martes, 11 de septiembre de 2012

Premios Planeta Digital


El escribir es un ejercicio hermoso, placentero, liberador, una cuota de oxígeno en la rutina de todos los días, del cansancio que no se va, de los fines de semana minúsculos, de todo. Escribí en el concurso Premio Planeta Digital un cuento llamado "De su lado". Entran aquí y si quieren y les gustó, lo votan. Los 120 más elegidos irán a una selección para determinar el ganador. Gracias! 

lunes, 27 de agosto de 2012

Va


Los recuerdos se entrecruzan, van, vienen, Nicolás sale del trabajo, cruza la calle y se pone los auriculares, después de tanto acorde desajustado necesita armonía, un sonido desapegado a lo que adquirió su oído en todo este tiempo. Ése tiempo olvidable. La música como estabilizador, una balanza en constante equilibrio, que no se va para un lado ni para el otro, oscilante para aquí y para allá, como en una sucesión adormecedora. Una hamaca paraguaya, ponele, como ésa que usó esos días en el Delta, el verano de hace un par de años, flotando entre la naturaleza. En el caminar, en el pisar el suelo repasa los hechos que lo ataron a esa realidad, el por qué tomó estas decisiones, en qué momento estaba para hacer lo que hizo. La pregunta lo dignifica, tiene la valía de hacérsela, otros, pensó, ni empiezan por ese proceso, no les interesan, siguen atados a esa proporción mediocre de juntar las cositas, aferrarse a lo material, a un puchito de guita, a la queja sobre el exterior, siempre culpable de todo, también se acuerda de su viejo que le decía que la mortaja no tiene bolsillos. Cuánta razón tenías viejo, piensa. Muy pocos hacen lo que desean en el momento justo, la ausencia de inconsciencia imposibilita cualquier arraigo personal que salga fulgurante a la palestra. Olvidate que suceda eso, qué mundo de mierda, qué personas de mierda somos, andamos desaprovechando potencialidades en lo banal, en el expediente que nada va a cambiar, en las discusiones absurdas que no construyen ni una pared de ladrillos de medio centímetro. Y va, sube por Rivadavia observa todos los carteles de publicidad, los más llamativos, los papeles pegados en los escasos teléfonos públicos ofreciendo sexo, todo una mercancía al alcance, hasta vos, porque sí, porque vos más barato o más caro también tenés un precio, pasa por Primera Junta, recorre los puestitos de libros, se imagina trabajando ahí leyendo todo como un enfermo que poca bola le daría a los clientes y trataría de levantarse a cualquier pendeja que apareciera, demostrar la seducción desde lo intelectual, el combo perfecto, llega a Flores ve cómo los autos se amontonan, que la circulación se convirtió en ida y vuelta, que los autos siguen, doblan, como la vida es también un poco de esto, a veces seguir, frenar, doblar o irse de frente contra un árbol. En la bolsa de posibilidades encontramos todo, infinitas combinaciones de la existencia, que debe entenderse como libertad o nada, no pueden ni debe haber puntos intermedios en esta dicotomía. O sos o no sos, no le demos más vueltas. Entendió el mensaje, no podía más tolerar que le digitaran la vida, que enhebrara con culpa cada una de las acciones, ya no quería volver a atormentarse. El de atormentar es un acto aberrante si se ejecuta desde tal sujeto a otro, pero mucho más aberrante y complejo es hacérselo a uno mismo, tiene otra connotación más sádica, más jodida en solución.  Sintió el viento en la cara, resopló y descontaminó su cuerpo, aspiró nuevas energías aunque supiera que se le acabarían enseguida, como un artefacto sin baterías, que daba lo que podía, que era hora de reinventarse, como sea.

