarse, como sea.

viernes, 17 de agosto de 2012

Levedad

Hay gente que da todo a cambio de nada. Mar de Ajó ha cambiado, quedan retazos, estructuras, un poco de aire y no mucho más de aquellas fotos de la infancia. En la arena, amplia, acomodo los puchos en el bolsillo de adelante del jean, el cielo oscuro, estrellado, nosotros tirados, pasa el fernet, la lengua se afloja, nos vamos soltando, Mica se me tira de costado, me pega un beso de lleno en el cachete, siento la separación de sus labios tras el impacto, la veo de costado, estrenando su pelo corto, enérgica, con esa vocación de felicidad en los ojos, sonriente, nos miramos y volvemos a reír. Ella ya forma parte de mí, lo supe en esa tarde nublada, yo cansado de la facultad, de la rutina, de viajar como el orto, del trabajo de mierda, ya agotado, le dije de mi deseo de irme a Mercedes, de intentar algo nuevo, le hablé de Matías, mi primo, que se estaba llenando de guita con ese campito que había heredado, que me había llamado, que quería que laburara con él; lo supe cuando cambió de cara, cerró las cejas, acortó la mirada y soltó “no me dejes sola en esta ciudad”. Y me abrazó, tan pero tan fuerte, y yo también, yo no me quería ir, pero especialmente no la quería dejar sola, no para hacerme el protector ni el macho alfa, sino porque la necesitaba más a ella que ella a mí. 

Lo nuestro nunca quedará claro, lo que sentimos uno del otro encuadra en un pacto implícito sin fecha de vencimiento, pasan parejas, chongos, pendejas, curtir, algunos enamoramientos pasajeros, tan volátiles como nosotros, y luego del recorrido nos encontramos en la misma parada, decimos hola y el encanto sigue estando ahí, diciendo presente. La miro despatarrada, fumando marihuana y siento que la vida sin ella sería un mucho más fulera. Es lo más lindo que le puedo decir. Enfrente Lucas, lo contemplo, barbudo, con aires de otro lugar, nos sentimos distintos, como en la búsqueda de encontrarnos, el tiempo transcurre, las experiencias avanzan y se multiplican, estamos en ese proceso de reaclimatación, está ahí, con un buzo encima del culo, no se quieren sentar en la arena, la ida a Bruselas lo habrá puesto más exquisito, supongo. Eso será cuestión de tiempo Luquitas, volviste hace poco y nos cuesta verte tan cambiado, digo nos, podría decir yo, el más sentimentalista del grupo, tan poco adepto a los cambios. Me cuesta verte así, extraño, sin poder desentrañarte al menos por ahora pero sé que sos vos, el que lo cargaba a la madrugada por Avellaneda, con todos los negocios cerrados y tu obstinación era mearle el negocio a un pelotudo que te había echado apenas habías empezado a laburar después del viaje a Bariloche, me acuerdo de esa mirada irracional, y yo te decía, no, Luquitas, no seas boludo, no, no, va a caer la cana, no, no, increíble todos los cambios que vinieron después. Apareció Valentina, una belleza diminuta que es nuestro espejo, la fórmula que nos da por resultado que hicimos bien las cosas, la hiciste vos pero forma parte de todos, ella es nuestro agradecimiento al mundo por lo que nos dio. 


Observo a Lucas hablando con Julia, Julia, ella, buscando su príncipe, golpeándose una y otra vez la cabeza con cada uno que aparece, uno peor que el otro, uno que le miente más que el anterior, pero insiste, va, apuesta, le perdió el miedo a perder. Julia tiene la cualidad, y no todos la tienen, de creer en el amor. Un naipe muy débil en esta jugada llamada vida, un caballo en el truco, pero siento que esa carta aparece en algún lugar de esa campera negra, en el jean, en las chatitas, que se le encaja en un mechón de su pelo, que se levanta cada mañana para ir al laburo, ve la carta y sonríe. Yo la escucho con mucha atención, escuchar a Julia es comprender, al menos en cierta parte a las mujeres. No la puedo desaprovechar, no por una razón de funcionalidad estricta, sino porque histriónica y todo, a veces desencajada, frustrada, triste e indómita, encuentra la felicidad más seguido que yo. Quizás hurgando, después de tantos años de amistad, encuentre cómo lo hizo, qué brebaje tomó. Toda mi admiración Julia. Exclusiva para vos. En el círculo humano está Mica, Lucas, Julia, Fede, Daniela y dos pibes que ni sé de dónde salieron. Me relajé, apoyé la cabeza en la arena y pensé cómo en un segundo, en un golpe de mirada, todos estos pensamientos fluyeron, no tenía ni un anotador ni nada, las palabras aparecían, distintas a éstas, pero el orden de los factores no alteró tanto al producto. Cerré los ojos y sentí a Mica cerca, que se aproximaba, corrí la cabeza a la derecha y la vi haciendo un montículo de arena y dejándolo de escapar en la mano, así sucesivamente, escuché el ruido del mar incesante, ése viento fresco potente, ése frío delicioso y fui feliz por el momento. Mica me vio y sólo dijo, esa sonrisa, lo sé, se debe a algo, ya sabés sobre qué escribir ¿no? 

