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sábado, 9 de junio de 2012

2 horas después


Porque no te vas a la puta que te parió. Eso quedó de anoche, la cadencia de cada palabra, saboreada por tus labios, reforzando en forma escalonada cada concepto. De menor a mayor hasta llegar a parió, cuando los labios se te arquean, así, invisibles. Ya te escuché putear así alguna vez, las facciones se te encierran, los ojos abren de golpe, movés y movés tu dedo índice sobre lapalma de la mano y zas, llega el insulto que socava los poros y enfila, cada letrita, al destino que vos querés. Y me mirás en azul. Dije socava, busco los sinónimos y encuentro mina, carcome, draga o desmejora. Mejor, socava, me suena a subte, a la línea E, la estación Belgrano y ese ventilador sucio, con esas paletas mugrientas que no dejan de hacer ruido, que nunca paran de funcionar una y otra vez, que me suenan a profundidad, a vos, sí vos. De anoche, eso.

Una noche mal parida, que todo sale para atrás, yo llegué tarde como siempre, vos el mismo rostro, imperturbable al verme llegar, el sí, perdoname, me colgué, siempre lo mismo, la falta de respeto, los dilemas éticos y morales del ser impuntual, lo valioso del tiempo y toda esa jerga asquerosa y estúpida que no nos interesa a los dos. Pero nunca aflojaremos en el campo de batalla, ésa es nuestra clave. Somos una batalla medieval, en pueblos perdidos, insignificantes, donde los soldados sin la delicadeza de otros colegas más famosos, se juegan la vida con un fin difuso, extraño, medio taimado, pero con una necesidad de desenvainar la espada, de cagarte a sablazos por hijo de puta. Ése odio enajenado, que algo guarda de amor, eso, tan nuestro, que nos identifica. Vos sabés que llegaré tarde a todos lados, es mi represalia por las veces que de pendejo, me pasé horas y horas cada enero o febrero en Retiro antes de subirme a esos micros semicama para irme a la Costa. Mis viejos siempre tenían esa puta manía, llegar faltando dos horas, hora y media, una enormidad de tiempo, la desesperación de esas agujas inmóviles, quietas a la mirada y la mina que hablaba, 16 horas, Cóndor La Estrella con destino a Clorinda, 16.15, Plusmar con destino a Necochea, y nunca decía Miramar, nunca, te juro. ¿Sabés lo desesperante que es?

Torcida la noche. Cigarrillo va, viene, la cerveza fría, pero no tan fría, los planetas no alineados, no hay tema, no hay nada. Las ganas de salir corriendo, encontrar un taxi que llegue a la vista, estirar el brazo cual diva hollywoodense, y salir, salir, aunque sean 100 metros, ver otra geografía, no verte con esa cara, tan publicidad de tránsito lento. De preguntarse: ¿por qué? Quizás si nos veíamos dos horas después terminábamos en cualquier telo, pero no, nos vimos envueltos en esta olla a presión, en este bar de cuarta, con cincuentones apretando, arrugándose la cara, como que se prometen algo, indescifrable, pero una promesa, algo para cumplir; los mozos erguidos, mirando de manera sutil si cuando se levantan de una mesa queda algo de propina; los pósters en la pared, con aire por dentro, en esa cinta scotch desvencijada; vos y yo. Vos tan vos, yo tan vos. Ojalá que esta noche pueda recuperarse, abstraerla, extraer las imágenes y hacerlas levitar con destino desconocido. No como represión, atragantándose los momentos, al contrario, que desaparezcan, que nunca hayamos sentido las patitas en el suelo esa noche. Que ese encuentro sucedió, dos horas después, y no acordarnos de nada.

domingo, 28 de agosto de 2011

Literatura en Doble 5 ("Ciencias morales" por Martín Kohan)

A Martín Kohan lo conocí por Perfil. Columnas suyas, cortas pero que daban la pauta de encontrarnos ante una prosa de nivel, cuidada, puntillosa, ésas que te dejan siempre con ganas de algo más. La palabra como herramienta descriptiva, como traslado inequívoco a otra realidad, a convertirse en otro, a ser partícipe de los hechos como observador dentro de cada escena. Literatura ciento por ciento. Feria del libro, ya hace varios meses y en uno de los estantes apareció "Ciencias morales", una de las obras con mayor relevancia de este autor argentino, premio Herralde de Literatura. Sin dudarlo, lo agarré. Pasaron semanas, uno va picando otros libros, otras historias, otras temáticas y ya daba vueltas por mi cabeza empezar con Kohan.

El resultado fue positivo por dónde se lo mire. "Ciencias morales" es una historia simple, datada en 1982, la de María Teresa, una joven preceptora de Colegio Nacional de Buenos Aires, quien vive solamente con su madre, en estado de depresión y recibiendo noticias de su hermano, pronto a ser enviado a las Islas Malvinas y en el cual Kohan describe de manera brillante y crítica al mango, a través de una historia común, sin estridencias, el contexto de época. Se ubica en retrospectiva y analiza a partir de lo que vive María Teresa en el colegio, en su rol, formas y procederes lo que le pasa al propio país, las heridas de una dictadura sangrienta a punto de culminar, la ebullición generado por Malvinas, una patriada insulsa pero sangrienta por la cual de centenares de compatriotas dejaron su vida.

La historia de María Teresa tiene como eje su relación con el señor Biassutto, el jefe de los preceptores, o sea su jefe, enaltecido por los directivos del colegio por haber sido partícipe fundamental en la confección de listas de estudiantes "peligrosos" en años anteriores. En este vínculo, corazón de la novela, se delimita ciertos aconteceres que repercuten en la protagonista, como por ejemplo, a partir de haber percibido olor a cigarrillo en un alumno, comienza a introducirse en forma sistemática en el baño de los varones para detectar al infractor y así subir escalones en la consideración de Biassutto. Aquí se ve lo mejor del autor, la exquisitez de cada sensación, la palabra justa para narrar lo que respira esta joven, inocente, sin experiencia en el sexo y que, con el correr de las páginas, avanza superando sus propias barreras, derribando, en su mayoría dentro del ámbito estudiantil los preconceptos que carga. La historia entre ellos se desarrollará con características particulares. Pero dejamos la incógnita sin despejar. Tendrán que leerlo.

Kohan utiliza un número determinado de páginas para describir un momento que se prolonga por escasos segundos. Si sos de aquellos/as que necesitás palo y palo en cada momento para mantener la atención, tal vez "Ciencias morales" no resulte lo recomendable. Te atrae pero no a través de la acumulación de hechos sino de la composición de los personajes, cómo desmenuza el mundillo del colegio, la rigurosidad del mismo, los integrantes secundarios, las situaciones dadas. Brinda la pauta de ser una historia pensada miles de veces antes de ser escrita. Que, como siempre decimos, la buena literatura se obtiene luego de semanas y meses con el culo en el asiento, puliendo, purificando cada término, ubicarlos como si fuese un rompecabezas que debe lucir perfecto. Las librerías están repletas de textos carentes de profundidad, donde como en muchas esferas, el mercado regula y promueve ciertos autores que escriben pensando más en ellos que en el protagonista principal, el lector. Un divismo latente. Kohan, en cambio, apunta su artillería lingüística por y para el tipo que está leyendo su libro. Convido este aperitivo para si quieren lo tengan como referencia si andan con ganas de leer una novel argenta. Lo vale, créanme.

jueves, 21 de julio de 2011

El caso de los viejitos voladores (Adolfo Bioy Casares)