viernes, 17 de agosto de 2012

Levedad

Hay gente que da todo a cambio de nada. Mar de Ajó ha cambiado, quedan retazos, estructuras, un poco de aire y no mucho más de aquellas fotos de la infancia. En la arena, amplia, acomodo los puchos en el bolsillo de adelante del jean, el cielo oscuro, estrellado, nosotros tirados, pasa el fernet, la lengua se afloja, nos vamos soltando, Mica se me tira de costado, me pega un beso de lleno en el cachete, siento la separación de sus labios tras el impacto, la veo de costado, estrenando su pelo corto, enérgica, con esa vocación de felicidad en los ojos, sonriente, nos miramos y volvemos a reír. Ella ya forma parte de mí, lo supe en esa tarde nublada, yo cansado de la facultad, de la rutina, de viajar como el orto, del trabajo de mierda, ya agotado, le dije de mi deseo de irme a Mercedes, de intentar algo nuevo, le hablé de Matías, mi primo, que se estaba llenando de guita con ese campito que había heredado, que me había llamado, que quería que laburara con él; lo supe cuando cambió de cara, cerró las cejas, acortó la mirada y soltó “no me dejes sola en esta ciudad”. Y me abrazó, tan pero tan fuerte, y yo también, yo no me quería ir, pero especialmente no la quería dejar sola, no para hacerme el protector ni el macho alfa, sino porque la necesitaba más a ella que ella a mí. 

Lo nuestro nunca quedará claro, lo que sentimos uno del otro encuadra en un pacto implícito sin fecha de vencimiento, pasan parejas, chongos, pendejas, curtir, algunos enamoramientos pasajeros, tan volátiles como nosotros, y luego del recorrido nos encontramos en la misma parada, decimos hola y el encanto sigue estando ahí, diciendo presente. La miro despatarrada, fumando marihuana y siento que la vida sin ella sería un mucho más fulera. Es lo más lindo que le puedo decir. Enfrente Lucas, lo contemplo, barbudo, con aires de otro lugar, nos sentimos distintos, como en la búsqueda de encontrarnos, el tiempo transcurre, las experiencias avanzan y se multiplican, estamos en ese proceso de reaclimatación, está ahí, con un buzo encima del culo, no se quieren sentar en la arena, la ida a Bruselas lo habrá puesto más exquisito, supongo. Eso será cuestión de tiempo Luquitas, volviste hace poco y nos cuesta verte tan cambiado, digo nos, podría decir yo, el más sentimentalista del grupo, tan poco adepto a los cambios. Me cuesta verte así, extraño, sin poder desentrañarte al menos por ahora pero sé que sos vos, el que lo cargaba a la madrugada por Avellaneda, con todos los negocios cerrados y tu obstinación era mearle el negocio a un pelotudo que te había echado apenas habías empezado a laburar después del viaje a Bariloche, me acuerdo de esa mirada irracional, y yo te decía, no, Luquitas, no seas boludo, no, no, va a caer la cana, no, no, increíble todos los cambios que vinieron después. Apareció Valentina, una belleza diminuta que es nuestro espejo, la fórmula que nos da por resultado que hicimos bien las cosas, la hiciste vos pero forma parte de todos, ella es nuestro agradecimiento al mundo por lo que nos dio. 


Observo a Lucas hablando con Julia, Julia, ella, buscando su príncipe, golpeándose una y otra vez la cabeza con cada uno que aparece, uno peor que el otro, uno que le miente más que el anterior, pero insiste, va, apuesta, le perdió el miedo a perder. Julia tiene la cualidad, y no todos la tienen, de creer en el amor. Un naipe muy débil en esta jugada llamada vida, un caballo en el truco, pero siento que esa carta aparece en algún lugar de esa campera negra, en el jean, en las chatitas, que se le encaja en un mechón de su pelo, que se levanta cada mañana para ir al laburo, ve la carta y sonríe. Yo la escucho con mucha atención, escuchar a Julia es comprender, al menos en cierta parte a las mujeres. No la puedo desaprovechar, no por una razón de funcionalidad estricta, sino porque histriónica y todo, a veces desencajada, frustrada, triste e indómita, encuentra la felicidad más seguido que yo. Quizás hurgando, después de tantos años de amistad, encuentre cómo lo hizo, qué brebaje tomó. Toda mi admiración Julia. Exclusiva para vos. En el círculo humano está Mica, Lucas, Julia, Fede, Daniela y dos pibes que ni sé de dónde salieron. Me relajé, apoyé la cabeza en la arena y pensé cómo en un segundo, en un golpe de mirada, todos estos pensamientos fluyeron, no tenía ni un anotador ni nada, las palabras aparecían, distintas a éstas, pero el orden de los factores no alteró tanto al producto. Cerré los ojos y sentí a Mica cerca, que se aproximaba, corrí la cabeza a la derecha y la vi haciendo un montículo de arena y dejándolo de escapar en la mano, así sucesivamente, escuché el ruido del mar incesante, ése viento fresco potente, ése frío delicioso y fui feliz por el momento. Mica me vio y sólo dijo, esa sonrisa, lo sé, se debe a algo, ya sabés sobre qué escribir ¿no? 