martes, 14 de agosto de 2012

10


Un don es un don. Arriba desde una silueta mágica, imposible de manipular, es una potestad tan única, irreversible, cae, plum, en una persona y lo transforma en un superhéroe, no de ficción ni con trajes ampulosos que le marcan bien la zona
 de abajo, no, no, nada de eso. Pero si hablamos de fútbol, de lo lúdico de este deporte, algunos, muy pocos les llega ese don que los convierte en seres especiales. Son escasos, algunos foráneos, otros de estas tierras y quién te dice que con el paso del tiempo uno de éstos se pone tu camiseta. A veces tenés esa suerte, otras tantas no. Yo puedo sentirme afortunado. El fútbol es ilusión, les juro que no caigo en una verborragia barata sobre los sentires, sino en los momentos en que protagonistas, cada vez menos en este paisaje desértico, producen, generan, hacen arte. Porque un buen futbolista es un artista, maneja un solo instrumento, la pelota, el fútbol, con conciencia propia pero también del alrededor. No juega solamente para sí mismo sino para el deleite de otros, no cuenta con esa condición egoísta tan terrenal, tan de nosotros. Por eso hablo de superhéroes, son pocos, ojo, no voy a regalarle este piropo a cualquiera. Olvídense, falsos profetas del buen pie que están más cerca de Bolt que de concadenar dos pases seguidos o intentar hacer una pared. ¿Se acuerdan cuando en los partidos se hacían paredes? Qué lindos y viejos tiempos, che.

Ser de un club no solamente significa llevar la camiseta, es un proceso más profundo en el que se mancomuna con diferentes elementos, tu pasado, las experiencias que ocurrieron, la perspectiva que te da a madurez, los jugadores que te marcaron, es un rejunte de símbolos (perdón Saussure) dentro de una essen, que la vas revolviendo una y otra vez pero sabiendo con ojo clínico qué ingredientes forman parte de la receta. Leandro Romagnoli forma parte de mi menú. Un ídolo que creció a la par tuya, que cuando la tuvo, tiene y tendrá la pelota el corazón tiende a aclimatarse, bajar el pulso, sentir que San Lorenzo está en buenos pies. Esa sensación placentera donde todo parece estar en su lugar, un fragmento detenido de la realidad, en que cada cosita encuentra su sentido, una paz similar a tomar unos mates mirando el río Paraná. Algo así. Lo de hoy me entristece, cómo que no, uno siempre quiere a los ídolos de pie, erguidos, quebrando cinturas y volviendo a sentir el corazón calmo. Cuando suceden noticias así, uno siente que alguna partecita suya se apaga por un tiempo, baja su color, se acomoda para invernar hasta el retorno. Que desde hoy empezará a ser más próximo.

