domingo, 26 de diciembre de 2010

CALAMBRE. Por Laura Meradi.

Eran las dos de la mañana y acabábamos de salir del cine. Iván se había quedado dormido durante la película, hasta había roncado, y yo me había dado cuenta, mientras lo veía dormir con la boca abierta y la barba entrecana sobre la butaca, que ya no iba a querer dormir en su casa, ni esa noche ni ninguna otra. Hacía más de una semana que no nos veíamos y esa noche yo le había dado una oportunidad, y en la oportunidad se había quedado dormido. Cuando terminó la película me puse los zapatos rápido para no darle tiempo a que me besara mientras quedáramos solos en la sala: a Iván le molestaba nuestra diferencia de edad y jamás me besaba en público. Cuando me saqué los zapatos habían quedado al revés, y en los tres primeros intentos, desesperada, había metido la punta de los pies en la parte del talón. Caminamos unas cuadras. Lunes de otoño, madrugada: estábamos cada vez más cerca de su casa y no había ningún bar abierto. Doblamos en Salguero. Encontramos un bar que me hizo acordar al bar donde los hombres de “La familia Benvenuto” se pasaban todo el domingo antes y después de la hora de almorzar. Había solo dos viejos, uno más viejo que el otro. El menos viejo estaba detrás de la barra, el otro limpiaba las mesas, encorvado. Estábamos sólo nosotros dos, y nos sentamos en una mesa cerca de la puerta, frente a la barra. Iván se pidió un sándwich de milanesa. Yo me pedí sólo un agua porque sentía la boca muy seca: ya me había tomado casi un litro y me estaba haciendo pis, pero era como que el agua no me mojaba la garganta, como si mi garganta fuera impermeable. Fui al baño antes de que me trajeran el agua, y cuando volví Iván estaba concentrado en el sándwich. Agarré el diario de una mesa vecina y me senté frente a él. Me serví un vaso de agua y me lo tomé de un respiro.

-¿Estás con sed?- me preguntó.

-Te tomaste toda mi botella de agua- le dije yo.

La primera vez que habíamos ido juntos al cine, yo me alegraba de que él agarrara mis cosas como si fueran suyas. Pero esa noche, cada vez que me hacía mover la pierna para poder agarrar mi botella de agua del apoyabrazos de la butaca, me perdía algún diálogo de la película. Escuchaba el ruido que le hacía la garganta al tragar, y cuando quería volver a poner la botella en el apoyabrazos yo hacía presión con mi pierna para que le costara, para que no pudiera entrarla, para que se arrepintiera la próxima vez que quisiera tomar de mi botella. Iván empezó a decir algo, pero enseguida volvió a morder el sándwich, un pedazo grande que le ocupaba toda la boca, y no pudo seguir hablando.

-¿Vos no te das cuenta?- le dije-, ¿o lo hacés apropósito?

-¿Qué?- me dijo. Y volvió la mirada al sándwich.

-Que cada vez que vas a hablar te metes un pedazo de milanesa en la boca y entonces no hablás, ¿me lo hacés apropósito? Se rió y siguió comiendo.

-Todo te parece gracioso- le dije.

Se rió de nuevo. Miré a los hombres del bar, a ver si se estaban dando cuenta como yo de lo que ese hombre me estaba haciendo. Pero miraban la televisión, un canal español con unas imágenes azules que parecían del año 50.

-Me duele el brazo- me dijo, y cerró y abrió la mano izquierda varias veces. Tenía mayonesa entre los dedos, y a cada rato volvía a acomodar con las manos el tomate que se caía del sándwich.

-El otro día vi en una película que una rubia trataba de hablarle a un chico con el que estaba saliendo y era imposible- le dije-: él le hablaba de cualquier cosa, de la comida, de lo que fuera.

Los viejos agarraron entre los dos una barra de hierro y fueron hacia la puerta. Muy despacio, empezaron a bajar la cortina de metal.

-¿Te pago?- dijo Iván. Yo lo miré, porque Iván se había olvidado la plata así que iba a pagar yo.

-Está bien- dijo el menos viejo- comé tranquilo.