martes, 14 de agosto de 2012

10


Un don es un don. Arriba desde una silueta mágica, imposible de manipular, es una potestad tan única, irreversible, cae, plum, en una persona y lo transforma en un superhéroe, no de ficción ni con trajes ampulosos que le marcan bien la zona
 de abajo, no, no, nada de eso. Pero si hablamos de fútbol, de lo lúdico de este deporte, algunos, muy pocos les llega ese don que los convierte en seres especiales. Son escasos, algunos foráneos, otros de estas tierras y quién te dice que con el paso del tiempo uno de éstos se pone tu camiseta. A veces tenés esa suerte, otras tantas no. Yo puedo sentirme afortunado. El fútbol es ilusión, les juro que no caigo en una verborragia barata sobre los sentires, sino en los momentos en que protagonistas, cada vez menos en este paisaje desértico, producen, generan, hacen arte. Porque un buen futbolista es un artista, maneja un solo instrumento, la pelota, el fútbol, con conciencia propia pero también del alrededor. No juega solamente para sí mismo sino para el deleite de otros, no cuenta con esa condición egoísta tan terrenal, tan de nosotros. Por eso hablo de superhéroes, son pocos, ojo, no voy a regalarle este piropo a cualquiera. Olvídense, falsos profetas del buen pie que están más cerca de Bolt que de concadenar dos pases seguidos o intentar hacer una pared. ¿Se acuerdan cuando en los partidos se hacían paredes? Qué lindos y viejos tiempos, che.

Ser de un club no solamente significa llevar la camiseta, es un proceso más profundo en el que se mancomuna con diferentes elementos, tu pasado, las experiencias que ocurrieron, la perspectiva que te da a madurez, los jugadores que te marcaron, es un rejunte de símbolos (perdón Saussure) dentro de una essen, que la vas revolviendo una y otra vez pero sabiendo con ojo clínico qué ingredientes forman parte de la receta. Leandro Romagnoli forma parte de mi menú. Un ídolo que creció a la par tuya, que cuando la tuvo, tiene y tendrá la pelota el corazón tiende a aclimatarse, bajar el pulso, sentir que San Lorenzo está en buenos pies. Esa sensación placentera donde todo parece estar en su lugar, un fragmento detenido de la realidad, en que cada cosita encuentra su sentido, una paz similar a tomar unos mates mirando el río Paraná. Algo así. Lo de hoy me entristece, cómo que no, uno siempre quiere a los ídolos de pie, erguidos, quebrando cinturas y volviendo a sentir el corazón calmo. Cuando suceden noticias así, uno siente que alguna partecita suya se apaga por un tiempo, baja su color, se acomoda para invernar hasta el retorno. Que desde hoy empezará a ser más próximo.