domingo, 12 de agosto de 2012

Cinco minutos


Mucha lluvia, mucho barro, las zapatillas sucias, con tierra acumulada, la niebla más espesa que de costumbre. No encontrar las llaves, palparse el pecho, el culo, hurgar en los bolsillos del jean, y no están, no están, no están. ¿Te fijaste en la campera?, me pregunta Martina, empapada, con el maquillaje corrido y cada vez con menos paciencia. Siempre odió ese aire de preámbulo que hago de cada paso en mi vida, cargando una ceremonia atrás invisible, para todo su tiempo. Ella odia eso de mí, yo tanto de ella. Me fijo en el bolsillo de la campera y la búsqueda parece en vano, luego giro hacia la puerta de casa y escucho el chasquido, un ruidito imperceptible que venía del agujerito arriba, en el bolsillo ése que no sabe para que lo ponen pero está, abro rápido el cierre y ahí están, esperándome salir a la luz. Pasaron como 5 minutos, un tiempo prudencial de ceremonia y la cara de Martina ya me habla demasiado. La convivencia no nos es fácil, las rispideces corren a una velocidad insuperable y los aciertos, las miradas cómplices de antes, el sentirnos Xavi e Iniesta ante 80 mil personas van destiñiéndose, no a esas fotos blanco y negro que están tan de modo ahora sino a una decoloración más dramática, más amarillenta, más amarga. Ni Instagram pienso que nos puede salvar. Pienso a esta relación como cualquier pelotudo que leyó dos libros de Economía y tira ante la pantalla, “los precios suben por ascensor, los sueldos por escalera”, con un aura de gurú berrera y olor a comida rápida en plaza Miserere, a una pelotudez que está buena decirla, bueno no importa. En el cliché estúpido hay algo cierto, hay momentos que en que los sentimientos se contraponen, se ponen frente a frente, a discutir, son sentimientos, son esencia de los dos, pero ahí están se desafían en ritmos distintos, en eso pienso cuando hablan de ascensor y escalera, los sentimientos tristes avanzan implacables, los otros, los que construimos durante 3 años y medios están retaceados, no me quieren subir la escalera, no me quieren tomar el nesquik como decía mi abuela. Como que nos falta algo, como que alguien vino una noche, se nos sentó en el borde de la cama con la bata blanca, una sonrisa implacable, sacó la jeringa y extrajo lo que sentíamos uno del otro. Y se fue. Y no nos dimos cuenta, carajo, nadie nos avisó, o no nos pudimos dar cuenta, o peor, no nos quisimos dar cuenta. Pero pienso que al escribir esto, después de tu ataque de llanto, después de decirme que te acostaste con tu compañero de facultad, que se te fue de las manos, que nos estamos yendo de frente contra el paredón, que no me aguanta más, que no te aguanto, que no nos aguantamos, que me vaya, que quiere estar sola. Escribiendo esto desde lejos, viendo la tormenta terminarse, ya vislumbrar algún rayo de sol, sólo pienso en reconstituirme, en acomodar las partecitas, paulatinamente, en ése preámbulo que quiero para mi vida, donde ojalá, debo admitirlo, estés vos.

domingo, 5 de agosto de 2012

Punto final

Basta. En un momento grité, abrí el grifo para que se fuera toda esa agua marrón, pútrida, agria, y esperar segundos y más segundos que el agua pueda cristalizarse, que vaya tomando su color común, que la basura de la cañería se purgue por decantación. El espejo me mostraba tal cual era, la barba crecida, despeinado, los ojos chiquitos, la nariz muy roja pero no me reflejaba lo interno, la angustia, esa congoja que se te pone en la nuez de la garganta, que te acelera el pulso, que sentís que el corazón se te va del cuerpo. Esa puta sensación otra vez, que no se va, en mojarme la cara una y otra vez tratando de que en el agua, que va y va sobre mi rostro haya particulares de aire, mínimas, que me hagan seguir respirando. Momentos que llaman a la rebeldía, a ser bien cinematográfico, ver la mesa llena de papeles, la computadora, sellos, monotonía, bajeza, aburrimiento y tirar todo a la reverendísima mierda. Y la putísima madre que los parió, a todos. Que el impacto de los brazos, con venas visibles, que aguardan respuestas hagan el ejercicio de la mente, escuchar el impacto de los papeles en el suelo, el monitor despedazándose en vidrios que rebotan en la superficie. Cuánto soñé ese momento. Una vez, al menos, que lo que se piensa, se haga. ¿Qué tengo para perder? Quizás mucho, quizás poco, perdería todo si no me hiciera esa pregunta, si naturalizara lo que me pasa, bueno, la vida es así, tendrás que acostumbrarte varón. Yo no quiero acostumbrarme, en algún espacio debo ser quién soy, encontrarme, todo lo que se vive se vive con la ilusión del llegar a ese sitio en que te sacás todo, las zapatillas, el jean, el sweater, que quedás vos mismo, con lo que hiciste de tu vida, con las consecuencias de lo que elegiste. Yo no quiero vivir la vida de otros, al menos quisiera indagar sobre la mía, ir y equivocarme, ir y acertar, repito y quiero que me escuchen: ¿qué puedo perder? Elegí cambiarme, vestirme de negro, no por un duelo barato, berreta, haciéndome el caótico, ay va él, guarda, no, la verdad que todos me chupan un huevo, sólo quise vestirme mediante un estado de ánimo. Bajé, pasé el palier sin mirar, una puerta abierta, abrí otra y la calle. Gorro de lana, abajo auriculares y caminé. A los dos minutos, ya sintiéndome los pasos preferí cerrarme la campera, hacía mucho frío, sacaba el aire por la boca y me acordé de las mañanas en Tandil, chiquito, todo tapadito jugando a ser globitos de humo. Quise caminar, llenarme de otros aires, ver gente pasar y que me imaginaba que andaba con algo que me pasaba a mí, que en la acumulación de sentires me haría sentir un poco mejor. Un poco más acompañado.

