martes, 29 de septiembre de 2009

Blanco y negro*

No entiendo otro significado de la vida que no sea a los golpes. O quizás no encuentre diferentes respuestas a este misterio llamado vida. Mis recuerdos de niño, soñando entre las sábanas con la idea de estudiar, recibirme y conformar una familia parecen lagrimear al verme en este estado inexistente, comprendiendo cómo se van mis mejores tiempos a cambio de tener un plato de comida caliente. Todo pasó demasiado rápido. La muerte de mi papá, el alcohol, las malas compañías y por sobre todo la soledad, esa sensación de saber que no queda nadie en quien confiar, que estás solo en la vida. Esta existencia no me dio oportunidad. Cuando falleció mi viejo, fulminado de un ataque cardíaco, me tuve que hacer cargo de lo que quedaron. Mi mamá, analfabeta y entregada a ese matrimonio que no la hacía feliz junto a mis tres hermanas menores. Sabía en ese instante que la ilusión de ser médico se me desvanecía entre mis manos.

Había llegado el tiempo de ser hombre. Pero apenas tenía 15 años. Changas, trabajos de albañilería, pintor y hasta empleado de funeraria fueron mis credenciales, en épocas donde tus pares vestían de guardapolvo y rendían exámenes, y uno se abocaba a otros objetivos, prioritarios y básicos como que en tu casa no falte nada. Propósito pocas veces cumplido y que me sigue causando dolor mientras escribo estas líneas. Tanto sufrimiento por la realidad, injusta y descarada conmigo fueron detonantes para que aparezca mi adicción al alcohol. Con 20 años en el lomo y apariencia de 35, este camino sinuoso empezó sin darme cuenta, como siempre suele suceder. Perdí trabajo, amistades y el sustento de mi familia. Llegó la gente no deseada, que te usa y se va sin gloria pero con demasiada pena. En ruinas, sucio y con olor a alcohol en la ropa sabía que esta oportunidad era mi última chance. Un amigo de la infancia, quien me había visto por la calle en deplorables condiciones me contó sobre esta chance de trabajar como empleado en la Federación Argentina de Box. Poca plata, pero lo fundamental era que el techo y la comida estaban asegurados. Fui sin pensarlo. El dinero iría a mi familia y vivir sin hambre era el único privilegio que precisaba. Hoy tengo 28 años, con sueños pendientes de empezar la secundaria y mis horas se pasan en este gimnasio, ayudando en el entrenamiento a los boxeadores, quienes me cuentan sus sueños de ser campeones del mundo y repetir lo que hicieron Monzón, Bonavena y tantos otros. Y a veces me pongo los guantes, el cabezal y me animo a unos golpes.

* Historia mínima que escribí hace un tiempo y que, sacando mi verguenza crónica de lado, la comparto con ustedes. Ojalá, de corazón, que les guste.

7 comentarios:

Sugar Sixx dijo...

Ey, no tengas vergüenza, a mi me gusto mucho.
(Toda historia relacionada de alguna manera con el boxeo siempre me atrae).

No, gracia a vo´ dijo...

Buenas líneas Adrián!

Si tenés mas historias compartilas con tus lectores. No lo pienses dos veces.

Abrazo!

Migue

Polanesa dijo...

Qué camino que habrá entre la medicina y el boxeo...

¡Me gustó mucho la historia! Tengo una atracción especial por las historias mínimas, je.

También me gustó la foto... no sé, me parece que el blanco y negro queda bien con el ring, jaja.

Saludo!

Guillermo dijo...

Una duda me queda, es tu historia o no ?
Sea tu nota o no, muy buena nota.

NoTe dijo...

Muchas gracias chicos/as ojalá les haya gustado. Salute!

NoTe dijo...

Naaa Guillermo, una crónica que escribí pero que no tiene nada que ver conmigo. Saludos!

joret dijo...

Ahh, bueno, cartón lleno !! , pensaba compararte con Midas, ya que cada novedad que nos mostrás iguala o supera a la anterior,pero la parte racional mía ( a veces no la soporto ) me obliga a preguntarme si estarás preparándote mentalmente para el dia que algo que hagas no sea tan bueno como lo precedente, lo que conozco de vos me dice que si, pero...

Buscar en Doble 5

Colaboraciones