domingo, 12 de agosto de 2012

Cinco minutos


Mucha lluvia, mucho barro, las zapatillas sucias, con tierra acumulada, la niebla más espesa que de costumbre. No encontrar las llaves, palparse el pecho, el culo, hurgar en los bolsillos del jean, y no están, no están, no están. ¿Te fijaste en la campera?, me pregunta Martina, empapada, con el maquillaje corrido y cada vez con menos paciencia. Siempre odió ese aire de preámbulo que hago de cada paso en mi vida, cargando una ceremonia atrás invisible, para todo su tiempo. Ella odia eso de mí, yo tanto de ella. Me fijo en el bolsillo de la campera y la búsqueda parece en vano, luego giro hacia la puerta de casa y escucho el chasquido, un ruidito imperceptible que venía del agujerito arriba, en el bolsillo ése que no sabe para que lo ponen pero está, abro rápido el cierre y ahí están, esperándome salir a la luz. Pasaron como 5 minutos, un tiempo prudencial de ceremonia y la cara de Martina ya me habla demasiado. La convivencia no nos es fácil, las rispideces corren a una velocidad insuperable y los aciertos, las miradas cómplices de antes, el sentirnos Xavi e Iniesta ante 80 mil personas van destiñiéndose, no a esas fotos blanco y negro que están tan de modo ahora sino a una decoloración más dramática, más amarillenta, más amarga. Ni Instagram pienso que nos puede salvar. Pienso a esta relación como cualquier pelotudo que leyó dos libros de Economía y tira ante la pantalla, “los precios suben por ascensor, los sueldos por escalera”, con un aura de gurú berrera y olor a comida rápida en plaza Miserere, a una pelotudez que está buena decirla, bueno no importa. En el cliché estúpido hay algo cierto, hay momentos que en que los sentimientos se contraponen, se ponen frente a frente, a discutir, son sentimientos, son esencia de los dos, pero ahí están se desafían en ritmos distintos, en eso pienso cuando hablan de ascensor y escalera, los sentimientos tristes avanzan implacables, los otros, los que construimos durante 3 años y medios están retaceados, no me quieren subir la escalera, no me quieren tomar el nesquik como decía mi abuela. Como que nos falta algo, como que alguien vino una noche, se nos sentó en el borde de la cama con la bata blanca, una sonrisa implacable, sacó la jeringa y extrajo lo que sentíamos uno del otro. Y se fue. Y no nos dimos cuenta, carajo, nadie nos avisó, o no nos pudimos dar cuenta, o peor, no nos quisimos dar cuenta. Pero pienso que al escribir esto, después de tu ataque de llanto, después de decirme que te acostaste con tu compañero de facultad, que se te fue de las manos, que nos estamos yendo de frente contra el paredón, que no me aguanta más, que no te aguanto, que no nos aguantamos, que me vaya, que quiere estar sola. Escribiendo esto desde lejos, viendo la tormenta terminarse, ya vislumbrar algún rayo de sol, sólo pienso en reconstituirme, en acomodar las partecitas, paulatinamente, en ése preámbulo que quiero para mi vida, donde ojalá, debo admitirlo, estés vos.

domingo, 5 de agosto de 2012

Punto final

Basta. En un momento grité, abrí el grifo para que se fuera toda esa agua marrón, pútrida, agria, y esperar segundos y más segundos que el agua pueda cristalizarse, que vaya tomando su color común, que la basura de la cañería se purgue por decantación. El espejo me mostraba tal cual era, la barba crecida, despeinado, los ojos chiquitos, la nariz muy roja pero no me reflejaba lo interno, la angustia, esa congoja que se te pone en la nuez de la garganta, que te acelera el pulso, que sentís que el corazón se te va del cuerpo. Esa puta sensación otra vez, que no se va, en mojarme la cara una y otra vez tratando de que en el agua, que va y va sobre mi rostro haya particulares de aire, mínimas, que me hagan seguir respirando. Momentos que llaman a la rebeldía, a ser bien cinematográfico, ver la mesa llena de papeles, la computadora, sellos, monotonía, bajeza, aburrimiento y tirar todo a la reverendísima mierda. Y la putísima madre que los parió, a todos. Que el impacto de los brazos, con venas visibles, que aguardan respuestas hagan el ejercicio de la mente, escuchar el impacto de los papeles en el suelo, el monitor despedazándose en vidrios que rebotan en la superficie. Cuánto soñé ese momento. Una vez, al menos, que lo que se piensa, se haga. ¿Qué tengo para perder? Quizás mucho, quizás poco, perdería todo si no me hiciera esa pregunta, si naturalizara lo que me pasa, bueno, la vida es así, tendrás que acostumbrarte varón. Yo no quiero acostumbrarme, en algún espacio debo ser quién soy, encontrarme, todo lo que se vive se vive con la ilusión del llegar a ese sitio en que te sacás todo, las zapatillas, el jean, el sweater, que quedás vos mismo, con lo que hiciste de tu vida, con las consecuencias de lo que elegiste. Yo no quiero vivir la vida de otros, al menos quisiera indagar sobre la mía, ir y equivocarme, ir y acertar, repito y quiero que me escuchen: ¿qué puedo perder? Elegí cambiarme, vestirme de negro, no por un duelo barato, berreta, haciéndome el caótico, ay va él, guarda, no, la verdad que todos me chupan un huevo, sólo quise vestirme mediante un estado de ánimo. Bajé, pasé el palier sin mirar, una puerta abierta, abrí otra y la calle. Gorro de lana, abajo auriculares y caminé. A los dos minutos, ya sintiéndome los pasos preferí cerrarme la campera, hacía mucho frío, sacaba el aire por la boca y me acordé de las mañanas en Tandil, chiquito, todo tapadito jugando a ser globitos de humo. Quise caminar, llenarme de otros aires, ver gente pasar y que me imaginaba que andaba con algo que me pasaba a mí, que en la acumulación de sentires me haría sentir un poco mejor. Un poco más acompañado.