jueves, 2 de agosto de 2012

Finitud


Pasó el tren y gritó con toda su fuerza, sintió que la garganta se le quedaba seca, áspera sin fuerzas de nada. Vio pasar los vagones y creyó que todo lo que emanaba se lo iba a llevar el San Martín, que toda esa mierda acumulada, como borrarse no podía, al menos iría a parar a otro lado, a Pilar, Palomar, San Miguel, William Morris (¿vivía alguien ahí?), algún lugar donde depositarse, creyó finalmente que esa bronca, angustia, lágrimas irían a parar a otro lugar demasiado lejos o que le caería a otro u otra, eso no le importaba. Un momento que bregó por egoísmo, que se joda quien se tenga que joder pero que no desemboque de  su lado, basta, basta de crecidas en donde pongo los pies rogó llevándose las manos a la cara. Lo de gritar mientras pasaba el tren lo imitó de algo que vio en una película o una serie de acá, o una serie de acá que se lo robaron a otra película, la inventiva tiene difícil portador a veces. Y más en la Argentina. Al borde de la vía, luego del entierro, entendió que ya no iba a escuchar la voz de ese ser querido, que rápidamente se le había borrado del vocabulario sonoro, lo sufrió así, la partida, la ausencia, el no ser, pero con todos estos aditivos horribles, fríos pero tan veraces, tanto que de sólo pensar en eso se angustió.  Pensó que la vida no se dividía por años, que ese suceso, la oscuridad de esa casa velatoria, familiares que hacía veinte años no veía, mamá llorando, Pablo a su lado, como siempre,  abrazándolo, significaba un momento de ésos que te cambian, que hay un cambio interno generado por el exterior, de qué más necesitaba para cambiar las fichas de lugar, que el lugar en la ruleta nunca le llegaba. Era necesario cambiar la apuesta, modificar la jugada, arriesgarse más. Lo vio en esa pared, en ese baño mugroso de la calle Urquiza, saliendo del Mariano Acosta luego de clase, escrito en marcador rojo, mezclado entre putos que pedían pijas y dejaban su celular, insignias deportivas o puteadas a Cristina, que yegua, que puta, algún mensaje trosco y la frase, así escrita, oculta entre tantas vaguedades, “el que no arriesga, no gana”. Se quedó con esa imagen, si no arriesgaba ¿cuándo lo iba a hacer? ¿cuándo sería el momento? ¿San Martín supo cuándo tenía que cruzar Los Andes? No, el tipo calculó algo pero tuvo en su mayoría instinto, vio que era el momento y fue. ¿Diego supo que iba a hacer ese gol a los ingleses, pasarlos como postes? No, puta intuición, nada más. Nadie le dijo el momento en que tenía que salir a escena y descoserla. Estaba dentro suyo, estaba dentro de ese grito que pegó contra las vías, en los insultos proferidos, allí coexistía el odio pero también un mensaje oculto, una señal que te dice que es ahora, que así como estaba no podía esperar más. Llegar a esa  sensación de desesperar. La peor, tal vez el hambre le gane pero por muy poco. Supo enseguida que la finitud de la vida deja a algunos muy pero muy vacíos. 

jueves, 26 de julio de 2012

Una noche


Nosotros usamos el odio como factor de cambio. Y lo sabés. Gastón se tocó la barba, crecida, de varios días y largó la carcajada. Yo no pude contenerme la risa, tragué y la garganta me seguía doliendo, las paredes seguían blancas, llenas de pus. La noche había sido larga, ya no estábamos acostumbrados a esas maratones cronológicas; el cuerpo nos pedía descanso, una cama ni más ni menos. Las cervezas, los tragos, la billetera vacía, las minas que te dicen no, tal vez, quizás, algún sí no querido, los vericuetos de una noche en la que no tenés nada que perder más que un par de billetes de Roca. Nadie se quiere enamorar de nadie, todo tiene algo de desechable, ellas, vos, yo, y tampoco está mal.

Lo quería a Gastón, uno de ésos hermanos que te entrega la vida, que te conocieron ya curtido, gente que en esa autopista cotidiana se te pone al lado y te dicen, che mirá, tenemos el mismo auto, están hechos mierda pero vamos con destino similar. Un tipo que iría adelante tuyo y de copado nomás te paga el peaje para que vos pases sin perder tiempo. Un tipo así. Que no conoció al radiante con guardapolvo como vestimenta, de colegio católico, puro, virgen, sino a otro tipo, con miles de cagadas encima, que fue, volvió, la pifió, acertó (sí, sí, acertó), que por vergüenza calló, que por vergüenza hubo amores que no supieron lo que sentía.