Un diputado, que en estos años viajó con frecuencia al extranjero, pidió a la cámara que nombrara una comisión investigadora.
El legislador había advertido, primero sin alegría, por último con alarma, que en aviones de diversas líneas cruzaba el espacio en todas direcciones, de modo casi continuo, un puñado de hombres muy viejos, poco menos que moribundos. A uno de ellos, que vio en un vuelo de mayo, de nuevo lo encontró en uno de junio. Según el diputado, lo reconoció "porque el destino lo quiso". En efecto, al anciano se lo veía tan desmejorado que parecía otro, más pálido, más débil, más decrépito. Esta circunstancia llevó al diputado a entrever una hipótesis que daba respuesta a sus preguntas.
Detrás de tan misterioso tráfico aéreo, ¿no habría una organización para el robo y la venta de órganos de viejos? Parece increíble, pero también es increíble que exista para el robo y la venta de órganos de jóvenes. ¿Los órganos de los jóvenes resultan más actrativos, más convenientes? De acuerdo: pero las dificultades para conseguirlos han de ser mayores. En el caso de los viejos podrá contarse, en alguna medida, con la complicidad de la familia.
En efecto, hoy todo viejo plantea dos alternativas: la molestia o el geriátrico. Una invitación al viaje procura, por regla general, la aceptación inmediata, sin averiguaciones previas. A caballo regalado no se le mira la boca.
La comisión bicameral, para peor, resultó demasiado numerosa para actuar con la agilidad y eficacia sugeridas. El diputado, que no daba el brazo a torcer, consiguió que la comisión delegara su cometido a un investigador profesional. Fue así como El caso de los viejos voladores llegó a esta oficina.
Lo primero que hice fue preguntar al diputado en aviones de qué líneas viajó en mayo y en junio.
"En Aerolíneas y en Líneas Aéreas Portuguesas" me contestó. Me presenté en ambas compañías, requerí las listas de pasajeros y no tardé en identificar al viejo en cuestión. Tenía que ser una de las dos personas que figuraban en ambas listas; la otra era el diputado.
Proseguí las investigaciones, con resultados poco estimulantes al principio (la contestación variaba entre "Ni idea" y "El hombre me suena"), pero finalmente un adolescente me dijo "Es una de las glorias de nuestra literatura". No sé cómo uno se mete de investigador: es tan raro todo. Bastó que yo recibiera la respuesta del menor, para que todos los interrogados, como si se hubieran parado en San Benito, me contestaran: "¿Todavía no lo sabe? Es una de las glorias de nuestra literatura".
Fui a la Sociedad de Escritores donde un socio joven, confirmó en lo esencial la información. En realidad me preguntó: –¿Usted es arqueólogo?
–No, ¿Por qué?
–¿No me diga que es escritor?
–Tampoco.
–Entonces no lo entiendo. Para el común de los mortales, el señor del que me habla tiene un interés puramente arqueológico. Para los escritores, él y algunos otros como él, son algo muy real y, sobre todo, muy molesto.
–Me parece que usted no le tiene simpatía.
–¿Cómo tener simpatía por un obstáculo? El señor en cuestión no es más que un obstáculo. Un obstáculo insalvable para todo escritor joven. Si llevamos un cuento, un poema, un ensayo a cualquier periódico, nos postergan indefinidamente, porque todos los espacios están ocupados por colaboraciones de ese individuo o de individuos como él. A ningún joven le dan premios o le hacen reportajes, porque todos los premios y todos los reportajes son para el señor o similares.
Resolví visitar al viejo. No fue fácil.En su casa, invariablemente, me decían que no estaba. Un día me preguntaron para qué deseaba hablar con él. "Quisiera preguntarle algo", contesté. "Acabáramos", dijeron y me comunicaron con el viejo. Este repitió la pregunta de si yo era periodista. Le dije que no. "¿Está seguro? preguntó.
"Segurísimo" dije. Me citó ese mismo día en su casa.
–Quisiera preguntarle, si usted me lo permite, ¿por qué viaja tanto?
–¿Usted es médico? –me preguntó–. Sí, viajo demasiado y sé que me hace mal, doctor.
–¿ Por qué viaja? ¿Por qué le han prometido operaciones que le devolverán la salud?
–¿De qué operaciones me está hablando?
–Operaciones quirúrgicas.
–¿Cómo se le ocurre? Viajaría para salvarme de que me las hicieran.
–Entonces, ¿por qué viaja?
–Porque me dan premios.
–Ya un escritor joven me dijo que usted acapara todos los premios.
–Si. Una prueba de la falta de originalidad de la gente. Uno le da un premio y todos sienten que ellos también tienen que darle un premio.
–¿No piensa que es una injusticia con los jóvenes?
–Si los premios se los dieran a los que escriben bien, sería una injusticia premiar a los jóvenes, porque no saben escribir. Pero no me premian porque escriba bien, sino porque otros me premiaron.
–La situación debe de ser muy dolorosa para los jóvenes.
–Dolorosa ¿Por qué? Cuando nos premian, pasamos unos días sonseando vanidosamente. Nos cansamos. Por un tiempo considerable no escribimos. Si los jóvenes tuvieran un poco de sentido de la oportunidad, llevarían en nuestra ausencia sus colaboraciones a los periódicos y por malas que sean tendrían siquiera una remota posibilidad de que se las aceptaran.
Eso no es todo. Con estos premios el trabajo se nos atrasa y no llevamos en fecha el libro al editor. Otro claro que el joven despabilado puede aprovechar para colocar su mamotreto. Y todavía guardo en la manga otro regalo para los jóvenes, pero mejor no hablar, para que la impaciencia no los carcoma.
–A mí puede decirme cualquier cosa.
–Bueno, se lo digo: ya me dieron cinco o seis premios. Si continúan con este ritmo ¿usted cree que voy a sobrevivir? Desde ya le participo que no. ¿Usted sabe cómo le sacan la frisa al premiado? Creo que no me quedan fuerzas para aguantar otro premio.

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viernes, 17 de junio de 2011

Literatura en D5 ("Pepe Mujica. De tupamaro a Presidente")

Hay historias que pasan sin dejar huellas, otras que se desvanecen con el tiempo, algunas que se mantienen con fuerza un tiempo para desaparecer enseguida y pocas, muy pocos, que quedarán eternizadas en la memoria de todos. En esta última estará, sin dudas, la de Pepe Mujica. Desmenuzar sus vivencias, opiniones, visiones, contradicciones, perspectivas históricas, preguntas interiores, de eso se trata las entrevistas realizadas por la periodista y abogada María Esther Gilio al actual presidente del Uruguay en Rincón del Cerro. Las mismas se desarrollaron en 2005, días después de que el Frente Amplio venciera por primera vez en las elecciones presidenciales con Tabaré Vázquez a la cabeza.
Luego, en su edición actualizada, repasa otra charla ya en 2009 en las vísperas de los comicios en que finalmente se consagraría como nuevo mandatario uruguayo. Pepe, apodo impregnado en el imaginario colectivo, desde niño fue sostén familiar tras la muerte de su padre y empezaría a militar como “anarco” a los 14 años para ser luego uno de los principales dirigentes tupamaros, movimiento armado guerrillero en la década del `70, cuya participación le valió permanecer en la cárcel, en condiciones infrahumanas, durante 13 años.

En sus términos no existe la palabra rencor por aquella aciaga experiencia, su posición frente a la vida es mirar siempre adelante y no recaer en ese dolor irrecuperable por el tiempo perdido. Luego de la salida carcelaria, fue uno de los impulsores del Frente Amplio, que tras gestiones exitosas en la intendencia de Montevideo se trasladó a la conducción del país. Pasar de las armas al voto democrático, concebir a este sistema de gobierno como el mecanismo, con errores y todo, de trasladar su ideología en políticas eficientes que eleven el nivel de vida del total de la población.