jueves, 2 de agosto de 2012

Finitud


Pasó el tren y gritó con toda su fuerza, sintió que la garganta se le quedaba seca, áspera sin fuerzas de nada. Vio pasar los vagones y creyó que todo lo que emanaba se lo iba a llevar el San Martín, que toda esa mierda acumulada, como borrarse no podía, al menos iría a parar a otro lado, a Pilar, Palomar, San Miguel, William Morris (¿vivía alguien ahí?), algún lugar donde depositarse, creyó finalmente que esa bronca, angustia, lágrimas irían a parar a otro lugar demasiado lejos o que le caería a otro u otra, eso no le importaba. Un momento que bregó por egoísmo, que se joda quien se tenga que joder pero que no desemboque de  su lado, basta, basta de crecidas en donde pongo los pies rogó llevándose las manos a la cara. Lo de gritar mientras pasaba el tren lo imitó de algo que vio en una película o una serie de acá, o una serie de acá que se lo robaron a otra película, la inventiva tiene difícil portador a veces. Y más en la Argentina. Al borde de la vía, luego del entierro, entendió que ya no iba a escuchar la voz de ese ser querido, que rápidamente se le había borrado del vocabulario sonoro, lo sufrió así, la partida, la ausencia, el no ser, pero con todos estos aditivos horribles, fríos pero tan veraces, tanto que de sólo pensar en eso se angustió.  Pensó que la vida no se dividía por años, que ese suceso, la oscuridad de esa casa velatoria, familiares que hacía veinte años no veía, mamá llorando, Pablo a su lado, como siempre,  abrazándolo, significaba un momento de ésos que te cambian, que hay un cambio interno generado por el exterior, de qué más necesitaba para cambiar las fichas de lugar, que el lugar en la ruleta nunca le llegaba. Era necesario cambiar la apuesta, modificar la jugada, arriesgarse más. Lo vio en esa pared, en ese baño mugroso de la calle Urquiza, saliendo del Mariano Acosta luego de clase, escrito en marcador rojo, mezclado entre putos que pedían pijas y dejaban su celular, insignias deportivas o puteadas a Cristina, que yegua, que puta, algún mensaje trosco y la frase, así escrita, oculta entre tantas vaguedades, “el que no arriesga, no gana”. Se quedó con esa imagen, si no arriesgaba ¿cuándo lo iba a hacer? ¿cuándo sería el momento? ¿San Martín supo cuándo tenía que cruzar Los Andes? No, el tipo calculó algo pero tuvo en su mayoría instinto, vio que era el momento y fue. ¿Diego supo que iba a hacer ese gol a los ingleses, pasarlos como postes? No, puta intuición, nada más. Nadie le dijo el momento en que tenía que salir a escena y descoserla. Estaba dentro suyo, estaba dentro de ese grito que pegó contra las vías, en los insultos proferidos, allí coexistía el odio pero también un mensaje oculto, una señal que te dice que es ahora, que así como estaba no podía esperar más. Llegar a esa  sensación de desesperar. La peor, tal vez el hambre le gane pero por muy poco. Supo enseguida que la finitud de la vida deja a algunos muy pero muy vacíos. 