Con Gastón no haría falta ir a una reunión de la primaria vía Facebook y sorprendernos de que Pablito dejó de ser el escuálido de siempre y ahora está más cerca de pelear contra el Patón Basile; que Ludmila ya no es más ese esperpento, obeso, que usaba botines, sí, botines, qué hija de puta, para ahora convertirse en una 7, 8 puntos. ¿Por qué no invertí ahí en ese momento? Qué pelotudo. Un resto, algo, lo que quedara, cinco, diez pesos, bueno veinte como mucho, no, no, claro, el señorito buscaba la perfección, sólo tenía ojos para Yael Giménez, la mina que nunca le dio cabida ni le dará, la que le queda pegado el recuerdo de esa caminata por Rivadavia, habían sido tres o cuatro cuadras, del hecho en que ella caminaba con vos, te registraba por primera vez, de los nervios al estómago que te dieron apenas le dijiste que la acompañabas a la casa. De lo descompuesto, pero feliz que llegaste a tu casa. Yael, la misma que vio por Facebook hace poco y la vio tan radiante como siempre, con esos ojos verdes suaves, tan plácidos. ¿Qué estaría pensando cuando le sacaron esa foto? ¿Por qué la eligió como perfil? Hermosa, Yael, hermosa. Lástima los viejos que con un apellido Giménez le ponen Yael. Se careció de un poco de sentido de común. Le ponen nombres indígenas con apellidos europeos y en esa suma el resultado tira error, fail, la calculadora se queda sin pilas.

Nos sentamos a tres cuadras de casa, cerveza en mano, veíamos a Alberdi pasar, en nuestras narices, el 126, el 55, el 4, el 180, nos acordamos del viaje a San Justo para ver a Guasones, de la rotonda, que Andrés no sabía lo que era una rotonda, de lo fuerte que está la madre de Germán, que es un gusto a escondidas, que el universo se nos llena de ratones al verla. Tan prominente, tanta experiencia recolectada, tanto pensamiento pecaminoso. Gastón me decía que había comenzado una cruzada contra los negros que usaban el celular con altavoz en los colectivos, que tenía pensado hacerse una cuenta de twitter, un blog, una fan page, que ése odio que emanaba al verlos se había transformado en motor revolucionario, que empezaba con esto y había todo un mundo para cambiar, que por favor me sumara. Gastón me lo dijo serio, borracho pero serio. Yo me volví a reír.

lunes, 23 de julio de 2012

Ella


Miró y supo que estaba todo bien. Deseaba que no pasara el reloj, que se quedara clavado ahí, a las diez y media, vio la copa de vino llena, volvió a mirar y se sintió bien. Atrás el olvido, adelante una sonrisa. En esa gente encontró comodidad, el resquicio para respirar de las vivencias ajenas que no le importaban mucho, estaba con ganas de, por fin, encontrarse a sí mismo, sin ninguna terapia de por medio, ni aranceles, ni treinta sesiones, ni obra social, nada, volver a ese chico que juntaba hojitas en Punta Alta, con ese frío que le calaba los huesos, que ni soñaba con esos fantasmas que vendrían después, que era, carajo, era él, el mismo que se escabullía de la mirada de mamá, tapado y tapado, con el gorrito azul de lana, corriendo por la calle. Se le vino a la memoria esa imagen, las fotos en la Bahía Blanca, él arriba de la calesita, mamá viéndolo haciéndose la distraída, tan linda mamá, tan linda, miró el reloj y marcaba y treinta y cinco. No le importó. 

¿Cuándo se perdió? Se perdió y punto, no encontró una fecha de esa salida del mundo, pasó y no hay vuelta atrás. Se perdió y se volvió tóxico, se aferró a una indignación que no le pertenecía, se enfureció en una herida que nunca quiso ni pudo resolver. La siguió viendo, detenidamente, alta, tan estética, con ese flequillo al costado y esa presentación de su sonrisa, tan compradora, remarcando los hoyuelos sin querer, tanto que lo enamoraba demasiado. No encontraba cosa más linda en el mundo que ella. Lo calentaba, le gustaba tanto. La soñaba en las noches, en las poses más sanguinarias, soñaba tocar sus tetas, apretarlas, besarlas, llegar a ese clímax único; en las tardes, desparramarse en el pasto con ella y mirarla, no cansarse de verla; a la mañana percibirla en pijama, con la cara lavada, dormida, tan dormida. Veía en ella esa misma carga de tristeza que tenía él, la tenía a dos sillas, estaba ahí, sonriendo y sonriendo con la luz que le iluminaba el pelo, renegrido, enamorándolo cada día más, comiendo su comida, con ese vestido negro, las medias del mismo tono, los zapatos. 

