jueves, 2 de agosto de 2012

Finitud


Pasó el tren y gritó con toda su fuerza, sintió que la garganta se le quedaba seca, áspera sin fuerzas de nada. Vio pasar los vagones y creyó que todo lo que emanaba se lo iba a llevar el San Martín, que toda esa mierda acumulada, como borrarse no podía, al menos iría a parar a otro lado, a Pilar, Palomar, San Miguel, William Morris (¿vivía alguien ahí?), algún lugar donde depositarse, creyó finalmente que esa bronca, angustia, lágrimas irían a parar a otro lugar demasiado lejos o que le caería a otro u otra, eso no le importaba. Un momento que bregó por egoísmo, que se joda quien se tenga que joder pero que no desemboque de  su lado, basta, basta de crecidas en donde pongo los pies rogó llevándose las manos a la cara. Lo de gritar mientras pasaba el tren lo imitó de algo que vio en una película o una serie de acá, o una serie de acá que se lo robaron a otra película, la inventiva tiene difícil portador a veces. Y más en la Argentina. Al borde de la vía, luego del entierro, entendió que ya no iba a escuchar la voz de ese ser querido, que rápidamente se le había borrado del vocabulario sonoro, lo sufrió así, la partida, la ausencia, el no ser, pero con todos estos aditivos horribles, fríos pero tan veraces, tanto que de sólo pensar en eso se angustió.  Pensó que la vida no se dividía por años, que ese suceso, la oscuridad de esa casa velatoria, familiares que hacía veinte años no veía, mamá llorando, Pablo a su lado, como siempre,  abrazándolo, significaba un momento de ésos que te cambian, que hay un cambio interno generado por el exterior, de qué más necesitaba para cambiar las fichas de lugar, que el lugar en la ruleta nunca le llegaba. Era necesario cambiar la apuesta, modificar la jugada, arriesgarse más. Lo vio en esa pared, en ese baño mugroso de la calle Urquiza, saliendo del Mariano Acosta luego de clase, escrito en marcador rojo, mezclado entre putos que pedían pijas y dejaban su celular, insignias deportivas o puteadas a Cristina, que yegua, que puta, algún mensaje trosco y la frase, así escrita, oculta entre tantas vaguedades, “el que no arriesga, no gana”. Se quedó con esa imagen, si no arriesgaba ¿cuándo lo iba a hacer? ¿cuándo sería el momento? ¿San Martín supo cuándo tenía que cruzar Los Andes? No, el tipo calculó algo pero tuvo en su mayoría instinto, vio que era el momento y fue. ¿Diego supo que iba a hacer ese gol a los ingleses, pasarlos como postes? No, puta intuición, nada más. Nadie le dijo el momento en que tenía que salir a escena y descoserla. Estaba dentro suyo, estaba dentro de ese grito que pegó contra las vías, en los insultos proferidos, allí coexistía el odio pero también un mensaje oculto, una señal que te dice que es ahora, que así como estaba no podía esperar más. Llegar a esa  sensación de desesperar. La peor, tal vez el hambre le gane pero por muy poco. Supo enseguida que la finitud de la vida deja a algunos muy pero muy vacíos. 

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