Uno es un fiel creyente que los trabajos bien hechos, con esfuerzo y la dosis justa de inteligencia, desembocan al correcto desarrollo de cualquier actividad humana. El fútbol no es la excepción a la regla. Menos el argentino. En tiempos que se reemplazan directores técnicos como si fuesen muñequitos de playmobil, el proyecto llevado a cabo por la dirigencia de Lanús encabezada por su presidente Alejandro Marón merece un respeto digno de admirar y reiterar. Ramón Cabrero, el padre de la criatura, lleva dos años al mando del equipo, siendo el entrenador con mayor tiempo de pertenencia de los actuales en primera. La picadora de carne hace rato que no pasa por el Sur. Conocedor minucioso de las divisiones inferiores, las cuales le sirvieron para encontrar la base de este solitario puntero del Apertura, Cabrero no realiza declaraciones estridentes, no le echa la culpa a los árbitros y hasta admite cuando su equipo jugó mal. Un bicho raro en medio de este ambiente donde la autocrítica se la guardan en un cajón con siete llaves. Él, humilde, sigue marcando que con trabajo todo se puede conseguir. Tal vez, esa sea la fórmula del granate. Es un conjunto sincero. Sabe sus limitaciones -y demasiado bien sus virtudes- y a partir de ellas plantea los partidos pensando en el arco de enfrente, siguiendo siempre una línea de juego, donde se respeta el toque por abajo y el juego limpio. A pesar de no haber tenido un arranque de certamen prometedor (apenas 1 punto en 3 fechas), la irregularidad constante del torneo lo hizo subir levemente de posiciones, y así llegar a la punta cuando el sábado venció cómodamente a San Martín de San Juan por 2 a 0. Revalidado aún más con la derrota del ex líder Independiente en el clásico ante San Lorenzo. Volviendo a Lanús, encontramos a un grupo de jugadores con mucho talento y que lentamente van adquiriendo la experiencia necesaria para enfrentar esta clase de desafíos. Valeri, Pelletieri, Aguirre y Biglieri son una muestra cabal de lo manifestado anteriormente. Si a esto, le sumamos hombres de experiencia como Bossio, Graieb y Ribonetto posiblemente se dé la mixtura ideal que requiere cualquier conjunto que desea gritar campeón. Además encontró lo que le hacía falta en torneos anteriores: los tan mentados goles. José Sand se metió de lleno con la gente al meter 10 goles (dos en el clásico ante Banfield) y sació la necesidad ofensiva que venía arrastrando. Una apuesta que salió de la mejor manera. El ex River parece que de una vez por todas, encontró su lugar en el mundo. Ahí va Lanús, el de los pibes, el de Cabrero, ese que cuando faltan 5 fechas es más puntero que nunca y los mira a todos desde arriba. Ahí va Lanús, el que confía en los proyectos serios y a largo plazo. Ver para aprender.
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