La sabía enamorada, tampoco le importaba. Ése era un detalle menor, algo insignificante a comparación de lo que sentía él, lo todo que quería por ella. Por aparecer y cambiarle la vida, de generarle esos insomnios únicos, irrepetibles. Por convertirse en su pequeña obsesión, en la única llave que abría el cofre de su soledad, la única capaz de modificar la corriente, llevarla a aguas más transparentes, tranquilas. Que estuviera enamorado de otro le resultaba secundario, esa excusa de poder tenerla alguna vez le daba oxígeno, sustancia roja en el corriente sanguíneo, le hacía acelerar el pulso. La vida, pensó, mientras se saciaba con lo último que quedaba de vino, reside en vivir en plenitud ésos momentos, de incertidumbre, de esperar con un dos de copas, a ver si la mano viene provechosa, si nadie ligó y quién te dice, pegar el zarpazo. En esa espera está todo, todo ese misterio sin descubrir se abre de par en para en ese tiempo tan finito pero tan eterno a la vez. El reloj cumplió su propósito natural, el deseo de quietud no prosperó. La vio buscando su campera en la pieza, irse por el pasillo, no sin antes saludarlo como uno más. 

viernes, 20 de julio de 2012

Una bolsa


Mariela abrió en un impulso la bolsa de arpillera y puso cada cosa de Augusto. Lentamente, observó que la habitación tenía cada vez menos resquicios de él, su presencia se había fragmentado en partecitas, como un rompecabezas donde no se ajustan las piezas y sintió placer, no demasiado, sólo esbozó una sonrisa por la tarea cumplida. Un poquito más aliviada abrió la canilla, se sacó la ropa y dejó el agua correr. Necesitaba el agua golpeándole la cabeza, una y otra vez, como para mover las ideas, que las neuronas conecten de alguna forma. En ese torrente acuático se fundía algo, desaparecía, se iba por la alcantarilla. Tal vez, así en círculos, miró la alcantarilla y comprendió que esa unión que fue, se entrelazaba en ese agujero con destino incierto. Sola, secándose el pelo se vio al espejo y no entendió el por qué de lo que había pasado. Sucumbió la mirada y vio la bolsa tirada en el comedor, apretada, y supo la urgencia de salir. Luego de cuatro días, cerró la puerta, caminó el pasillo del PH, salió y volvió a ver si había cerrado bien, salió de vuelta y estaba en la calle. 

Jueves, quizás. Sol, mucho sol, mucha claridad, respiró y sintió de repente ése olor a pan casero que la transportó a los inviernos en Calamuchita, al frío de la mañana, al pan con mermelada casera, a escuchas las noticias en Cadena 3, que eran muy fachos sí, pero qué importaba. Al hogar, a la leña que se consumía. A sus primos, a la tía Emilia. Pensó también en Augusto como metáfora, como la equivalencia a esa madera carcomida por el fuego que deja cenizas y luego el tiempo la convierte en nada. Había sol, cargó la bolsa y salió a caminar. Sintió con la bolsa al hombro que se llevaba así misma, que cargaba sus 54 kilos, que era un álter ego desparramado en pelotudeces como ositos, cartitas, jazmines secos, que eran cuatro años de mierda con éste pibe, que a la primera de cambio se acostó con cualquiera. Salió y se topó con Otamendi, saludó con un ademán al librero de la esquina, hizo zigzag para esquivar a unas viejas y se plantó en una esquina. Dejó pasar a un auto, a otro y a otro. Quieta, angustiada, apretó la bolsa con fuerza, el puño, cual boxeador. Tenía bronca pero ya no de él ni de ella, sino bronca a la situación, a volver a foja cero. Como escribir una historia y que se te tilde el Word, y volver a la hoja en blanco, en ya no recordar ni cómo se iniciaba. 

Estás jodida, dijo Mariela para sí. 34, el puto reloj biológico que no para de funcionar, que está, tic, tac, tic, tac, que no se le agotan las pilas, que lo apagás, ponés la perilla en off, que te acostás y sigue ahí transcurriendo. Todo eso pensó en la esquina, tres minutos, indecisa hacia dónde ir. No podía volver a su casa, tenía que aguantar, un rato, liberar la vista y deshacerse de la bolsa, que parecía que la miraba, imperturbable. Se la tenía que sacar de encima, primera condición. Cruzó la calle, puso los auriculares en los oídos y sonó Beck, una canción que subió al mp3 que siempre la salteaba, si ni sabía quiénes eran, la melodía no le gustó pero siguió. Caminó, caminó, mirando a la gente, tratando de hurgar qué se les podía pasar por la cabeza, pensando si ellos harían lo mismo con ella, si se les cruzarían razonamientos extraños, anormales al verla. Vio colegialas, hombres de traje, mujeres en las ventanas de un gimnasio, como haciéndose ver, como haciéndolo tan consciente que el mundo sepa que ellas no se van a rendir, vio etiquetas, todo tan etiquetado y ella también formando parte de este circo, la etiqueta de la chica sufrida por un desamor, por otro hijo de puta que se le cruzó en su vida. Siguió, vio el parque Rivadavia, la estatua de Bolívar, los bancos verdes, siguió, siguió dando vueltas hasta que se sentó en un banco. Se desplomó en lo verdad, agitó la bolsa gris, quiso abrirla pero fue un impulso, la cerró con fuerza y la dejó en el suelo, debajo del banco. Y se fue, prometiéndose no volver durante un buen tiempo, creyendo que así, al libre albedrío de cualquiera, ésos objetos contengan otros sentimientos, sensibilidades, que tengan un significado distinto. 