Lo enriquecedor de esta serie de entrevistas que conforman “Pepe Mujica, de tupamaro a Presidente” es la capacidad con la que cuenta Gilio para “aflojar” al entrevistado, seguir una línea de preguntas que tienden a redescubrir al personaje, que ya de por sí, por caudal histórico y representativo para la sociedad uruguaya, es motivo de seguimiento. Y Mujica se suelta, habla, pregunta a sí mismo, vierte definiciones políticas de excelencia, en soltar elementos en pos de comprender lo que sucede alrededor. No lo hace en forma de consejo, ni como el tipo que volvió de todo y cree que “su” verdad es “la” verdad. No se cree lo del mito que se construyó alrededor de su figura. Lo realiza desde la humildad, en ser, tal cual se define “como alguien que dice lo que piensa y vive como dice”. En la autenticidad está sin dudas la receta del éxito que le permite ser respetado por todos, propios y extraños.

Habla y mucho de Argentina. De su admiración por Rosas, a pesar de su federalismo marcado a Buenos Aires, Yrigoyen y su caudal intelectual y el mérito en Néstor Kirchner de generar una nueva ola transformadora con gobiernos progresistas en América del Sur, estando prácticamente solo cuando inició dicha tarea, hasta las críticas abiertas a Montoneros, el ERP, en fin, una vinculación constante de lo que acaece en Uruguay y sus correlatos en el país hermano. Ah, y lo que le gusta venir a Buenos Aires ya que no lo reconocen y puede venir tranquilo. Sí, en 2005 lo decía, hoy quizás sea distinto.
Lo recomendamos, sin dudas. Si te gusta la política, encontrarás en Mujica un abanico de definiciones simples, con las cuales no tenés por qué concordar ciento por ciento pero que absorben respeto. Un pensar complejo transmitido en una forma nítida, pura, sin grandilocuencias. Ése fue el pacto tácito entre Gilio y Pepe. De este resultado, salió un gran libro.

Algunas frases sueltas:

"En aquellas afirmación de que el poder absoluto corrompe hay mucho de verdad. Yo creo que la administraicón del poder siempre va acompañada de un sentimiento de fragilidad, de inseguridad, de un temor a perderlo que puede llevar a cometer errores a quien lo ejerce. Nadie podrá controlar mejor a quien ejerce el poder que el opositor".


"Los cambios son peligrosos cuando en su búsqueda se cae en el infantilismo. Y lo conservador es peligrosos cuando se vuelve reaccionario. El que define la partida es el centro. El arte de la política es el arte de arrastrar al centro. Porque es allí donde está el grueso de la cosa".


"En política hay que reproducirse como se reproducen los yuyos. La ley de la muerte es inexorable, la manera de enfrentarla es a partir del amor. El amor, en política, es cuidar que otros queden levantando las banderas. Pensando que, sea como sea, la muerte siempre nos gana la partida, organicemos bien lo que es inevitable".


"Creo que una sociedad que quiere cambiar hacia el horizonte que nos proponemos tiene que ser una sociedad rica y culta. Por eso necesitamos una sociedad rica. No se puede repartir la miseria, racionar la miseria".


"¿Qué es una revolución sino una sucesión de reformas? Una revolución que se queda en los primeros puntos se queda en algo conservador. La revolución implica el cambio permanente; si no deja de ser revolución".


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domingo, 5 de junio de 2011

Literatura en Doble Cinco ("Llamándonos" por Fogwill)