jueves, 26 de julio de 2012

Una noche


Nosotros usamos el odio como factor de cambio. Y lo sabés. Gastón se tocó la barba, crecida, de varios días y largó la carcajada. Yo no pude contenerme la risa, tragué y la garganta me seguía doliendo, las paredes seguían blancas, llenas de pus. La noche había sido larga, ya no estábamos acostumbrados a esas maratones cronológicas; el cuerpo nos pedía descanso, una cama ni más ni menos. Las cervezas, los tragos, la billetera vacía, las minas que te dicen no, tal vez, quizás, algún sí no querido, los vericuetos de una noche en la que no tenés nada que perder más que un par de billetes de Roca. Nadie se quiere enamorar de nadie, todo tiene algo de desechable, ellas, vos, yo, y tampoco está mal.

Lo quería a Gastón, uno de ésos hermanos que te entrega la vida, que te conocieron ya curtido, gente que en esa autopista cotidiana se te pone al lado y te dicen, che mirá, tenemos el mismo auto, están hechos mierda pero vamos con destino similar. Un tipo que iría adelante tuyo y de copado nomás te paga el peaje para que vos pases sin perder tiempo. Un tipo así. Que no conoció al radiante con guardapolvo como vestimenta, de colegio católico, puro, virgen, sino a otro tipo, con miles de cagadas encima, que fue, volvió, la pifió, acertó (sí, sí, acertó), que por vergüenza calló, que por vergüenza hubo amores que no supieron lo que sentía.

Con Gastón no haría falta ir a una reunión de la primaria vía Facebook y sorprendernos de que Pablito dejó de ser el escuálido de siempre y ahora está más cerca de pelear contra el Patón Basile; que Ludmila ya no es más ese esperpento, obeso, que usaba botines, sí, botines, qué hija de puta, para ahora convertirse en una 7, 8 puntos. ¿Por qué no invertí ahí en ese momento? Qué pelotudo. Un resto, algo, lo que quedara, cinco, diez pesos, bueno veinte como mucho, no, no, claro, el señorito buscaba la perfección, sólo tenía ojos para Yael Giménez, la mina que nunca le dio cabida ni le dará, la que le queda pegado el recuerdo de esa caminata por Rivadavia, habían sido tres o cuatro cuadras, del hecho en que ella caminaba con vos, te registraba por primera vez, de los nervios al estómago que te dieron apenas le dijiste que la acompañabas a la casa. De lo descompuesto, pero feliz que llegaste a tu casa. Yael, la misma que vio por Facebook hace poco y la vio tan radiante como siempre, con esos ojos verdes suaves, tan plácidos. ¿Qué estaría pensando cuando le sacaron esa foto? ¿Por qué la eligió como perfil? Hermosa, Yael, hermosa. Lástima los viejos que con un apellido Giménez le ponen Yael. Se careció de un poco de sentido de común. Le ponen nombres indígenas con apellidos europeos y en esa suma el resultado tira error, fail, la calculadora se queda sin pilas.

Nos sentamos a tres cuadras de casa, cerveza en mano, veíamos a Alberdi pasar, en nuestras narices, el 126, el 55, el 4, el 180, nos acordamos del viaje a San Justo para ver a Guasones, de la rotonda, que Andrés no sabía lo que era una rotonda, de lo fuerte que está la madre de Germán, que es un gusto a escondidas, que el universo se nos llena de ratones al verla. Tan prominente, tanta experiencia recolectada, tanto pensamiento pecaminoso. Gastón me decía que había comenzado una cruzada contra los negros que usaban el celular con altavoz en los colectivos, que tenía pensado hacerse una cuenta de twitter, un blog, una fan page, que ése odio que emanaba al verlos se había transformado en motor revolucionario, que empezaba con esto y había todo un mundo para cambiar, que por favor me sumara. Gastón me lo dijo serio, borracho pero serio. Yo me volví a reír.

