Cómo quiero a mi
infancia. Lo supe, lo sabía desde hace tiempo. Me recuerdo a esos días soleados
en Palomar, celestes, tan celestes, el sol, el no saber qué hora era, sentir la
libertad propia de la niñez, de la buena niñez. El viento, los árboles
moviéndose, tener figuritas de ALF en las manos chiquitas, creo que era un
jueves. Ésa imagen irrumpe, como si el tiempo se detuviera. El olor a asado los fines de semana, mi
padrino subiéndose con un vaso de champagne para pintar el techo, los Mirage
que pasaban y eran como si llegaran extraterrestres. Mis extraterrestres, ése
barrio se conectaba y a su vez estaba aislado, no tenía necesidad ver ni salir
a otro lado. Lo que me hacía falta lo tenía. Los abuelos esperando el 182 para
ir a Flores, en una esquina soleada frente a una despensa, a metros de la
capilla que representaban imágenes de los caídos en Malvinas. Lo supe después.
No formaban parte de mi tiempo y espacio. El triciclo, el pasar del comedor a
la cocina, de ahí a la habitación de mis viejos, a la mía, salir al patio.
Llegar al Taunus, al patio, las flores, el alambrado hecho de plantas, la calle
vacía al más allá. La pileta, los chicos reunidos esperando que papá la
llenara, con las mallitas y el toallón. Mi timidez, tan visible. Era muy tímido
pero muy feliz. Son tiempos que los llevo conmigo, que tristemente en
determinas situaciones no me vienen a la memoria pero que golpean en tu
estructura, llamadores, claman para no esperar. Salir del jardín de la mano de
mamá, dos cuadras, la calle Sabat, mirándola de arriba, los pantaloncitos y
buzos celestes, las zapatillas blancas, muy rubio, verlo todo desde abajo, de
una magnitud semejante. Lo viví tiempo después cuando ya grande entré a votar a
mi aula de primaria, de primer grado. Todo tan chiquito y a mí que me resultaba
gigante. Ir de la mano de mamá, recordar a papá sangrando y golpes en la
cabeza, brazos, pecho, porque el avión que se había ido a espiar a Malvinas no
llegó de la mejor manera. Una tormenta que casi no les hizo contar el cuento.
No sería la última vez. Que compañeros internados, que uno se fracturó la tibia
y peroné en siete partes, el abrazo de papá, todo una irrealidad. El cuadro
dibujado del avión y ellos arriba, una caricatura, que me causaba tanta gracia,
divertida, llamativa para un nene de cuatro años. Contagiarme de varicela,
granitos por todos lados, sacarme el guardapolvo celeste, la corbatita diciendo
Adrián. Es mi pasado y orgulloso de haber formado parte, siento, pienso, con la
sana perspectiva del tiempo.
Con V de Vélez
Hace 2 semanas
2 comentarios:
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Nos leemos, saludos.
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