Y NUNCA MÁS VOLVIMOS A ENCONTRARNOS después de la famosa charla telefónica. Puse famosa porque durante mucho tiempo aquella charla fue famosa para nosotros, y porque aunque ahora ya no hablamos más de ella –porque no hablamos más– ahora siguen hablando de ella sus amigas y los novios de ella y de sus amigas. Todos hablan, la nombran; todos siguen imaginando aquella charla de mil maneras, con mil distintos desenlaces y por mucho tiempo más, pienso, seguirán charlando todos y comentándose la charla. Pero aquella charla es más famosa para mi corazón, porque desde entonces nunca más ella y yo volvimos a vernos. ¿En Buenos Aires? ¿Es posible que en Buenos Aires, dos, nunca más hayan vuelto a encontrarse? Sí: es posible. Ni nos vimos, ni yo la vi, ni creo que tampoco ella a mí me haya visto.
Pero desde hoy serán las dos famosas: la charla y ella. Voy a nombrarla, se llama Diana Rivera Posse y fue mi amante por un tiempo: tres meses. Es una mujer alta, de ojos notables y manos grandes y ahora va a ser famosa por esta historia de la charla telefónica que comienzo a contar.
Diana: fuimos amantes por un tiempo. Nada serio. Nos encontrábamos algunos viernes. Salíamos a comer. Recuerdo que comimos en el antiguo restaurante japonés, en Bistró, en el griego de Córdoba y Montevideo y en la cantina El Viejo Pop de Mar del Plata. Dormimos juntos algunos de esos viernes –nada importante– y tres noches seguidas de aquel fin de semana largo de abril que nos fuimos al mar. Por lo demás, nos vimos poco. Algunas mañanas llamaba a mi oficina: "estoy libre", decía, y yo a veces arreglaba una cita, fingía un almuerzo de negocios y corría a abrazarla en mi piecita por unas horas. Era otoño: algunos mediodías de calor salimos apurados y sin bañarnos y al caer la tarde, en la oficina, yo sentía subir del saco olor a ella, olor a mí y olor a ensayo de bailarinas y perfumes mezclados.
Algunas veces la llamé yo. Atendía el padre o la madre y nos citábamos en un café después de la comida. Esas noches nos besábamos en el auto pero no nos acostábamos: ella debía levantarse temprano para sus clases y yo andaba arrastrando mis ganas de olvidarme de todo y sentarme a escribir. Llamo a esto escribir. Y ella ahora será famosa: todos sabrán desde hoy que en la fiesta de Caride nos acostamos en uno de los dormitorios del segundo piso con Equis –esa actriz peronista– y que enseguida se agregó a nuestro grupo Marcelo Siano, que trabaja en Wrigley's y puede atestiguarlo, y que más tarde se vino con nosotros Gonzalo Roca trayendo una botella, y que más tarde los tres hombres nos sentamos a beber directamente de la botella de Chandon, mirándolas a Diana Rivera y a la estrella peronista que jugaban a morderse y hacerse marcas como gatas mientras el novio (el que había sido su novio hasta poco antes y que me dicen que ahora ha vuelto a ser su novio) bailaba en el living de la planta baja.
No sé por qué, siempre los novios verdaderos bailan cuando las mejores cosas están sucediendo en la realidad. Me lo imagino ahora al novio bailando en algún otro lugar, musical, elástico, y sabiendo que desde hoy tiene una novia famosa: Diana. Dudo que ella lo ame.
Ni a mí me amaba. Fuimos amantes, pero no nos amamos hasta la vez de aquella charla telefónica. Me había llamado ella. Era domingo; yo estaba trabajando, cansado, y necesitaba liquidar un informe para la edición de la tarde del lunes. Ella quería que le hablase. Conté qué estaba haciendo, qué había hecho la noche anterior y lo que pensaba serían mis planes para ese día y el siguiente.
Quisimos vernos. Casi acordamos una cita, pero después dije que no, que nos veríamos el martes, que fijaríamos la cita durante la mañana del martes.
Y yo hasta aquel domingo nunca la había amado, pero esa vez la amé:
–¿Y si nos vemos en Fred's el martes?– sugería ella.
–Sí –dije–. Puede ser. y si no, te llamo a la mañana...
Y así comenzó todo: ella dijo que mis palabras la tocaban.
–¿Cómo? –pregunté .
–Me tocan –dijo ella–. Siento que me tocás: Me tocan.
Quise saber, pregunté más.
–¿Dónde te tocan?
–Ahí –contestó–, me están tocando ahí...
–Tocame vos –pedí y ella dijo que era "precioso".
–No –le dije–. Eso no me toca.
–¡Sos hermoso y precioso! –repitió.
–Tampoco toca –dije.
–¡Sos asqueroso! –probó ella.
–¿Cómo asqueroso? –pregunté yo, sintiendo algo.
–¡Como un sapo asqueroso y hermoso! -contestó.
–Puta –le dije y averigué–: ¿Te toca si te digo puta?
–Sí –dijo como un suspiro–. ¡Sí! Y cuando te hablo yo... ¿Te toco?
–No, vos no. Me toco solo. Yo, me toco –anuncié–. ¿Te toca?
–¡Baboso! –ella me dijo y:
–Tortillera –le dije yo, sintiendo que respiraba fuerte, y más (pidió que le dijera más) y yo dije "baba", "rata", "gata", "tortillera" y también que la estaba tocando:
–Te toco entre las piernas con un teléfono asqueroso negro –amenacé.
–¿Sucio? ¿Enchastrado? –indicó ella.
–Sí –le juré y entonces me di cuenta que ella estaba jadeando de verdad.
No entendía por qué; quise saber:
–¿Te estás tocando, vos...?
–No; vos me tocás. ¡Cuando hablás me tocás! –susurró ella.
–¿Será porque me toco...? –Supuse y probé: –¿A ver?
–Ahora sí –decía ella–. ¡Ahora no... ! ¡Ahora... sí!
Y acertaba siempre y jadeaba. Jadeaba más cuando decía que sí, y creo recordar que también acertaba siempre: si yo tocaba, ella decía que sí y sentía. Pero ¿dónde?
–¿Dónde? –le volví a preguntar.
–Ahí, te dije, ¡ahí...!
–¿Cómo?
–Como si yo tuviera un...
–¿Y no tenés, acaso, un...?
–Sí, pero uno igual a vos. ¡Uno igual...! –exclamó y entonces jadeó más y le dije que pronto cortaríamos la comunicación y ella dijo que también cortaría al mismo tiempo, y estoy casi seguro de que también esa primera vez cortamos juntos, al mismo tiempo.
Desde entonces no volvimos a vernos; nunca la vi, y creo que ella a mí nunca me vio. El martes, cuando la llamé desde la oficina, dijo que no quería verme. "Nunca más", dijo. "Hablame". Entonces ese mediodía fui a mi piecita y desde ahí la llamé.
Y seguimos llamándonos muchas veces. Siempre juntos, al mismo tiempo, hablábamos. Adivinaba ella cada vez, decía "sí" al tocar, como suspirando y yo también sentía que sus palabras me tocaban y eso, –ahora puedo reconocerlo–, lo aprendí de ella, pero solamente me sucedió con ella.
Siempre hablábamos. Siempre llamaba ella, a veces yo. Me sucedía una cuestión de orgullo: esperar a que llamase. Siempre llamaba ella, y si yo pasaba lejos de la piecita varios días entonces calculaba que ella había estado tratando de llamarme, y la llamaba yo. "¿Llamaste?", preguntaba. "¡Sí!", decía ella, "...pero no contestabas".
¡Cuántas veces tomé el tubo del teléfono y dije: "hola" con el tono de voz que bien sabía que la tocaba y me sorprendía alguna voz distinta preguntando por mí, por "señor Fogwill", como si el que había pronunciado aquel "hola" no hubiera sido yo!
¿Cuánto duró? Tres meses, cuatro. Para entonces, nuestra charla había comenzado a volverse famosa. Las amigas... Algunas me llamaban, decían un nombre falso, y me pedían que hablase, pero no era lo mismo. Sólo con ella –vuelvo a nombrarla– sólo con Diana, las cosas solían producirse de aquel modo. Y después todo se derrumbó. Una sola vez que nos falló, dejamos de llamarnos. Cuestión de orgullo, o miedo de que ya no pudiera tocarla con mi voz. Como ella no llamaba, tampoco llamé yo. La última vez que hablamos. sintió mi voz y dijo no, que ahora tampoco, que ya no sería más posible, que nada más valía la pena, y que ya todo se había terminado.
¿Terminado?
Ahora que todos hablan, ahora que hasta han escrito una novela con nuestro tema, ahora que todos saben la historia de la famosa charla y ahora que ella también ha comenzado a ser famosa como la charla, dudo que algo haya terminado. Creo que algo comienza: pienso que escribo y que ahora todo lo escrito vuelve a tocarla a ella y entonces vuelve eso a tocarme a mí, como un reflejo, y siento que es mejor que hayamos dejado primero de vernos, y después de hablarnos, porque hay nuevas maneras de hacernos eso, contárnoslo, mostrando a todos la verdad de lo que es nuestro amor, esta nueva manera, el mejor modo de nuestro amor.
A las amigas, a los novios de ella y de las amigas, y a todos los que escuchen en cualquier parte sus famosas grabaciones de nuestras charlas, se les formó una idea equivocada de nuestro amor. Nuestro amor no eran esas voces y ruidos que escucharon grabado tantas veces. Nuestro amor fue todo lo que hicimos y que ahora circula entre nosotros, entre todos los que en un mismo instante estaremos leyendo una vez, otra vez más, (¡más! ¡más!), la historia de la famosa charla, y a un mismo tiempo, en diferentes sitios y sobre diferentes hojas de papel, una vez más, muchas veces (más, más) de esa historia famosa de amor sintamos juntos el final.



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viernes, 29 de abril de 2011

Literatura en Doble Cinco ("Opendoor" de Iosi Havilio)

La literatura asume la potestad de tocar distintas puertas, de transportar una historia que nos puede sumergir en nuevas sensaciones, no habituales, no rutinarias. Bajo ese fin podremos descubrir al autor como hacedor primordial de que lo narrado nos atraiga, que nos lleve por el lado que él desee, otorgarle la capacidad de sorprendernos, odiarlo, quererlo. Las buenas narraciones siempre desempolvan algo de dominación. En las letras hay piel o no la hay, es como el sexo. A varios no podés aguantarlos ni cinco páginas y a otros te los pasaría toda una vida leyéndolos. Este espacio valora, al igual que lo intentamos con “Te pido un taxi” de Mercedes Halfon y Fernanda Nicolini, “Los suicidas del fin del mundo” de Leila Guerriero, la nueva literatura argentina. En otro post también citamos un cuento de Romina Paula, una de las mejores plumas que existen en Argentina. Ah, cómo olvidarnos de Marina Kogan.
Hoy le llegó el turno a “Opendoor” de Iosi Havilio, obra que cuenta las vivencias de una joven estudiante de veterinaria que, luego de una desaparición extraña de su pareja, vinculado con un suicidio ocurrido en el barrio de La Boca, suceso que recién se ¿aclarará? sobre el final, termina afincada en Opendoor, ese espacio reconocido que alberga además al famoso establecimiento psiquiátrico. Su lugar, una casa a la cual llega tras el desvanecimiento físico de Aída, su novia, en la cual vive Jaime, cincuentón que conoció tras haber revisado al caballo de éste, con el mismo nombre que su dueño. Se quedó por un día, se quedó para siempre.

La prosa de Havilio, sencilla pero con una tonalidad constante a lo largo del relato, nos ubica perspicazmente en la cabeza de esta mujer, solitaria, que avanza sobre un abismo constante, sin respuestas, siendo ella en sus más variadas expresiones un envoltorio difícil de dilucidar. La trasposición de campo y ciudad, su pasado y presente, los actos en la morgue para reconocer distintos cuerpos que no son el de Aída, los ruidos, el silencio, la soledad, la aparición de Eloísa, una joven que trastocará más su trastocado andar y que se instalará en ella a partir de un deseo sexual perenne, son elementos que Havilio maneja con soltura y que estructura dentro del relato con una precisión digna de apreciar.