lunes, 23 de julio de 2012

Ella


Miró y supo que estaba todo bien. Deseaba que no pasara el reloj, que se quedara clavado ahí, a las diez y media, vio la copa de vino llena, volvió a mirar y se sintió bien. Atrás el olvido, adelante una sonrisa. En esa gente encontró comodidad, el resquicio para respirar de las vivencias ajenas que no le importaban mucho, estaba con ganas de, por fin, encontrarse a sí mismo, sin ninguna terapia de por medio, ni aranceles, ni treinta sesiones, ni obra social, nada, volver a ese chico que juntaba hojitas en Punta Alta, con ese frío que le calaba los huesos, que ni soñaba con esos fantasmas que vendrían después, que era, carajo, era él, el mismo que se escabullía de la mirada de mamá, tapado y tapado, con el gorrito azul de lana, corriendo por la calle. Se le vino a la memoria esa imagen, las fotos en la Bahía Blanca, él arriba de la calesita, mamá viéndolo haciéndose la distraída, tan linda mamá, tan linda, miró el reloj y marcaba y treinta y cinco. No le importó. 

¿Cuándo se perdió? Se perdió y punto, no encontró una fecha de esa salida del mundo, pasó y no hay vuelta atrás. Se perdió y se volvió tóxico, se aferró a una indignación que no le pertenecía, se enfureció en una herida que nunca quiso ni pudo resolver. La siguió viendo, detenidamente, alta, tan estética, con ese flequillo al costado y esa presentación de su sonrisa, tan compradora, remarcando los hoyuelos sin querer, tanto que lo enamoraba demasiado. No encontraba cosa más linda en el mundo que ella. Lo calentaba, le gustaba tanto. La soñaba en las noches, en las poses más sanguinarias, soñaba tocar sus tetas, apretarlas, besarlas, llegar a ese clímax único; en las tardes, desparramarse en el pasto con ella y mirarla, no cansarse de verla; a la mañana percibirla en pijama, con la cara lavada, dormida, tan dormida. Veía en ella esa misma carga de tristeza que tenía él, la tenía a dos sillas, estaba ahí, sonriendo y sonriendo con la luz que le iluminaba el pelo, renegrido, enamorándolo cada día más, comiendo su comida, con ese vestido negro, las medias del mismo tono, los zapatos. 

La sabía enamorada, tampoco le importaba. Ése era un detalle menor, algo insignificante a comparación de lo que sentía él, lo todo que quería por ella. Por aparecer y cambiarle la vida, de generarle esos insomnios únicos, irrepetibles. Por convertirse en su pequeña obsesión, en la única llave que abría el cofre de su soledad, la única capaz de modificar la corriente, llevarla a aguas más transparentes, tranquilas. Que estuviera enamorado de otro le resultaba secundario, esa excusa de poder tenerla alguna vez le daba oxígeno, sustancia roja en el corriente sanguíneo, le hacía acelerar el pulso. La vida, pensó, mientras se saciaba con lo último que quedaba de vino, reside en vivir en plenitud ésos momentos, de incertidumbre, de esperar con un dos de copas, a ver si la mano viene provechosa, si nadie ligó y quién te dice, pegar el zarpazo. En esa espera está todo, todo ese misterio sin descubrir se abre de par en para en ese tiempo tan finito pero tan eterno a la vez. El reloj cumplió su propósito natural, el deseo de quietud no prosperó. La vio buscando su campera en la pieza, irse por el pasillo, no sin antes saludarlo como uno más. 

