Alves entiende perfectamente, como un hombre que transitó primero como futbolista en la década del `70 y luego como entrenador de las divisiones inferiores que el mundo Boca no perdona. Que la apuesta de sacar a los Abbondanzieri (con oferta de Brasil en la mano), Ibarra y lo acaecido con Palermo el domingo ante Atlético Tucumán pinta riesgosa desde dónde se la mire. Que la espada de Damocles, filosa, se situará muy cerca. Pero, valga la aclaración, su visión de la realidad era (y es) pertinente para este contexto de Boca.
Y sabemos perfectamente que Alves no tiene las espaldas anchas como Basile, Ischia o hasta Russo si nos fijamos en el devenir del tiempo, quienes por distintas causas prefirieron ignorar lo que sucedía puertas adentro, de internas insalvables en el plantel, en pos de continuar con esos apellidos que todo lo habían dado.
El técnico de Boca se la juega por lo que cree. Más allá que su hilo en el carretel depende de un par de resultados. Bien lo sabe. Por eso aparecen los Erbes, Muñoz, Viatri, Chávez, Villafañe y Javier García, chicos que, algunos con más experiencia que otros, tendrán que responder primero por la camiseta y luego a la confianza depositada por Alves. Y en Argentina, claro está, se responde con victorias, otra no hay.