El contexto, la locura en el aire, locas por aquí, locos por allá, sintetiza la totalidad de una atmósfera particular. El autor tira líneas de conexión entre la protagonista y lo que ella misma respira. Describe fielmente lo que la rodea, sin estridencias. La sentimos propia. Ésa paz que se transforma en aburrimiento, Jaime, corto, corto, corto en palabras que se convierte en pareja sin que ellos se den cuenta, el sometimiento tierno de Eloísa, cuya relación indiscreta rompe cualquier estereotipo posible, un bebé inesperado y la locura presente. Aquí y allá. No contaremos más. Sólo diremos que “Opendoor” es, básicamente, una buena historia que merece ser leída.
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viernes, 22 de abril de 2011

Diatriba contra la Juventud por Leila Guerriero

Nada de que ‘juventud, divino tesoro’, ni que el paso de los años solo trae achaques. Palabras furiosas de una mujer que no añora para nada el tiempo que ya se fue.

Pocas veces un diccionario dijo tanto con tan poco. Ser joven, asegura el María Moliner, es ser una persona, animal o planta de poca edad que aún no ha alcanzado la madurez. Según el mismo diccionario la madurez es la cualidad de estar maduro y el adjetivo maduro se aplica a frutos en el estado o sazón debidos para ser recolectados o comidos, o a cualquier cosa en el estado o sazón oportunos para dar resultados o frutos convenientes. La conclusión es matemática: si ser joven es no ser maduro, ser joven es no estar en estado apto de recolección, ni listo para ser comido, ni preparado para dar frutos convenientes. De todos modos María Moliner debe estar equivocada porque millones de personas —algo así como toda la civilización occidental— adhieren sin discusión a la idea de que no ser joven es ser un mutilado y que la juventud es el mejor momento de la vida, el tiempo al que todos deberían querer volver.
Yo no, gracias.

***
Podría decirse que la juventud tiene como límite inferior la primera adolescencia, como límite superior la adultez y que, en varones y mujeres de clases medias, suele coincidir con el final de la escolarización básica, una situación hormonal precaria y una circunstancia en la que se combinan ingresos económicos iguales a cero, habitación compartida en casa de los progenitores y obligación más o menos perentoria de a) tener una identidad sexual definida, b) tener sexo y sobrevivir para contarlo, c) decidir futuro, carrera y profesión. ¿Qué puede tener de bueno un tiempo semejante? A juzgar por lo que dice el poeta —juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver—, todo.
Y sin embargo.
Un puré de hormonas; un revoltijo de primeros amores; un primate escindido entre el deber ser y la rebeldía; alguien que ha perdido, por octava vez, a la mujer o al hombre de su vida y que, por octava vez, no encuentra sosiego; un melancolizado que busca libros viejos que le digan qué hacer, consejos de amigos que le digan qué hacer, programas de televisión que le digan qué hacer; un animal confuso movido por el romanticismo, el sexo, las marcas de ropa y la convicción de que todo es como en las películas, incluida la banda sonora; un entusiasta que descubre, cada dos días, la novela perfecta, la poesía de Rimbaud, la comida agridulce, el sushi, los tampones, la velocidad, la borrachera y la resaca, y que corre, azorado, a contárselo al mundo creyendo ser su enérgico descubridor. Y es en ese estado de precariedad y licuefacción del entendimiento en el que hay que tomar decisiones importantes: elegir profesión, país, mujer, varón, futuro. Así las cosas, Occidente le debe, a Divina Juventud, vidas adultas plagadas de vocaciones falsas, elecciones confusas, frustraciones severas. Pero, sin embargo, la extraña, la idolatra: le busca la fuente para beber de ahí.

***
Aquí, allá, en todas partes hay encuentros de jóvenes, congresos de jóvenes, seminarios de jóvenes: asociaciones de jóvenes migrantes, conferencias de jóvenes del cono sur, uniones de jóvenes católicos. Nadie ve en eso —en el hecho de que cientos de miles se junten solo por ser jóvenes, como quien dice rubios, zurdos, crespos, altos— un reduccionismo, una simplificación. Como si ser joven implicara ser, inevitablemente, bueno. Como si fuera posible que una juventud tan monolítica, un tesoro, diera paso después a tanto adulto gris. Como si fuera posible que tanto rubí mutara, sin explicación, en tanto escupitajo.

***
(Y esto: hay varias maneras de ser joven cuando se es clase media —joven guevarista, joven greenpeace, joven intelectual, joven reaccionario, joven levemente tóxico— pero cuando se es pobre la elección es fácil: viene digerida. Cuando se es joven y pobre se es, derechamente, el diablo).

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Al buscar "jóvenes contra" en Google aparecen sitios de jóvenes contra la pobreza, contra la violencia, contra el racismo, contra el bloqueo yanqui, contra el VIH y hasta un Grupo de Jóvenes Contra Laura Chinchilla. Al buscar, en cambio, "adultos contra" aparece un modesto enlace sobre fútbol —‘Adultos contra niños: Arsenal 1, Manchester cero’— y otro de ‘Adultos contra los malos modales en el uso de teléfonos móviles’. Podría pensarse, entonces, que la juventud es un tiempo de causas nobles y la adultez su exacto opuesto. Claro que también podría pensarse lo contrario: que la juventud es un tiempo en el que hay que hacer bulla, demostrar, y la adultez ese otro en el que la gente se dedica a hacer solo aquello que le viene en gana.

***
"Aprovechá, sos joven", dice la voz popular, insinuando que la juventud es el último reducto de felicidad antes del desembarco en la tristísima adultez. Y esa insistencia en que un tiempo donde reinan la confusión y el desconcierto es, también, el mejor tiempo, debe decir alguna cosa. Sobre la sociedad que se empeña en la insistencia: debe decir alguna cosa.

***
¿Qué puede añorarse de un período durante el que el derecho a quedarse en casa un sábado a la noche es abducido por la obligación de salir a rebotar por discos y bares en los que el entretenimiento mayúsculo es observar el reflejo de la luz estroboscópica en las gafas espejadas de los otros? ¿Qué de un período en el que hay que saberse las canciones y cantar en torno a las fogatas con el culo enterrado en la arena fría, y pasar por todas esas agotadoras primeras veces como si de verdad fueran importantes: la primera depilación, el primer condón, el primer polvo? Y después de todo ese trabajo, todavía, hay que esperar que los adultos digan cuándo se puede: abortar, votar, conducir, cruzar una frontera.
La clase adulta progresista y bien pensante suele defender en bloque la decisión de pacientes adultos que, enfrentados a enfermedades terminales, deciden no tratarse. La clase adulta progresista y bien pensante suele, también, defender en bloque la decisión de mujeres adultas que, enfrentadas a un embarazo no deseado, deciden abortar. Pero hay que ver cómo se pone la misma clase adulta progresista y bien pensante cuando son los cuerpos de los jóvenes los mapas en los que se hace visible el rastro de esas dos formas extremas de la vida: la enfermedad y el sexo. Un joven tomando la decisión de morirse y un joven tomando la decisión de no dejar vivir son cosas, todavía, insoportables. "Ese hijo lo vas a tener, como que me llamo Marta". "La quimio te la hacés, quieras o no".
Lo hacemos por tu bien.
Cuando seas grande entenderás.
¿Cómo se puede añorar un período en el que se vive a merced de ese poder, de todas esas frases?