viernes, 20 de julio de 2012

Una bolsa


Mariela abrió en un impulso la bolsa de arpillera y puso cada cosa de Augusto. Lentamente, observó que la habitación tenía cada vez menos resquicios de él, su presencia se había fragmentado en partecitas, como un rompecabezas donde no se ajustan las piezas y sintió placer, no demasiado, sólo esbozó una sonrisa por la tarea cumplida. Un poquito más aliviada abrió la canilla, se sacó la ropa y dejó el agua correr. Necesitaba el agua golpeándole la cabeza, una y otra vez, como para mover las ideas, que las neuronas conecten de alguna forma. En ese torrente acuático se fundía algo, desaparecía, se iba por la alcantarilla. Tal vez, así en círculos, miró la alcantarilla y comprendió que esa unión que fue, se entrelazaba en ese agujero con destino incierto. Sola, secándose el pelo se vio al espejo y no entendió el por qué de lo que había pasado. Sucumbió la mirada y vio la bolsa tirada en el comedor, apretada, y supo la urgencia de salir. Luego de cuatro días, cerró la puerta, caminó el pasillo del PH, salió y volvió a ver si había cerrado bien, salió de vuelta y estaba en la calle. 

Jueves, quizás. Sol, mucho sol, mucha claridad, respiró y sintió de repente ése olor a pan casero que la transportó a los inviernos en Calamuchita, al frío de la mañana, al pan con mermelada casera, a escuchas las noticias en Cadena 3, que eran muy fachos sí, pero qué importaba. Al hogar, a la leña que se consumía. A sus primos, a la tía Emilia. Pensó también en Augusto como metáfora, como la equivalencia a esa madera carcomida por el fuego que deja cenizas y luego el tiempo la convierte en nada. Había sol, cargó la bolsa y salió a caminar. Sintió con la bolsa al hombro que se llevaba así misma, que cargaba sus 54 kilos, que era un álter ego desparramado en pelotudeces como ositos, cartitas, jazmines secos, que eran cuatro años de mierda con éste pibe, que a la primera de cambio se acostó con cualquiera. Salió y se topó con Otamendi, saludó con un ademán al librero de la esquina, hizo zigzag para esquivar a unas viejas y se plantó en una esquina. Dejó pasar a un auto, a otro y a otro. Quieta, angustiada, apretó la bolsa con fuerza, el puño, cual boxeador. Tenía bronca pero ya no de él ni de ella, sino bronca a la situación, a volver a foja cero. Como escribir una historia y que se te tilde el Word, y volver a la hoja en blanco, en ya no recordar ni cómo se iniciaba. 

Estás jodida, dijo Mariela para sí. 34, el puto reloj biológico que no para de funcionar, que está, tic, tac, tic, tac, que no se le agotan las pilas, que lo apagás, ponés la perilla en off, que te acostás y sigue ahí transcurriendo. Todo eso pensó en la esquina, tres minutos, indecisa hacia dónde ir. No podía volver a su casa, tenía que aguantar, un rato, liberar la vista y deshacerse de la bolsa, que parecía que la miraba, imperturbable. Se la tenía que sacar de encima, primera condición. Cruzó la calle, puso los auriculares en los oídos y sonó Beck, una canción que subió al mp3 que siempre la salteaba, si ni sabía quiénes eran, la melodía no le gustó pero siguió. Caminó, caminó, mirando a la gente, tratando de hurgar qué se les podía pasar por la cabeza, pensando si ellos harían lo mismo con ella, si se les cruzarían razonamientos extraños, anormales al verla. Vio colegialas, hombres de traje, mujeres en las ventanas de un gimnasio, como haciéndose ver, como haciéndolo tan consciente que el mundo sepa que ellas no se van a rendir, vio etiquetas, todo tan etiquetado y ella también formando parte de este circo, la etiqueta de la chica sufrida por un desamor, por otro hijo de puta que se le cruzó en su vida. Siguió, vio el parque Rivadavia, la estatua de Bolívar, los bancos verdes, siguió, siguió dando vueltas hasta que se sentó en un banco. Se desplomó en lo verdad, agitó la bolsa gris, quiso abrirla pero fue un impulso, la cerró con fuerza y la dejó en el suelo, debajo del banco. Y se fue, prometiéndose no volver durante un buen tiempo, creyendo que así, al libre albedrío de cualquiera, ésos objetos contengan otros sentimientos, sensibilidades, que tengan un significado distinto. 

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