sábado, 8 de junio de 2013

Ignacio


Avanzamos sigilosamente, hacía frío, lo sentíamos mucho más después de salir de ahí. La calle marcaba la temperatura, nosotros caminábamos midiendo la velocidad, algunas cuadras los pasos eran más raudos, en otro más lentos, pausados, como si tomáramos impulso para poder continuar, no sé a dónde pero alejarnos. De la muerte de Ignacio tuvimos reacción mucho tiempo después. Hasta reaccionar, ya ni sé en qué tiempo, no existimos, nos transformamos en una gran hoja en blanco sin ganas de empezar a escribirla. Ése martes, ése frío, la salida del velatorio, el volver a vernos, cambiados, con traje, anteojos negros, cumplir a rajatabla los clichés, lugares comunes de vestimenta que se efectúan en estos templos del comercio, el ataúd siete lucas, ¿me la podés contar?, una maderita berreta, una crucifijo, siete lucas, lo mismo que gana un gerente de una empresa medio pelo, pero que es gerente. Siete lucas para que una persona se pudra. Pero va a tener cristiana sepultura, menos mal. Pensaba en  que la muerte sirve de unión, de lavar culpas, años sin vernos con determinada gente y un muerto te hace pisar el mismo suelo, ellos lavan culpa, yo también, Emiliano, quien caminaba al lado mío lo mismo, ahora que me acuerdo un poco más atrás, como siguiéndome a centímetros. Camina, pone las manos en los bolsillos de la campera y sigue, cómo no entendiendo o quizás sí, resulta tan difícil llegarle, cómo hacer que se abra, que comparta sus emociones, que se indigne, que nos mande a cagar, pero no, aguanta, ¿será una olla a presión? ¿o se podrá vivir así? Lo veo angustiado, respira, saca humo por la boca, quiere jugar con cualquier cosa, aprieta con fuerzas el celular que tiene en la campera, pide a gritos abstraerse. Algo te conozco, Emi. Yo pienso en la nimiedad de todo, el domingo jugando al fútbol, el martes ves el pastito desde abajo, todo rápido, una gran cagada. Lo injustificable, no pará, en realidad no hay muertes justas e injustas, hay muertes, dolor, una madre hecha pelota para quien nada volverá a ser lo mismo. No volver a ver a esa persona, ahí tenemos el dolor. Porque si congelaran a los muertos y podrías verlo aunque no hable, no haga nada, no abrace, no putee, la nada misma pero verlo, saber que está ahí, tal vez la procesión no vaya tan por dentro, tal vez la procesión tenga un menor recorrido, pero no, gusanos, tierra, descomposición, huesos, el desaparecer.

Navegamos en la intrascendencia durante todo este tiempo, yo de tan cagón al menos anoto palabras, corrijo, concadeno oraciones, quiero darle algún sentido al exterior, desde la gramática, en estructurar con letras, que son palabras, que son oraciones, que son párrafos, que es un texto, parido desde las entrañas, remendado, cortado, violado, pienso esto mientras me hace ruido la panza, que se me agrieta, que voy a llegar a casa y tomarme algo, que el café no hacía falta, pero por compromiso, para no quedar mal como siempre. Me agarra culpa hasta en un velatorio, tengo miedo de lo que dirán frente a un cadáver que no va a decir más nunca más. Estamos jodidos. Emiliano me repite lo de la familia, el único hijo varón, que Susana, que las chicas, solas, me dice y me pregunta, a mí me dieron ganas de whisky, de no pensar, las chicas se van a arreglar o no, se irá todo al carajo o no, debajo de la autopista, dormirán en el Puente Alsina, no lo sé, pero quiero tomar whisky, aunque sea la peor cagada nacional, necesito una trompada más al hígado, sentirme mal en serio, gritar en pedo, viste Nacho, viste cómo nos dejaste forro, ahora nos dejas. Sí, también me dieron ganas de coger, de sacarme las ganas, de extirpar en lácteo las miserias que cargo, que se siguen sumando, que el exterior no tira un centro. Una vieja, una pendeja, algo que despierte el instinto animal, que la otra sea una cosa, tomá, te uso y listo. Vos no sos nada para mí. Se murió mi amigo y vos, tus dramas, tus hijos, el por qué estás ahí, el lugar de mierda éste, todo me lo paso por el centro de las pelotas. A la muerte se la debe contrarrestar cogiendo, una vez me lo dijo un taxista en los días posteriores a Cromañón, me resultó tan desagradable, yo era un pendejo con moralina, me resultaba pajera las frase, obscena, hoy la entiendo un poco más. La perspectiva del tiempo será. O seré otro pajero de los tantos, tampoco lo descarto.

Le digo a Emiliano de ir a tomar algo, que todavía no era hora para cenar, que tomemos algo, lo de las trolas lo abandono, Emiliano no juega con la misma camiseta, o tal vez vaya solo más tarde, lo veremos. Si camino por Corrientes varias cuadras algo voy a conseguir, por cien, doscientos mangos puedo pasar un buen rato. Buena carne, seguro. Encontramos un bar en la esquina por Corrientes, antiguo, de madera, enfrente de la Iglesia Universal de Dios, repleta, la calle vacía, la iglesia llena, veinteañeros con saco, corbata, como si estuviesen regalando electrodomésticos, la gente tiene que creer en algo, pienso, ahí me siento más dichoso, más oveja descarriada. Nos sentamos, los últimos rayos de sol atraviesan mi cara, café con leche para él, un vaso de Criadores para mí, era lo mejor que había en la carta que estaba deshecha por el uso, el papel amarillento, cortado, cuatro o cinco viejos en una mesa, nada más, ahí desistí del Old Smuggler, no hablamos de Ignacio. Hablaríamos mucho después. Decidimos cambiar la conversación, llevarla a otras orillas, que Ignacio se transforme en un tema tabú, no podíamos mediar ante una realidad que nos pasaba por encima. Esto lo escribo con el tiempo transcurrido, en esta voracidad de escribir a la cual no le encuentro solución, en los recuerdos que se me aproximan, se posan en los ojos, que erizan la piel.

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