***
Gracias digamos por los años. Por no seguir peregrinando a fiestas en las que nunca pasa nada. Por haber aprendido que el amor es siempre un descalabro pero que no tiene que ser una tortura. Por saber que un triste no siempre encubre a un talentoso. Por no cargar vergüenzas, ni granos, ni complejos. Por comprender que no son las rígidas virtudes sino los mansos defectos los que desquician el amor de algunos hombres. Por tener el buen gusto de no creer que pueda haber algo que dure para siempre. Por estar libre de hormonas esquizoides, pelos raros y esperanzas engañosas. Por no tener que dar explicaciones. Por no querer pedirlas. Por intuir cuándo es la hora de los lobos. Por la pérdida total de la inocencia. Por haber leído ya a Pavese y a Carver y a Bukowsky. Por haber entendido que el olor adolescente es el mejor olor del mundo si solo es eso: un olor. Por no tener quién mande. Por ser dueña. Por ser adulta. Por ser libre


* Extraído de de la revista SoHo (Colombia).


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sábado, 2 de abril de 2011

Literatura en D5: "La catástrofe perfecta" de Ignacio Ramonet

La crisis surgida en Wall Street que inició su desfondo desde 2008 y sigue generando distintos focos conflictivos a lo largo del planeta, afectando a economías de distinto relieve sin distinción como España, Islandia, Grecia, Irlanda y Portugal, por mencionar algunos casos, pone a la luz el declive de aquellas nociones de desregulación que surgieron a partir de la asunción de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en EEUU y Reino Unido, respectivamente. Si nos referimos a desregular, hablamos de una actitud del Estado en cambiar las reglas de juego para beneficiar a los conglomerados financieros y bursátiles de carácter multinacional. Contexto que narra cabalmente Ignacio Ramonet, ex director de Le Monde diplomatique en “La catástrofe perfecta”.


Neoliberalismo. Una obra que indaga sobre este significado, hurgando elementos en su arqueología, exclamando el papel activo de los medios de comunicación como órgano ejecutor de esta doctrina que, en América Latina, espacio geográfico en que se llevaron sistemáticamente estas prácticas, partiendo de la consolidación del Plan Cóndor, dejó a la región signada por la desocupación, pobreza y desigualdad. El Estado es ineficiente, el Estado no sirve, el Estado sólo debe cumplir funciones normativas. ¿Se acuerdan? Martínez de Hoz, Cavallo, Menem, Dromi y la lista sigue. Laissez faire. El mercado como Dios excluyente. Una religión única y monoteísta. La especulación como plegaria.



Ramonet cita un caso paradigmático: Chile. Ese “milagro chileno”, frase perteneciente a Milton Friedman, gurú esencial en el fortalecimiento teórico del neoliberalismo tiene cifras claras. El desempleo durante el gobierno democrático de Salvador Allende había sido de apenas un 3%. En quince años de experiencias ultraliberales, con los Chicago Boys determinando qué hacer con la economía y Pinochet acatando como si fuesen órdenes divinas, se había llegado al 20%. Ah, el 45% de los chilenos se encontraba bajo la línea de pobreza.


Volvemos al presente. Cuando la burbuja inmobiliaria se pinchó, cuando el sistema bancario y bursátil cayó barranco abajo, todos salieron a buscar la beneficencia de ese Estado otrora estúpido, torpe, el cual debió sacar del placard las teorías de Keynes e intervenir para salvar a los bancos, entidades financieras. Miles de desempleados en la calle, familias a las cuales se le destrozó, por decisión de otros, lo que habían construido durante años.


Ramonet pregunta, responde, manifiesta, aclama verdades, exige sentido común. “La catástrofe perfecta” con un idioma claro, explicativo al personalizar cada término que se profirió hasta el hartazgo en la prensa y refresca la mirada de un fenómeno actual, presente, con el fin de otorgarnos pluralidad y sobre todo antecedentes históricos, un hilo que enlaza acontecimientos que vivimos, que fuimos, que somos parte.


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viernes, 18 de marzo de 2011

"Consejos sobre el arte de escribir cuentos" por Roberto Bolaño.

Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003).

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martes, 1 de marzo de 2011

Cuando las verdades no entienden de tiempos

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viernes, 18 de febrero de 2011

El pasamontañas por Marina Kogan*

Recién cuando la señora del almacén le preguntó a mamá por los tíos me di cuenta de que al tío Manuel no lo veo desde hace mucho, no sé cuánto tiempo pero seguro que meses, y es una lástima, Manuel es mi tío preferido porque es el más joven de los tres, sólo me lleva quince años y los otros tíos como veinticinco. Cuando él venía a casa jugábamos un montón; los demás, en cambio, vienen por mamá, pero él venía para verme a mí, yo lo sé, y siempre me traía regalos. La última vez me trajo un pasamontañas.

Ese día, cuando llegó con el pasamontañas mamá lo miró mal y le dijo que ese no era regalo para hacerle a una criatura. Él le dijo que sólo era un gorro, que no le diera importancia. A mí me gustó mucho más que cualquier otro regalo pero parece que a mamá no, porque no le gustaba vérmelo puesto ni quería jugar con él.

Después de lo del pasamontañas el tío no volvió a venir a casa. Ese día jugamos un rato y después no volvió más. Ahora que me acuerdo, para mí ese fue un día raro. Mientras yo miraba la tele y tomaba la merienda, el tío le dijo a mamá que quería hablarle y se fueron a su cuarto, porque seguro no querían que yo escuchara. Después el tío se fue y al rato volvió con un bolso y dos cajas llenas de cosas suyas para guardarlas en casa. Mientras metían todo eso en la piecita de servicio mamá le preguntó qué tenía que decir si alguien lo buscaba y el tío dijo que no tenía que decir nada, o negarlo todo. También le dijo que si la cosa se ponía difícil lo mejor era quemar todas sus cosas. Así lo dijo, con esas palabras que no entendí bien.

Ellos no sabían que yo los escuchaba porque dejé el volumen alto de la tele y me acerqué sin hacer ruido a la piecita de servicio. Para mí todo eso era raro y quería saber.

Jugar al pasamontañas está buenísimo, aunque da calor. Cuando me lo pongo y sólo se me ven los ojos, miro sin que me vean y me siento como un fantasma. Mamá dice que por eso no le gusta, y me lo hace sacar cuando almorzamos y cenamos porque dice que así no se puede, que es mala educación y que además es peligroso porque si me ven con eso en la calle pueden llevarme presa. Entonces papá mira a mamá con esa cara que pone cuando ella exagera y yo también creo que lo dice para asustarme. Además, en la calle no lo uso. Aprovecho cuando mamá se va a trabajar y juego a que tengo que matar a alguien malo que me persigue; entonces me escondo atrás de algo y cuando lo veo venir me pongo cuerpo a tierra para apuntar mejor y que no me pase nada. Cuando lo tengo ahí, disparo y lo mato pero después aparecen más y los mato a todos porque como nadie me ve nadie me reconoce y no pueden defenderse. Si se hace tarde y escucho la puerta del ascensor, dejo de jugar porque seguro es mamá que vuelve del trabajo y va a decir que esos no son juegos de nena.

¿Por qué será que el tío no viene? ¿Mamá sabrá? Para mí que sí, seguro que tiene ver con esas cosas que le guardó en la piecita de servicio. Eso ya pasó otra vez: el tío vino a casa, tomó unos mates y cuando se fue no volví a verlo por mucho tiempo.

Una tarde, antes de que llegara mamá, entré en la piecita de servicio y vi las cosas que el tío había dejado: papeles, volantes y libros. Yo no entendía por qué los libros no estaban en la biblioteca con los libros de mamá, que es donde tienen que estar. Pero bueno, eran cosas del tío y de mamá si él quería tenerlos ahí, metidos en cajas.

Esta noche voy a preguntarle a mamá si sabe dónde está el tío Manuel. Lo extraño. Cuando la señora del almacén preguntó, mamá no dijo nada y yo tampoco pude, porque mamá me golpeó suavecito en la pierna con su pie y eso, me explicó una vez y yo me acuerdo, quiere decir que tengo que quedarme callada.