miércoles, 13 de junio de 2012

Poema XXIX por Fernando Pessoa



No soy igual en lo que digo y escribo.

Cambio, pero no cambio mucho.

El color de las flores no es el mismo bajo el sol

que cuando una nube pasa

o cuando entra la noche

y las flores son color de sombra.

Pero quien mira ve bien que son las mismas flores.

Por eso cuando parezco no estar de acuerdo conmigo

fijaros bien en mí:

si estaba vuelto para la derecha

me volví ahora para la izquierda,

pero soy siempre yo, asentado sobre los mismos pies.

El mismo siempre, gracias al cielo y a la tierra

y a mis ojos y oídos atentos

y a mi clara sencillez de alma.



sábado, 9 de junio de 2012

2 horas después


Porque no te vas a la puta que te parió. Eso quedó de anoche, la cadencia de cada palabra, saboreada por tus labios, reforzando en forma escalonada cada concepto. De menor a mayor hasta llegar a parió, cuando los labios se te arquean, así, invisibles. Ya te escuché putear así alguna vez, las facciones se te encierran, los ojos abren de golpe, movés y movés tu dedo índice sobre lapalma de la mano y zas, llega el insulto que socava los poros y enfila, cada letrita, al destino que vos querés. Y me mirás en azul. Dije socava, busco los sinónimos y encuentro mina, carcome, draga o desmejora. Mejor, socava, me suena a subte, a la línea E, la estación Belgrano y ese ventilador sucio, con esas paletas mugrientas que no dejan de hacer ruido, que nunca paran de funcionar una y otra vez, que me suenan a profundidad, a vos, sí vos. De anoche, eso.

Una noche mal parida, que todo sale para atrás, yo llegué tarde como siempre, vos el mismo rostro, imperturbable al verme llegar, el sí, perdoname, me colgué, siempre lo mismo, la falta de respeto, los dilemas éticos y morales del ser impuntual, lo valioso del tiempo y toda esa jerga asquerosa y estúpida que no nos interesa a los dos. Pero nunca aflojaremos en el campo de batalla, ésa es nuestra clave. Somos una batalla medieval, en pueblos perdidos, insignificantes, donde los soldados sin la delicadeza de otros colegas más famosos, se juegan la vida con un fin difuso, extraño, medio taimado, pero con una necesidad de desenvainar la espada, de cagarte a sablazos por hijo de puta. Ése odio enajenado, que algo guarda de amor, eso, tan nuestro, que nos identifica. Vos sabés que llegaré tarde a todos lados, es mi represalia por las veces que de pendejo, me pasé horas y horas cada enero o febrero en Retiro antes de subirme a esos micros semicama para irme a la Costa. Mis viejos siempre tenían esa puta manía, llegar faltando dos horas, hora y media, una enormidad de tiempo, la desesperación de esas agujas inmóviles, quietas a la mirada y la mina que hablaba, 16 horas, Cóndor La Estrella con destino a Clorinda, 16.15, Plusmar con destino a Necochea, y nunca decía Miramar, nunca, te juro. ¿Sabés lo desesperante que es?

Torcida la noche. Cigarrillo va, viene, la cerveza fría, pero no tan fría, los planetas no alineados, no hay tema, no hay nada. Las ganas de salir corriendo, encontrar un taxi que llegue a la vista, estirar el brazo cual diva hollywoodense, y salir, salir, aunque sean 100 metros, ver otra geografía, no verte con esa cara, tan publicidad de tránsito lento. De preguntarse: ¿por qué? Quizás si nos veíamos dos horas después terminábamos en cualquier telo, pero no, nos vimos envueltos en esta olla a presión, en este bar de cuarta, con cincuentones apretando, arrugándose la cara, como que se prometen algo, indescifrable, pero una promesa, algo para cumplir; los mozos erguidos, mirando de manera sutil si cuando se levantan de una mesa queda algo de propina; los pósters en la pared, con aire por dentro, en esa cinta scotch desvencijada; vos y yo. Vos tan vos, yo tan vos. Ojalá que esta noche pueda recuperarse, abstraerla, extraer las imágenes y hacerlas levitar con destino desconocido. No como represión, atragantándose los momentos, al contrario, que desaparezcan, que nunca hayamos sentido las patitas en el suelo esa noche. Que ese encuentro sucedió, dos horas después, y no acordarnos de nada.

