domingo, 14 de octubre de 2012

No lo hay

No hay un secreto para escribir. Aparecen las ideas, tratamos de articularlas, de darle color, forma y sobre todo imagen. Un relato que te traslade a un nuevo imaginario, de depositar lugares, personas todas en el cerebro, que estén en continua pugna, que nos sobresalga la mente con fantasías, con algo hasta que se podría tocar. Si sucede, aunque sea en una mínima parte, el escritor debe darse por satisfecho. En la histórica pugna, en cómo hacerles gustar a otros palabras que vienen dentro de uno, porque la ley es universal, todos somos diferentes. El desafío se inicia allí, en un trabajo de orfebrería, de palabrita por palabrita, porque la fuerza gramatical vaya que existe, y dos sinónimos a veces no son dos sinónimos, y uno, como sujeto, valora a determinados términos y otros no los siente como tales, como si no le pertenecieran. Sucede a veces eso y pensamos cómo compatibilizar nuestros gustos con el exterior, porque escribir es un acto egoísta por naturaleza, pero las sensibilidades forman parte vos, de él, de ella, de un grupo más chico, grande, dependiendo las edades, la recepción llega y no es un dato menor. Y ahí cargamos nuestra valija de fantasmas, alegrías, miedos, amores, venganzas, rencores, prendemos la computadora, la hoja en blanco y empezamos.

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