*Marina Kogan (1982-2011).

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viernes, 21 de enero de 2011

Te pido un taxi (Mercedes Halfon - Fernanda Nicolini)

Ardua tarea conocer al universo femenino. Sí, lector masculino, ya sabés algo, al menos, de lo que hablaremos en las próximas líneas. Tan sabia como siempre, la literatura nos otorga otra dimensión para la comprensión de las mismas. Te pido un taxi es la primera novela escrita por las periodistas Mercedes Halfon y Fernanda Nicolini, ambas con trayectoria también en la blogósfera con Autobombo, un espacio que les recomiendo seguir. Una de esas joyitas que andan circulando por la Red.

La obra, que narra las peripecias de Julia y Bárbara, amigas pero con rasgos visiblemente disímiles (¿o no tanto?), ahonda las complejidades femeninas desde distintas vertientes, ya sea en el plano del trabajo, familiar y por supuesto en el amor. Con un lenguaje simple pero con variables detallistas que nos deleita para aquellos que amamos tanto las crónicas, donde se profundiza el grado de observación de la realidad, Te pido un taxi cumple, de sobra, los objetivos propuestos.

Julia, diseñadora de ropa y Bárbara, productora de televisión, trocan relatos en los distintos capítulos del libro, una manera inteligente de reflejar lo que ve cada una de la otra persona y su propio universo. Con el hilo conductor de la desdicha amorosa, las historias de estas dos chicas, cargadas con dosis concretas de ironismo sobre el devenir de la vida en pareja, los conflictos laborales, las presiones recibidas por el propio núcleo familiar, se purifican como un relato de amistad. En el fondo es éso. Lo sustancial de encontrar, en los tiempos más crudos, una persona que quizás ni nos entienda lo que vivimos en carne propia pero la cual tiene la capacidad de acompañarnos. No es poco.

Desde el plano personal al tener el libro en mis manos pasaron varias sensaciones: pensé que era una novela típica de verano, olvidable apenas se haya terminado su última frase; para peor pensé que era una novela típica de verano más feminista, donde uno en su papel de hombre quedaría totalmente descolocado y hasta herido en su orgullo porque se meten con el gremio propio. Falsas predicciones. Halfon y Nicolini proponen otra forma de contar una historia, sin recetas mágicas, pero laburando cada concepto vertido, poniéndose el overol, como debe ser si hablamos de buena literatura. Se nota mucho culo sentado frente al monitor para pulir cada una de las palabritas que forman parte de la vida de Julia y Bárbara, dos personajes queribles a pesar de sus enormes contradicciones, enroques emocionales que surgen con el correr de las hojas, del llanto a la risa, el desencanto y vuelta a empezar.

Quizás tienen, en cierta parte, rasgos de cada uno de nosotros, por más que los intentemos tapar. La enseñanza que habrá que tomar por parte de ellas, como un sabio consejo, es la idea de arriesgarse por lo que a uno le parece justo, hasta necesario, indistintamente de lo que observen los otros. De dejar que la vida nos sorprenda y vivir segundo a segundo sin pensar tanto en los mandatos culturales del resto y también nuestro, claro está.

Te pido un taxi, una frase paradigmática y decodificadora, que como dice en la contratapa "es la síntesis de que una situación, escena o momento ya no da para más. La fiesta, cualquiera que sea, se terminó. Una noche de borrachera con una amiga, una cita a ciegas planeada por el enemigo, una conversación con tu madre que te hace involucionar quince años. Vayamos más lejos: una relación en la que dos personas ya no se reconocen, o peor, se desconocen. Te pido un taxi es la frase que obliga la retirada".

Sí, lo recomendamos.

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domingo, 26 de diciembre de 2010

CALAMBRE. Por Laura Meradi.

Eran las dos de la mañana y acabábamos de salir del cine. Iván se había quedado dormido durante la película, hasta había roncado, y yo me había dado cuenta, mientras lo veía dormir con la boca abierta y la barba entrecana sobre la butaca, que ya no iba a querer dormir en su casa, ni esa noche ni ninguna otra. Hacía más de una semana que no nos veíamos y esa noche yo le había dado una oportunidad, y en la oportunidad se había quedado dormido. Cuando terminó la película me puse los zapatos rápido para no darle tiempo a que me besara mientras quedáramos solos en la sala: a Iván le molestaba nuestra diferencia de edad y jamás me besaba en público. Cuando me saqué los zapatos habían quedado al revés, y en los tres primeros intentos, desesperada, había metido la punta de los pies en la parte del talón. Caminamos unas cuadras. Lunes de otoño, madrugada: estábamos cada vez más cerca de su casa y no había ningún bar abierto. Doblamos en Salguero. Encontramos un bar que me hizo acordar al bar donde los hombres de “La familia Benvenuto” se pasaban todo el domingo antes y después de la hora de almorzar. Había solo dos viejos, uno más viejo que el otro. El menos viejo estaba detrás de la barra, el otro limpiaba las mesas, encorvado. Estábamos sólo nosotros dos, y nos sentamos en una mesa cerca de la puerta, frente a la barra. Iván se pidió un sándwich de milanesa. Yo me pedí sólo un agua porque sentía la boca muy seca: ya me había tomado casi un litro y me estaba haciendo pis, pero era como que el agua no me mojaba la garganta, como si mi garganta fuera impermeable. Fui al baño antes de que me trajeran el agua, y cuando volví Iván estaba concentrado en el sándwich. Agarré el diario de una mesa vecina y me senté frente a él. Me serví un vaso de agua y me lo tomé de un respiro.

-¿Estás con sed?- me preguntó.

-Te tomaste toda mi botella de agua- le dije yo.

La primera vez que habíamos ido juntos al cine, yo me alegraba de que él agarrara mis cosas como si fueran suyas. Pero esa noche, cada vez que me hacía mover la pierna para poder agarrar mi botella de agua del apoyabrazos de la butaca, me perdía algún diálogo de la película. Escuchaba el ruido que le hacía la garganta al tragar, y cuando quería volver a poner la botella en el apoyabrazos yo hacía presión con mi pierna para que le costara, para que no pudiera entrarla, para que se arrepintiera la próxima vez que quisiera tomar de mi botella. Iván empezó a decir algo, pero enseguida volvió a morder el sándwich, un pedazo grande que le ocupaba toda la boca, y no pudo seguir hablando.

-¿Vos no te das cuenta?- le dije-, ¿o lo hacés apropósito?

-¿Qué?- me dijo. Y volvió la mirada al sándwich.

-Que cada vez que vas a hablar te metes un pedazo de milanesa en la boca y entonces no hablás, ¿me lo hacés apropósito? Se rió y siguió comiendo.

-Todo te parece gracioso- le dije.

Se rió de nuevo. Miré a los hombres del bar, a ver si se estaban dando cuenta como yo de lo que ese hombre me estaba haciendo. Pero miraban la televisión, un canal español con unas imágenes azules que parecían del año 50.

-Me duele el brazo- me dijo, y cerró y abrió la mano izquierda varias veces. Tenía mayonesa entre los dedos, y a cada rato volvía a acomodar con las manos el tomate que se caía del sándwich.

-El otro día vi en una película que una rubia trataba de hablarle a un chico con el que estaba saliendo y era imposible- le dije-: él le hablaba de cualquier cosa, de la comida, de lo que fuera.

Los viejos agarraron entre los dos una barra de hierro y fueron hacia la puerta. Muy despacio, empezaron a bajar la cortina de metal.

-¿Te pago?- dijo Iván. Yo lo miré, porque Iván se había olvidado la plata así que iba a pagar yo.