martes, 20 de marzo de 2012

Respuesta a La Nación

La nota publicada por la periodista Cynthia Palacios en la edición de La Nación del 11 de marzo refiere a que los habitantes del barrio de Boedo se oponen a la vuelta de San Lorenzo a las tierras que por hoy pertenecen a la cadena francesa de supermercados Carrefour. Bajo algunos testimonios, parciales, con una enorme cantidad de prejuicios vertidos donde se supone una idea que el retorno de San Lorenzo traerá calamidades varias y empeorará la situación actual del barrio, que claramente dista de ser ideal, con elevados índices de inseguridad, sin la iluminación suficiente durante la noche y nula presencia policial.

La Nación da lugar a estereotipos absurdos, tratando de instalar temor al barrio, generando conceptos erráticos que deben explicarse a través de una serie de intereses ocultos pero que están. Fijémonos en algunos conceptos extraídos de este diario: “Botellas tiradas, todo orinado, no sabés cómo quedan las calles cada vez que se reúnen acá. Yo no quiero encerrarme en mi casa -se quejó Laura Jáuregui-. Los que quieren que vuelva la cancha no viven en el barrio”. Esta idea, prefijada, de que el retorno de San Lorenzo a Boedo traerá caos, insalubridad, temor, básicamente es infundada, gratuita, careciente de todo sentido, con un club instalado en su máximo potencial, con afluencia de mayor cantidad de socios, variedad de actividades sociales, deportivas y culturales, un movimiento constante que generará ingresos y público a los comercios de la zona, los cuales a partir del ingreso de Carrefour han ido cerrando paulatinamente. Hoy la zona comercial de Avenida La Plata es prácticamente nula, sólo algunos cafés y concesionarias siguen aguantando, y cada vez menos, al paso del tiempo.

Sigamos leyendo casos que adjunta La Nación: "Siempre vivimos acá, pero ahora la hinchada es muy diferente. Se acabó la cancha para toda la familia. Mi papá era socio vitalicio y mis hijos son fanáticos de San Lorenzo. Pero con todo el dolor del alma te digo que prefiero el supermercado", susurró Emilia Di Leo, con su credencial de socia en la mano. La utilización de la palabra susurró, como si se estuviese en una persecución para el que piense distinto, cuestión que desde el primero hasta el último hincha de San Lorenzo no pretende una evangelización absurda con respecto a la vuelta sino que al contrario, que exista un debate legislativo, democrático, plural, para que pueda darse una resolución concreta sobre este asunto.

"La gente que vive acá no quiere saber nada. Muchos ya están vendiendo por temor a que después se desvaloricen las casas. Amar a un club es como quien ama a una bandera... Hay que entender a los hinchas. Pero también hay que entender que donde terminan los derechos de uno empiezan los del otro", reflexionó Lidia. "Es peligroso tener una cancha en el medio de un barrio. Hacen pis, vomitan, salís al balcón y tenés que ver lo que nadie quiere ver", protestó Daiana, que vive a metros del supermercado. "Muchos vecinos quieren vender o ya pusieron sus casas en venta y se están organizando para juntar firmas", apuntó Norberto. Se cae en el mismo error, en un supuesto temor, que flota en el aire sin información verídica pero que genera murmullo y desconfianza en el proyecto planteado por la diputada Laura García Tuñón (Proyecto Sur). Esa cosa del condicional, tan mediática últimamente, aporta dudas y daña el relato, ya de por sí falaz, que expresa La Nación en esta nota.

"La juventud de antes no es la de ahora. Los vecinos ya casi no tenemos garantías. No existe la policía y la gendarmería pasa cada tres días”. Situaciones que se dan en el ahora, con Carrefour presente, y sin embargo, la posible llegada de San Lorenzo perjudicaría aún más a un territorio que actualmente es desolador. Incongruente el relato, ¿no?

En época donde los medios de comunicación están en el tapete, donde se los estudia, y por sobre todo, se deja de lado esa visión infantil y estúpida de que la prensa refleja la realidad como si fuese un espejo. No, eso es mentira, observa la coyuntura pero con un espejo deformante, mediante intereses económicos varios. La Nación no está exenta de esta lógica comercial del periodismo. Eso sí, lamentamos profundamente la actuación de la periodista Palacios, a quien no acusamos de mala fe ni mucho menos sino de no estar empapada en plenitud de esta causa sanlorencista, que acumuló más de 3.000 firmas de vecinos del barrio de Boedo para que San Lorenzo retorne a sus raíces.

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