-Bueno- continué-, y en un momento la rubia entendió que nunca iba a poder hablar con él, que él no quería hablar de nada, entonces le siguió la corriente con la comida y no sé qué más y nunca más lo volvió a ver. Iván se rió, de nuevo. Se metió el último pedazo de sándwich en la boca y como ya se había terminado su coca se sirvió de mi botella de agua. Lo miré, esperé que se terminara el vaso de agua.

-No hablás- le dije-. Es perverso. Iván se limpió las manos con esas servilletas satinadas que nunca sacan la grasa y me miró:

-¿Querés venir a casa a tomar un té verde?- me dijo.

Un té verde había sido la excusa para terminar cogiendo en su casa la noche que lo conocí. Cuarenta y siete años contra veintitrés: ¿no podía decir algo más inteligente?, ¿engañarme de alguna manera más sutil?

-Iván, no me quiero acostar con vos. Se lo dije fuerte y claro, para que me entendiera. Los viejos del bar nos miraron. Iván se volvió a reír. Los viejos empezaron a abrigarse para irse pero dejaron la puerta de vidrio abierta y el frío llegaba directo a nosotros.

-¿Les pago?- volvió a decir Iván.

-Voy a terminar mi botella de agua- le dije.

Me volví a servir. Tomé un trago y él se levantó.

-Vamos- me dijo.

De a sorbos cortos, me terminé el vaso. Me paré, me puse el tapado, la mochila y me acerqué al de la barra, para pagarle.

-Nueve con treinta- me dijo el viejo.

-Cobrale diez- dijo Iván. Saqué un billete de veinte del bolsillo del jean. El viejo me devolvió sólo uno de diez, pero yo igual afirmé, porque era mi plata:

-Está bien, deme diez nada más. Caminamos por Santa Fé hasta Juan B. Justo. Yo buscaba la parada más cercana del 12. Tomate un taxi, me dijo. No, le dije: mi mamá se quedaba dormida todas las mañanas y me mandaba al colegio en taxi. Odio los taxis. Llegamos a la parada del 12. Justo enfrente estaba la puerta de su edificio.

-Estás linda- me dijo.

Tenía puesto un tapado rojo con capucha, una mochila roja que me ceñía el tapado a la cintura y las manos en los bolsillos.

-Cuando estaba caminando para encontrarme con vos me dijeron Caperucita Roja. Iván se rió. En la parada había otro hombre, así que sabía que dijera lo que dijera Iván no me iba a besar. Se puso la capucha de su campera:

-Pareces un esquimal- le dije. El sopló, y de la boca le salió un humo blanco.

-Estamos en Londres- me dijo. Me reí.

-¿No querés venir a dormir a casa?

-No me pongas nerviosa- le dije-. Te dije que no. Seguimos esperando, callados. Llegó un 152 y el hombre que estaba esperando se subió al colectivo.

-El otro día salí de bañarme, me acosté en mi cama y me puse a llorar por mi abuela- le dije-. Se murió hace un año y dos meses pero recién me puse a llorar el otro día. Iván no dijo nada, se quedó apoyado contra el cartel luminoso de la parada, mirándome. Era un tema que me daba vueltas desde el sábado, y que ese mismo sábado que lloraba me imaginaba contándoselo a Iván, pero no como al final me había salido.

-No sé- le dije-, me acabo de acordar de eso.

-De tu abuela- me dijo.

-Sí. Yo no me quería apoyar en el mismo cartel que él porque no me había depilado las cejas y tenía miedo que la luz me delatara. Así que me quedé donde estaba más oscuro, y le hablaba sin mirarlo a los ojos.

-No viene- le dije-. Me parece que me tomo un taxi. Iván me abrazó:

-Desde hace años que no puedo mirar una película entera a las doce de la noche- me dijo. Tenía el olor al sándwich de milanesa y los dientes oscuros de café como mi papá-. Me duermo. Yo me reí, lo aparté y paré un taxi.

-Chau- le dije. Por primera vez en público, quiso besarme en la boca. Pero yo puse la cara bien de costado para que no pudiera. Me besó en la comisura y subí al taxi. El taxi arrancó e Iván cruzó hasta su casa, tomándose con el brazo derecho el brazo izquierdo, abriendo y cerrando la mano varias veces.

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1 comentarios:

Jorge dijo...

Ese Iván es un pelotudo, buscate otro tipo.
Buena nota.

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