-Está bien- dijo el menos viejo- comé tranquilo.

-Bueno- continué-, y en un momento la rubia entendió que nunca iba a poder hablar con él, que él no quería hablar de nada, entonces le siguió la corriente con la comida y no sé qué más y nunca más lo volvió a ver. Iván se rió, de nuevo. Se metió el último pedazo de sándwich en la boca y como ya se había terminado su coca se sirvió de mi botella de agua. Lo miré, esperé que se terminara el vaso de agua.

-No hablás- le dije-. Es perverso. Iván se limpió las manos con esas servilletas satinadas que nunca sacan la grasa y me miró:

-¿Querés venir a casa a tomar un té verde?- me dijo.

Un té verde había sido la excusa para terminar cogiendo en su casa la noche que lo conocí. Cuarenta y siete años contra veintitrés: ¿no podía decir algo más inteligente?, ¿engañarme de alguna manera más sutil?

-Iván, no me quiero acostar con vos. Se lo dije fuerte y claro, para que me entendiera. Los viejos del bar nos miraron. Iván se volvió a reír. Los viejos empezaron a abrigarse para irse pero dejaron la puerta de vidrio abierta y el frío llegaba directo a nosotros.

-¿Les pago?- volvió a decir Iván.

-Voy a terminar mi botella de agua- le dije.

Me volví a servir. Tomé un trago y él se levantó.

-Vamos- me dijo.

De a sorbos cortos, me terminé el vaso. Me paré, me puse el tapado, la mochila y me acerqué al de la barra, para pagarle.

-Nueve con treinta- me dijo el viejo.

-Cobrale diez- dijo Iván. Saqué un billete de veinte del bolsillo del jean. El viejo me devolvió sólo uno de diez, pero yo igual afirmé, porque era mi plata:

-Está bien, deme diez nada más. Caminamos por Santa Fé hasta Juan B. Justo. Yo buscaba la parada más cercana del 12. Tomate un taxi, me dijo. No, le dije: mi mamá se quedaba dormida todas las mañanas y me mandaba al colegio en taxi. Odio los taxis. Llegamos a la parada del 12. Justo enfrente estaba la puerta de su edificio.

-Estás linda- me dijo.

Tenía puesto un tapado rojo con capucha, una mochila roja que me ceñía el tapado a la cintura y las manos en los bolsillos.

-Cuando estaba caminando para encontrarme con vos me dijeron Caperucita Roja. Iván se rió. En la parada había otro hombre, así que sabía que dijera lo que dijera Iván no me iba a besar. Se puso la capucha de su campera:

-Pareces un esquimal- le dije. El sopló, y de la boca le salió un humo blanco.

-Estamos en Londres- me dijo. Me reí.

-¿No querés venir a dormir a casa?

-No me pongas nerviosa- le dije-. Te dije que no. Seguimos esperando, callados. Llegó un 152 y el hombre que estaba esperando se subió al colectivo.

-El otro día salí de bañarme, me acosté en mi cama y me puse a llorar por mi abuela- le dije-. Se murió hace un año y dos meses pero recién me puse a llorar el otro día. Iván no dijo nada, se quedó apoyado contra el cartel luminoso de la parada, mirándome. Era un tema que me daba vueltas desde el sábado, y que ese mismo sábado que lloraba me imaginaba contándoselo a Iván, pero no como al final me había salido.

-No sé- le dije-, me acabo de acordar de eso.

-De tu abuela- me dijo.

-Sí. Yo no me quería apoyar en el mismo cartel que él porque no me había depilado las cejas y tenía miedo que la luz me delatara. Así que me quedé donde estaba más oscuro, y le hablaba sin mirarlo a los ojos.

-No viene- le dije-. Me parece que me tomo un taxi. Iván me abrazó:

-Desde hace años que no puedo mirar una película entera a las doce de la noche- me dijo. Tenía el olor al sándwich de milanesa y los dientes oscuros de café como mi papá-. Me duermo. Yo me reí, lo aparté y paré un taxi.

-Chau- le dije. Por primera vez en público, quiso besarme en la boca. Pero yo puse la cara bien de costado para que no pudiera. Me besó en la comisura y subí al taxi. El taxi arrancó e Iván cruzó hasta su casa, tomándose con el brazo derecho el brazo izquierdo, abriendo y cerrando la mano varias veces.

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martes, 14 de diciembre de 2010

"El Otro Yo" por Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo.

En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado. Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el proposito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

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lunes, 29 de noviembre de 2010

Barcelona y la vergüenza de pedirle más

Ayer me refería a que el juego magistral de Roger Federer daba sentido a la vida. Dejenme agregar que contemplar al Barcelona de Guardiola constituye otro elemento para andar por la vida un poco más contento. La exhibición propinada hoy en el Camp Nou simboliza, más por el rival que se tenía enfrente, plagada de figuras y talentos descomunales, el devenir de un sentimiento arraigado al buen fútbol, a la utilización de nobles armas para reventar todas las consideraciones futbolísticas chatas y amarretas que pululan en varios puntos del planeta, históricas, producto de un reducción mental y que, a base de exitismo furioso y maléfico a la vez, hace que fin de semana tras fin de semana observemos cada espanto de partido que hasta nos hace hacer fanático de otro deporte.

En mi caso, si sigo viendo a San Lorenzo posiblemente a fin de año me embandere con las remera de los Yankees de Nueva York y empiece a escribir sobre beísbol. No falta mucho para este delirio, se los juro. Pero volviendo a la orquesta llamada Barcelona, un rompecabezas milimétrico, espontáneo, cuya propia espontaneidad es producto de una organización estructural que lleva más de veinte años, a partir de la llegada de Johan Cruyff.

Aquí se da el puntapié a un proceso fructífero desde toda vertiente crítica. Ante esta continuidad ideológica, más allá de los vericuetos dirigenciales, chicanas políticas, fallidos fichajes, etc, resulta indefectiblemente natural la combinación de esto que se llama Barcelona. Lo planificado decanta en espontaneidad. Todos saben a que están jugando. Josep Guardiola, un tipo que un capo de las letras como Juan Villoro lo catalogó de esta forma, siguió los consejos que daba en su tiempo su maestro Cruyff: "es importante tener entrenadores que contagien la alegría y el amor al arte, no los aspectos menos agradecidos y sacrificados del juego, sino su lado más luminoso y estimulante".

Sí, hay billetera, cómo que no, un delantero como Villa o un lateral como Dani Alves no se los consigue tan fácil. Hay que ponerlos uno arriba del otro. Pero podría jugar otro, tal vez un canterano, y la modificación de los factores no alteraría tanto el producto. La implantanción de una esencia permite eso. Pasarán los tiempos pero la impregnación de una manera de accionar este deporte permanecerá latente, presente. Ése es el legado que nos brinda este Barcelona. Fútbol, fútbol y si quedaba alguna duda, fútbol.

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jueves, 25 de noviembre de 2010

Ante la ley por Franz Kafka

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

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sábado, 30 de octubre de 2010

Feliz 50, Diego

sábado, 9 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa: su visión acerca de los ídolos en el fútbol

"El culto al as del balompié dura lo que su talento futbolístico, se desvanece con éste. Es efímero, pues las estrellas de futbol se queman pronto en el fuego verde de los estadios y los cultores de esta religión son implacables: en las tribunas nada está más cerca de la ovación que los silbidos".

miércoles, 6 de octubre de 2010

"La Noche de los Feos" por Mario Benedetti

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos - de la mano o del brazo - tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿que está pasando?", le pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba transpasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?" "Sí", dijo, todavía mirándome. "Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida." "Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo." "¿Algo como qué?" "Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado." "Prometo." "La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?" "No." "¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse. Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme ( y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso. Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos ( al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados , felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

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